Cartas al director
Saber elegir
Imitando los inicios del siglo XX, resurgen de nuevo los arrebatos del nacionalismo teñidos de racismo y una creciente inquietud por la estabilidad de la convivencia mundial, todo ello ensombrecido por el aumento del terrorismo internacional. Vivimos un escenario de tensiones constantes con el efecto perjudicial de deformar las percepciones de las potencias implicadas. Esas tiranteces reducen la posibilidad de evitar un conflicto al producirse la enésima crisis imprevista.
Factor agravante lo constituye el haber desechado los usos de la diplomacia en el sentido noble y útil del concepto, a saber, el esfuerzo constante y necesario para comprender las motivaciones estratégicas de los adversarios. Algo que nos permite determinar cuáles debieran ser nuestros propios objetivos, razonables y alcanzables. Uno de los factores que desencadenaron las guerras de principios del siglo XX es que muchas de las prácticas diplomáticas del siglo XIX, –que, sin ser perfectas, funcionaron razonablemente bien–, se dejaron de lado prefiriendo objetivos maximalistas. Los intereses y motivaciones de los demás actores dejaron de tener relevancia. Hasta el momento en que éstos reaccionaron. Nos encontramos así, de repente, ante la obligación de tomar decisiones urgentes, pero sin disponer de elementos de análisis y comprensión claros. Estalla la crisis, y no se sabe cómo manejarla.
Así se explica mayormente el empecinamiento de los líderes europeos a finales de julio de 1914 por un conflicto en los Balcanes que todo el mundo podía y debía haber previsto. Muchos de esos líderes no fueron elegidos. Por eso mismo resulta indispensable despejar sin anteojeras ideológicas los malentendidos y prejuicios a los efectos de penetrar la visión estratégica de los oponentes. Para perseguir y lograr objetivos el maximalismo es la actitud más preocupante del mundo actual. Lo hemos descubierto al hilo de las fracasadas intervenciones de Rusia en Ucrania y de Estados Unidos en Irán. Por lo tanto, conviene erradicar cuanto antes el radicalismo, el sectarismo y la obcecación que alimentan ese maximalismo. Hoy sí está en nuestras manos apostar por gobernantes ecuánimes que sepan ser firmes y templados en vez de alocados e intransigentes.