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Cartas al director

Los pijiflautas

Llegan las lluvias otoñales y, como setas en el campo, aparece una nueva especie en la Puerta del Sol. Más que nueva, diría que es una evolución de otra que ya se estaba extinguiendo, concretamente desde que el señor Iglesias se dio ese abrazo del oso con el neroniano presidente de la Moncloa. Hemos pasado del «perroflauta» al «pijiflauta».

El pijiflauta ya existía en los albores de la humanidad. Pijiflautas eran todos aquellos revolucionarios que quisieron la cabeza de Luis XVI en la Plaza de la Concordia; los que asaltaron el Palacio de Invierno ruso (que no fue para tanto); los que gritaban «tierra y libertad» en sus salones cómodos mientras muchos jóvenes morían en los frentes de la Guerra Civil española. Sí, el pijiflauta es el comunistilla de salón que tiene grandes ideas y llama a la revolución desde su MacBook Pro.

Se preguntaban algunos si, el lunes pasado, los acampados de Sol irían a trabajar. Menuda guasa la del que hizo tal pregunta: el pijiflauta no trabaja y vive de sus papás, esos señores nostálgicos del 68 que alardean de haber corrido delante de los grises cuando en realidad estaban cortejando a Lupita, hija de los marqueses de Villatempujo-y-nosubo.

Son de los que hacen canciones de protesta cantando lo hermoso que es Vallekas (sí, con k) desde su casa en Pozuelo de Alarcón, de los que quieren defender al pobrecito amego, agente de Mohammed, porque los ceutíes son unos racistas. Han visto Tánger en las películas y te dan lecciones. Eso sí, muy vegano todo y muy inclusivo.

El pijiflauta es licenciado universitario, de los del Sindicato de Estudiantes. Dígame usted qué significa que haya un sindicato de gente que no trabaja. Se lo preguntaremos a Rodolfo Langostino, que de eso sabe un rato.