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en primera líneaJuan Van-Halen

Lecturas: «El amante de lady Chatterley»

La novela fue prohibida en su día, pero bien recibida por autores relevantes, como Bertrand Russell y Aldous Huxley. La leyenda asegura que la obra fue perseguida por sus descripciones eróticas explícitas; otros motivos menos evidentes no han recibido la atención debida

A veces escribo sobre viejas y nuevas lecturas. Hoy me refiero a la celebrada obra de D. H. Lawrence, tan traída y llevada. En su día produjo cierto escándalo. Hoy, con lo que está cayendo, no escandalizaría ni a un mozalbete. La versión cinematográfica más conocida, de 1981, no está ni mucho menos a la altura de la novela.

El Debate (asistido por IA)

El amante de Lady Chatterley se publicó en Florencia en 1928 y no apareció en el Reino Unido hasta 1960. Treinta y dos años de sombra. La trama muestra un ambiente rural marcado por la industrialización, en este caso de la minería del carbón, que vive las consecuencias de la primera guerra mundial. Su protagonista, Constance, se mueve en el contraste entre el instinto y la razón, lo espontáneo y lo convencional; ejerce una forma de libertad cuando la mujer europea de los años veinte se abría a nuevas costumbres que incluían una creciente liberación en las prácticas eróticas. La novela fue prohibida en su día, pero bien recibida por autores relevantes, como Bertrand Russell y Aldous Huxley. La leyenda asegura que la obra fue perseguida por sus descripciones eróticas explícitas; otros motivos menos evidentes no han recibido la atención debida.

La novela narra sin tapujos el amor físico entre Constance, una aristócrata casada, y el guardabosques Mellors en su finca Wagby Hall. Un tema mal digerido socialmente en la época por más que Lawrence, para matizar su condición proletaria, haga al guardabosques teniente retirado del Ejército colonial británico. Lawrence incluye en los diálogos entre sus personajes reflexiones sobre el bolchevismo triunfante en Rusia, manifestando sus simpatías. Tampoco gustó.

Constance es una mujer instruida y rabiosamente libre, de una familia de la alta sociedad británica, con amantes desde su etapa estudiantil. Reflexiona sobre su entendimiento del amor, su repulsa a dejarse dominar por el machismo imperante, capaz de mantener una relación ficticia pero amable con su marido, el barón Clifford Chatterley, parapléjico y en silla de ruedas por heridas de guerra. Tampoco la personalidad atribuida a Constance fue bien recibida por la sociedad de la época.

El personaje de Constance no es nada convencional, con un pasado complejo, burlada en relaciones amorosas anteriores, como la que mantuvo con un petulante Michaelis, dramaturgo de éxito, amigo de su marido y visita bien recibida en la casona de Wagby Hall. El ambiente de la historia es cultural, literario, de tertulias intelectuales, con un Clifford Chatterley que escribe cuentos, desde la amargura de su cuerpo paralizado, y acaba por pedirle a Constance que tenga un hijo como heredero de su estirpe, pensando que elegiría como padre físico a un caballero de su clase. La petición tampoco encajaba en los parámetros de la época.

La atracción, la pasión, y luego el amor de tintes singulares entre la desigual pareja de Lady Chatterley y Mellors producen un desenlace que sorprende al barón, pero no al lector que ya conoce lo que Constance espera de una relación amorosa. Lo que fue un pasatiempo, una atracción fugaz, para el atildado Michaelis, todo fachada, para el guardabosques Mellors es una atadura física, desbordada, como la opulencia de los bosques de aquella posesión rural y la vida en la aldea cercana en la que Constance reina en la familia de «los amos».

Mellors, a veces vulnerable como un niño, a veces rudo, apasionado y experto amante, rompe los esquemas que Constance había construido desde sus anteriores experiencias amorosas. El guardabosques no es el macho desentendido de su pareja de cama, egoísta, y ausente. Es un hombre. Lady Chatterley confiesa a su marido que está embarazada y le miente sobre el padre físico. Pero acaba confesándole la verdad al tiempo que le solicita el divorcio que el barón le niega. La narración no tiene el final nítido y feliz que los lectores esperarían.

Esta celebrada novela de Lawrence no es, a mi juicio, su mejor obra, aunque sea la más escandalosa. Prefiero alguna de sus novelas anteriores: Hijos y amantes, de 1913, El arco iris, de 1915, también prohibida por obscena, y Mujeres enamoradas, de 1920. Lawrence muestra su maestría en el retrato psicológico de personajes, su apuesta por un tipo nuevo de mujer, y su ruptura de conceptos en ebullición ya en su tiempo, pero que eran tabú, como la castidad, el matrimonio y la fidelidad. El sexo en la obra de Lawrence es una consecuencia de su crítica social y una apuesta por la realidad más allá de la apariencia. Como condicionante más o menos epidérmico o profundo del ser humano, animal al fin.

No se ha prestado suficiente atención a su obra poética. Hay un interesante estudio de W. H. Auden sobre el Lawrence poeta, incluido en su libro El arte de leer; recoge una conferencia pronunciada en Oxford en 1957. En ese estudio queda reflejada la sabiduría crítica de Auden, el gran poeta anglo-norteamericano muerto en 1973. Admira la poesía de Lawrence, pero confiesa no compartirla «porque contraviene mi concepto de lo que la poesía debe ser». Coincido en valoración y juicio. La obra de Lawrence comprende cuentos, libros de viajes y ensayos críticos y filosóficos, además de un interesante epistolario publicado por Aldous Huxley. Pese a obra tan varia y destacada, D. H. Lawrence pasó a la historia literaria por su tratamiento del erotismo, que aborda sin paños calientes. Encontró enfrente a la hipocresía de su época.

  • Juan Van-Halen es escritor. Académico correspondiente de la Historia y de Bellas Artes de San Fernando