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04 de marzo de 2024

Editorial

La Diada quita la careta a Sánchez: no basta con la amnistía

El separatismo deja claro que solo apoyará su investidura si a cambio le conceden el inexistente derecho a decidir

Actualizada 01:30

La Diada del pasado lunes ha tenido la virtud de desmontar, con estruendo, el falaz relato del Gobierno en funciones de que todas sus concesiones al separatismo tendrán como resultado la «pacificación» en Cataluña y la integración definitiva del movimiento encabezado por Puigdemont en una idea constitucional de España, con leves retoques.
Del primero al último de los líderes independentistas, en partidos u organizaciones sociales, aprovecharon la fecha que fabula sin rigor histórico alguno con el inicio de la inexistente ocupación de Cataluña por la España borbónica para dejar clara su postura. Que no esconden y proclaman a los cuatro vientos: solo logrará Pedro Sánchez su investidura si, además de aprobar una bochornosa amnistía, se las apaña para reconocer el derecho a celebrar un referéndum de autodeterminación.
Frente a la idea de que la amnistía zanjaría el problema o la de que las proclamas más gruesas no van en serio, como repite Sánchez a través de sus altavoces más entregados a la causa, prevalecen las exigencias corales de Junts, ERC o la peligrosa Asamblea Nacional Catalana, una organización declaradamente golpista que defiende la extorsión al Gobierno como único camino al pacto.
La amnistía, por sí misma, ya es escandalosa e inadmisible, como reconoce incluso el Tribunal Constitucional menos imparcial y más seguidista de la historia. Y lo es porque su espíritu es hacer borrón y cuenta nueva, dando otra oportunidad a quienes se saltaron la legislación vigente a cambio de que renuncien a volver a hacerlo y acepten las reglas del juego democráticas. En este caso, su fin es justo el opuesto: legalizar su hoja de ruta, reforzándola como nunca, y debilitar la respuesta del Estado de Derecho, transformando la legítima defensa del orden constitucional en una suerte de inaceptable represión culposa.
Si ello es además el prólogo de algo más, como exige sin recato el nacionalismo, Sánchez no tiene ningún derecho a explorar ese camino y su obligación es, simplemente, renunciar a una investidura que convertiría a España en rehén de una minoría implacable con la que nada puede negociarse.
La Diada no es, pues, una fiesta retórica pasada de revoluciones, sino la foto fija de los intereses y expectativas de un movimiento irredento e implacable, sin apoyo real en las urnas, al que el actual presidente en funciones otorga un poder que no tiene para ejercer unos «derechos» que no existen y además son lesivos para España.
Ni todas las campañas de mentiras y eufemismos de Sánchez pueden camuflar lo evidente: solo puede ser presidente del Gobierno si, a cambio, desmiembra el país al que se debe. La Constitución no prevé claramente cómo defenderse de algo tan inusual como que su máximo representante, aparte del Rey, se coaligue con sus mayores enemigos, pero habrá que encontrarla, dentro del PSOE, en las instituciones del Estado y, desde luego, en la propia sociedad.
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