La visita más esperada
Es evidente que el Papa defiende de manera absoluta la dignidad de la vida humana y el consiguiente rechazo del aborto y la eutanasia. También lo es que deplora las demás injusticias, las guerras, la división entre los hombres, la explotación y la miseria, y el desprecio a los inmigrantes, exiliados, y toda actitud que entrañe la radical distinción entre nosotros y ellos
La gran mayoría de los españoles recibe al Papa León XIV con ilusión, entusiasmo y esperanza. Es mucho lo que los católicos y todos los hombres de buena voluntad esperan de su pontificado. En tiempos de confusión espiritual su magisterio es imprescindible.
Visita el Pontífice, y lo sabe muy bien, la nación que ha sido la mayor potencia evangelizadora de la historia y que hoy, paradójicamente, es, en gran medida, tierra de evangelización. No es, desde luego, la única prueba, pero bastaría con contemplar la gran cantidad de sacerdotes y misioneros procedentes de otros países que cumplen entre nosotros su vocación apostólica. Pero donde mejor se comprueba es en el estado intelectual y moral dominante, casi hegemónico, aunque probablemente no sea mayoritario. El dictamen de Azaña de que España había dejado de ser católica era falso, aunque fuera cierto que la República se había empeñado en que así fuera. En realidad, una nación no abandona sus creencias fundamentales porque así se empeñen sus eventuales gobernantes. La historia de España y de su empresa americana es ininteligible sin el catolicismo. Lo sabe de primera mano un Papa que ha vivido muchos años ejerciendo de misionero en Perú.
León XIV no es un líder político, sino el sucesor de Pedro como cabeza de la Iglesia. Esto es evidente, pero no está de más recordarlo cuando existe una tendencia a politizarlo todo, es decir, a no entenderlo. Solo representa a Cristo, quien declaró que su reino no es de este mundo. Pero naturalmente eso no significa que el cristianismo no se deba ocupar y preocupar de las condiciones materiales y políticas de la vida de los hombres. Y esta actitud no arranca del siglo XIX en el que se asienta la Doctrina social de la Iglesia a partir de la encíclica Rerum novarum de León XIII. Ya en el Evangelio y en la doctrina de los Padres de la Iglesia existe esa preocupación por los hombres que sufren y padecen agravios e injusticias. La Doctrina Social fue solo, y nada menos, una respuesta a las condiciones económicas y sociales derivadas de la Revolución Industrial y una alternativa a las soluciones aportadas por el socialismo y el comunismo.
Llega León XIV a España con la mejor carta de presentación posible. Su primera encíclica Magnifica humanitas, publicada el pasado 15 de mayo y subtitulada Sobre la custodia de la persona humana en el tiempo de la inteligencia artificial. En ella el Papa aplica la Doctrina Social de la Iglesia al que probablemente sea uno de los más grandes temas y desafíos de nuestro tiempo: la inteligencia artificial. Es un análisis lúcido de una realidad que puede promover el bienestar humano, pero que ofrece también grandes riesgos para la dignidad del hombre y, especialmente, para la libertad y las condiciones de vida de los menos favorecidos.
La doctrina del Papa no puede ser recibida por los católicos a beneficio de inventario y decir esto sí y esto no. Está claro que se trata de un mensaje religioso que parte de la esperanza nacida del hecho de que Dios se ha hecho hombre y ha resucitado. No es solo una ética más o menos sublime. Es evidente que el Papa defiende de manera absoluta la dignidad de la vida humana y el consiguiente rechazo del aborto y la eutanasia. También lo es que deplora las demás injusticias, las guerras, la división entre los hombres, la explotación y la miseria, y el desprecio a los inmigrantes, exiliados, y toda actitud que entrañe la radical distinción entre nosotros y ellos.
Pero León XIV viene a España, sobre todo, a despertar e iluminar las conciencias, a proclamar un mensaje de paz y esperanza, en tiempos de guerra y desesperanza, y a traernos palabras de vida eterna. Cristo afirmó que Él era la Verdad. El Papa es el mensajero de Cristo, es decir, el mensajero de la Verdad.