Fundado en 1910

Cartas al director

El eclipse

Qué ironía que el símbolo por antonomasia de la luminosidad se convierta en metáfora de la oscuridad. Qué paradoja que un «sol negro» ocupe su lugar. Qué sorpresa que la luna y el sol se intercambien sus roles de una forma tan inofensiva.

¡Qué espectáculo ver ese atardecer y amanecer vertiginoso, esa noche momentánea, esa fugaz metamorfosis del sol en luna que, en vez de necesitar 15 días para pasar de cuarto menguante a cuarto creciente, necesitó solo dos horas! Pero el eclipse no constituye solo la mutación del sol; también lo es de la luna. Toda la belleza del evento reside en que ambas transformaciones son correlativas.

El eclipse es como el negativo de una fotografía donde las luces están invertidas respecto a la realidad. Las partes que recibieron mucha luz en la cámara se ven oscuras en el negativo. Al tener la Luna y el Sol el mismo diámetro observadas desde la Tierra, la primera encaja a la perfección a la hora de hacer de negativo de la segunda.

Observar el eclipse fue una epifanía colectiva, en la que todos disfrutamos al mismo tiempo de la catarsis que produce contemplar otra realidad cósmica que trastoca por completo la que vemos todos los días. Ha sido bonito que todos los que nos hallábamos ese día en una determinada franja territorial hayamos perseguido un mismo fin y hayamos tenido una misma experiencia. El eclipse nos ha unido emocionalmente de un modo tan natural. La humanidad necesita de estos fenómenos celestes para sentirse con mayor intensidad a sí misma.