Cuando el poder crece más rápido que el carácter
Tal vez la pregunta incómoda no sea qué harán quienes ostentan el poder, sino qué estamos dispuestos a tolerar quienes lo entregamos. Porque cuando el poder crece más rápido que el carácter, la cuestión ya no es quién manda, sino hasta dónde estamos dispuestos a dejar de ser libres sin darnos cuenta
Vivimos inmersos en un ruido constante. Polémicas efímeras, titulares incendiarios, debates convertidos en trincheras y una sensación permanente de crispación que lo invade todo. Mientras discutimos sobre lo inmediato, apenas nos detenemos a pensar en cuestiones más profundas y, quizá, más decisivas. Una de ellas es esta: ¿estamos preparados para el poder que ejercemos –y que entregamos– como sociedad?
No es una pregunta teórica. Hace apenas unos años vivimos un precedente histórico incuestionable. En cuestión de semanas, el miedo, la incertidumbre y la urgencia sanitaria justificaron decisiones extraordinarias que afectaron directamente a libertades básicas. Más allá de la valoración concreta de aquellas medidas, conviene constatar con qué rapidez normalizamos lo excepcional y con qué facilidad delegamos el criterio cuando la situación nos desborda.
Desde entonces, el mundo no se ha vuelto más simple, sino más complejo. La tecnología –y de forma muy visible la inteligencia artificial– ha multiplicado nuestra capacidad de actuar, decidir e influir. Son herramientas poderosas, diseñadas por pocos, utilizadas por muchos y, en demasiadas ocasiones, reguladas sin un debate profundo sobre sus implicaciones humanas. Como ocurre con cualquier herramienta, su potencial no es neutro: amplifica aquello que ya somos.
El poder –político, tecnológico, económico o cultural– no es en sí mismo un problema. Al contrario: es una condición necesaria para organizar sociedades complejas, proteger derechos y ampliar oportunidades. Pero, como toda herramienta potente, exige algo a cambio: madurez. Cuanto mayor es su alcance, mayor debería ser la responsabilidad de quien lo ejerce y de quien lo delega. Cuando esa proporción se rompe, el riesgo no está en el poder, sino en la falta de carácter con la que se maneja.
En este punto conviene detenerse en un fenómeno que atraviesa muchas sociedades contemporáneas y que rara vez se aborda con honestidad: la infantilización colectiva. No se trata de una falta de inteligencia ni de acceso al conocimiento –nunca hemos tenido tanto–, sino de una carencia de orientación, de norte y de responsabilidad personal. Vivimos hiperconectados, informados al minuto y, sin embargo, cada vez menos capaces de sostener un criterio propio sin refugiarnos en bandos, consignas o relatos ajenos.
Esta regresión se manifiesta en la distracción permanente, en la reacción emocional inmediata y en la dificultad para aceptar límites o asumir consecuencias. Delegamos el juicio con una facilidad inquietante y confundimos obediencia con responsabilidad, comodidad con libertad y pertenencia a un bando con pensamiento crítico. En ese contexto, el poder deja de ser una herramienta al servicio del bien común y pasa a convertirse en un objeto de disputa, de imposición o de miedo.
El problema no es que existan líderes inmaduros –eso ha ocurrido siempre–, sino que sociedades enteras acepten, justifiquen o incluso demanden ese tipo de liderazgo. Cuando el carácter colectivo se debilita, el poder no encuentra resistencia ética. Se ejerce sin consecuencias claras y se entrega sin exigencias reales, normalizando decisiones que reducen libertades, empobrecen el debate público o erosionan la dignidad humana.
Conviene decirlo con claridad: no hay soluciones técnicas para un problema que es, ante todo, humano. Ninguna herramienta –por sofisticada que sea– puede compensar una sociedad que renuncia a pensar, a exigir o a asumir las consecuencias de sus decisiones. Tal vez la pregunta incómoda no sea qué harán quienes ostentan el poder, sino qué estamos dispuestos a tolerar quienes lo entregamos. Porque cuando el poder crece más rápido que el carácter, la cuestión ya no es quién manda, sino hasta dónde estamos dispuestos a dejar de ser libres sin darnos cuenta.
- José María Arias Pou es licenciado en Derecho y en Odontología