El suicidio demográfico
Se está configurando una sociedad enferma de ludopatía, en la que su gestión de riesgos es algo muy secundario. Si el futuro se entiende como fruto, tanto de un albur como de un destino incontrolable, el plantear responsabilidades y compromisos a largo plazo, como son los hijos, pierde todo sentido
Los movimientos antinatalistas y proabortistas se extendieron en la Europa y los EE.UU. de los años sesenta y setenta, protagonizados por intelectuales como Wilhelm Reich, Simone de Beauvoir, Jean Paul Sartre, Emil Cioran y Kate Millet. Ese corrosivo ideario se adueñó de las universidades occidentales y ha llegado hasta la actualidad, ya plenamente incorporado a la contracultura antihumanista hegemónica en Occidente. Una civilización que ha renegado de sus raíces humanistas cristianas, ha abrazado el antinatalismo y ha llegado a la aberración de normalizar el aborto, constituye la base sobre la que operan diversos y decisivos factores opuestos a la natalidad, determinando las directrices de un proceso demográfico complejo de componentes ideológicas, políticas y económicas.
La dramática caída de la natalidad es un fenómeno de extraordinario alcance que no parece preocupar a una sociedad atrapada en el cortoplacismo egocéntrico y miope. El invierno demográfico ha sido, históricamente, el ignorado presagio de la desaparición de una civilización. El historiador griego Polibio, s. II a. d. C., escribió: «en nuestros días, en toda Grecia la natalidad ha descendido a un nivel muy bajo y la población ha disminuido mucho, de forma que las ciudades están vacías y las tierras en barbecho, a pesar de la ausencia de largas guerras o epidemias... Las gentes de este país han cedido a la vanidad y al apego a los bienes materiales, se han aficionado a la vida fácil y no quieren casarse o, si lo hacen, se niegan a mantener consigo a los recién nacidos o sólo crían uno o dos como máximo...».
Si en la Europa actual, unimos a ese invierno demográfico, una masiva inmigración musulmana descontrolada y no integrada, son la Civilización europea y su sistema democrático, los que se encuentran en vías de extinción para ser progresivamente reemplazados por regímenes autoritarios de antropología islamista.
El alto nivel de desarrollo económico experimentado tras la II Guerra mundial en países muy diversos y la globalización que siguió al derribo del Muro de Berlín, han creado sistemas económico-antropológicos que responden a una dinámica común, lo que nos permite situarlos en el centro del conjunto de los factores que están siendo decisivos para que se produzcan esas bajísimas tasas de natalidad:
–La gigantesca expansión del Estado moderno, directa o indirecta, tanto en democracias como en dictaduras, acaba siendo letal para el ethos de unas sociedades protagonistas de una travesía tecnológica de enorme trascendencia y de incierto futuro. En ese trance de singularidad tecnológica en el que se requiere de una consolidación de la ética de la responsabilidad individual, el Estado extrema su intervencionismo liberticida. La naciente sociedad del conocimiento es difícilmente compatible con un Estado omnipresente, que coloca al colectivo por encima del individuo, diluyendo simultáneamente las libertades y las responsabilidades individuales.
–El Estado de bienestar, nacido a finales del s. XIX con un objetivo exclusivamente asistencial, en un momento en que la Iglesia Católica sufría un proceso de secularización que le obligaba a reducir su histórica función humanitaria de apoyo social. El Estado ha usurpado esa función caritativa de la Iglesia Católica para transformarla en un instrumento de poder político que está sustituyendo a la institución familiar. En la actualidad, el Estado de bienestar está plagado de incentivos perversos que provocan efectos perniciosos al asentar la cultura de la dependencia y que comporta un gasto público insostenible a medio plazo. Es urgente que los incentivos de la ayuda social, tanto pública como privada, se orienten a la asistencia en el corto plazo y a la integración en el medio y largo plazo.
–La desintegración de la familia, derivada de múltiples factores, tanto morales como económicos. Con un ego hipertrofiado, una ética de la responsabilidad ausente y una escasa capacidad de compromiso, lo estrictamente individual se antepone a la generosidad de dar vida y a la entrega de compartirla. Con esa entronización del egoísmo, la institución familiar decae al perder su sentido original, provocando que muchas familias ya existentes se rompan y se formen escasas familias. La economía de servicios comporta la necesidad de que la mujer trabaje fuera de casa, induciendo el acortamiento de su vida fértil y de su tasa de fecundidad. Una institución familiar débil conlleva una débil tasa de natalidad.
–La profunda crisis de los incentivos intergeneracionales, motivada por el significativo aumento de la esperanza de vida sin que se hayan establecido mecanismos de equilibrio dinámico entre derechos y obligaciones de las sucesivas generaciones. Ese desequilibrio induce a considerar a los hijos como una carga económica sin compensación. Se está gravando en exceso a los jóvenes y expulsando prematuramente a los mayores del sistema productivo, despreciando su capacidad de aportar inteligencia cristalizada en todo el proceso de evolución productiva, lo que redunda en detrimento de la productividad y la creatividad.
–El consumismo exacerbado, que pone la posesión de los bienes materiales por encima del bien moral y espiritual, que son constitutivos del ser humano, hecho a imagen y semejanza de Dios. El consumismo se ha convertido en una patología obsesivo compulsiva de ámbito social, que invierte la escala de valores y de prioridades en todos los niveles, convirtiendo el consumo en un becerro de oro, de obsolescencia programada y capaz de arrollar toda clase de barreras éticas, científicas y sociales. La obsesión por el consumo es un egoísmo que se opone a la renuncia y la entrega que supone la bendición de los hijos.
–El cortoplacismo, una lacra que se extiende a todos los ámbitos de las sociedades actuales, aquellas que, paradójicamente, disfrutan de una dilatada esperanza de vida que es un absoluto récord histórico. El cortoplacismo es una visión absurda que, al desentenderse del futuro, lo compromete, dejándolo en manos del azar. Se está configurando una sociedad enferma de ludopatía, en la que su gestión de riesgos es algo muy secundario. Si el futuro se entiende como fruto, tanto de un albur como de un destino incontrolable, el plantear responsabilidades y compromisos a largo plazo, como son los hijos, pierde todo sentido.