Aquel belén de Arequipa
No me quiero imaginar lo que me diría esa buena chica si me hubiera bajado del coche para contarle despacio lo que en España se permite hacer para impedir que nazcan críos como el que era en ese momento el centro de su adoración
El taxi se había detenido demasiado tiempo en el semáforo, saliendo de Arequipa. Anochecía y caía algo de garúa. A mano derecha me sorprendió ver por la ventanilla a una muchacha sentada a la intemperie, en la puerta de un bazar cerrado. Miraba a su recién nacido con la más impresionante ternura que un humano es capaz de ofrecer. Sus ojos sonreían. Aquella mujer no tenía nada y lo tenía absolutamente todo. Ninguna necesidad material parecía angustiarle mientras mecía a su tesoro. No despegaba su vista ni un segundo de él.
Miguel Ángel esculpió una Piedad con rostro joven porque el amor, para él, era siempre joven. Y aquella arequipeña encarnaba la joya que había llevado al mármol el maestro Buonarroti quinientos años atrás. Su criatura concentraba la esencia de lo que cualquier madre podía aspirar, su mayor anhelo. Sus modestos ropajes brillaban en aquel improvisado y majestuoso belén callejero. Nunca olvidaré esa estremecedora escena, de un calado imposible de plasmar en unas simples letras, porque una imagen, en este caso, vale más que mil millones de palabras.
A aquella chica del soportal la miseria le importaba un bledo. Era rica por su chibolo, como dicen allá. Solo por eso. Y apuesto que su intensa fascinación sería idéntica si este sufriera anomalías, como consideran multitud de familias con miembros así. Tampoco recuerdo haber visto merodear por allí a su pareja, por lo que la hipótesis de una indeseada maternidad en soledad seguro que no alteraría un ápice su pasión hacia el chiquillo. Esta 'madona de Arequipa' sabía de sobra que habría para ella un antes y un después tras ese nacimiento. Que no existía cosa en este mundo que pudiera parecerse a lo que había experimentado, su máxima realización personal y la consecución del supremo triunfo que alguien en esta Tierra pueda alcanzar.
No me quiero imaginar lo que me diría esa buena chica si me hubiera bajado del coche para contarle despacio lo que en España se permite hacer para impedir que nazcan críos como el que era en ese momento el centro de su adoración. No descarto que me mirara con abierto desdén, incrédula extrañeza o más bien con cierto halo de tristeza o angustia, porque para la mujer, de la condición que sea, la maternidad es el no va más.
No he conocido a ninguna que no me haya contestado, a la pregunta acerca del día más feliz de su vida, que fue cuando dio a luz. La primera y cuantas veces repitieron esa experiencia. De ahí que me desconcierte el reconocimiento social como opción de acabar con un ser concebido en unas entrañas maternas, incluso jaleándolo con pancartas en manifestaciones. Y que se me parte el corazón cuando me entero de que alguien ha dado ese fatídico paso, en tantas ocasiones como consecuencia de una deriva ideológica suicida y descerebrada que lo trivializa.
He compartido el sufrimiento de matrimonios a los que el infortunio visitó con las tinieblas de la infertilidad. Con el profundo dolor de no poder formar una familia más o menos numerosa. Ponerlo en contraste con los que deciden truncar unas nuevas biografías lo encuentro sencillamente desolador e inconcebible, pese a ponerme en el lugar de los demás y tratar de comprenderlo todo. Pero ni con esas. Aplicando los principios morales o sin ellos, continúo considerándolo un trágico sinsentido que afecta indefectiblemente a las madres, envueltas en una lamentable decisión que les perseguirá mientras vivan.
Unos cien mil españoles, arriba o abajo, dejan de nacer cada año por este dramático motivo. Personas como usted, mi querido lector. O como yo. Gentes a las que no dejamos tan siquiera ver amanecer o sentir el abrazo cálido de mamás como la arequipeña. Jamás podremos quitarnos esa pesada losa de encima: la de haber mirado hacia otro lado cuando unos semejantes son exterminados antes de llegar, sin impedirlo ni movilizarnos en su anónimo nombre por las plazas.
El conmovedor belén de Arequipa sigue a diario en mi memoria. Y en la de los que defendemos –sin complejos, ni estúpidos pretextos o excusas baratas–, la plenitud del derecho a la vida, algo que que nos concierne como humanos y nos debiera interpelar también como supuestos racionales.
Javier Junceda es jurista y escritor