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Cartas al director

Día de San Cayetano

Llegó el día de San Cayetano, esperado desde un año atrás, y como la burriquilla ya es vieja y tiene pocas ganas de trabajar —porque los años no pasan en balde—, busqué un propio para que me llevara a la iglesia de San Cayetano, a las doce, que era la hora de la misa que ese bonito pueblo dedica al santo patrono del pan y del trabajo.

Pero antes tenía que cumplir con el recomendado ejercicio para tener a raya esos parámetros que tanto maltratan el cuerpo: colesterol, triglicéridos, tensión y azúcar. Así que enfilé la carretera que me lleva hasta mi higuera preferida, que siempre me da una buena cosecha de higos por el día de mi santo.

Y estaba llena, llenísima de higos dulces, gordos y en su punto. Así que alcé el cuerpo, extendí los brazos y el maná empezó a caer como una bendición del cielo.

Tengo que aclarar que esa higuera no goza de buena fama entre el público, porque dicen que allí hacen sus necesidades quienes sufren un apretón durante el mercaíllo semanal de los miércoles, además de todos los perritos de los alrededores. Hay que ir con cuidado, porque te puedes quedar enganchado en una ñorda, y eso es muy difícil de quitar de los zapatos; más pegajosa que el alquitrán.

Ya con mi cesta repleta de higos, vino corriendo desde muy lejos un perro de esos peligrosos, suelto, con más hambre que un náufrago en una isla. Yo, viéndome perdido y engullido por la fiera, grité al dueño que lo atara. Se lo tuve que repetir varias veces antes de que me mordiera. Le insistí: «¡Átelo!», y la respuesta que obtuve del egregio señor fue:

—Los perros no nacieron atados con una cuerda.

Y es verdad. Llevaba razón. Pero no sabía este iluminado que la gente también se dio cuenta de que, si no iban atados, podían cometer una tropelía y el asunto podía acabar mucho peor.

Me escapé de allí como pude y ya, para la próxima vez que vaya a coger otra cesta de higos, me pondré la malla. Así, si aparece el perro, no tendré que gastar palabras con quien no entiende.

Después estuve en la fiesta del santo: diana, churros con chocolate, misa cantada, banda de música, cohetes, muchos cayetanos y, además, nosotros éramos tres de la misma familia.

Yo le pedí al santo que me alargue la vida para ver si puedo conocer al cuarto Cayetano o a la cuarta Cayetana, llevando el nombre de mi abuelo, Cayetano.