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en primera líneaDavid Pérez

El odio como presunta fuente de legitimidad

El legado del 15-M fue un legado de enfrentamiento y decepción, parasitado por unos políticos sin escrúpulos que se aprovecharon del movimiento para convertirse en una auténtica casta radical rápidamente aburguesada en los privilegios que decían combatir

Quienes vivimos el surgimiento del populismo de ultra izquierda desde la política activa, sabemos que hubo un antes y un después del 15-M. Este año se cumple 15 años de aquella acampada, inspirada en las revueltas griegas, que cambió la política española para siempre y, en mi opinión, no para bien precisamente. Y vaya por delante que muchas de las reivindicaciones tenían cierta justificación, pero muy pronto se orientaron hacia la tradicional seña de identidad de la extrema izquierda: el odio. ¿Hacia quién? Hacia «la casta». Una casta en la que pronto se convertirían algunos de ellos mismos. Quiero excluir de mis valoraciones a muchísimas personas bienintencionadas y no politizadas que compartían legítimamente esa indignación y que creyeron en esta vía como forma de expresarlo. Y lo que siento es cómo muchos fueron utilizados por políticos que tenían su propia agenda antisistema.

epEl Debate

De aquel 15-M apenas quedó el surgimiento de un partido, Podemos, que resultó el mayor fiasco alumbrado por una izquierda radical que ya no se resignaba con ser ese partido testimonial que era Izquierda Unida. Un partido, Podemos, que defraudó literalmente todas las expectativas creadas en aquellos días de mayo de 2011. A la postre, no quedó ni un solo compromiso por incumplir, ni una sola declaración por traicionar, ni un solo votante por defraudar. Nacieron las «mareas» que pronto mostraron su inclinación política, actuando de forma descaradamente selectiva. Yo me metí discretamente en una asamblea celebrada en un pueblo de la sierra madrileña para ver de qué iba todo eso, y lo que vi en seguida fue la farsa que era todo aquello: Tres comisarios autoempoderados sentados en medio de un corro de gente (imagino que después serían cargos de Podemos y actualmente de Más Madrid) hacían pasar como decisiones de esa gente las votaciones que ellos inducían y que se aprobaban moviendo las manos. Nadie más decía ni mu, y no se daba pie a ello. Todo muy hilarante, todo muy falaz. Todo para el pueblo, pero sin el pueblo, socialismo puro.

Pero no es objetivo de este artículo hacer un balance del legado del 15-M, sino fijarme en un aspecto sin el cual no puede explicarse aquel episodio supuestamente espontáneo que, viendo el manejo de la propaganda que luego hizo Podemos, hay que ser muy inocente para creerse.

El aspecto al que me refiero es el odio, que entonces se llamó indignación y rabia. En un momento de crisis, la extrema izquierda se las apañó para inculcar, dirigir y concentrar ese odio en el bipartidismo, pero muy especialmente en la derecha, y también en la banca, en el capital, lo que llamaron «la casta». De hecho, el lema principal de la manifestación del 15-M fue «No somos mercancía en manos de políticos y banqueros». Marxismo de manual remasterizado. Pero el auténtico objetivo era la derecha, el Partido Popular.

El esquema es increíblemente sencillo: hay un malestar social que se manipula y dirige hacia un objetivo, alimentando una espiral de odio contra quienes se identifican como los culpables o causantes de ese malestar, de esa indignación. Para ello es fundamental dividir, enfrentar y polarizar a la sociedad. Sobre el tren del resentimiento, como ese tren de Strelnikov, se embarcó a la población en una dinámica de enfrentamiento y odio que llegó hasta el último rincón de España, hasta la última institución, hasta el último hogar. Porque el odio moviliza, el odio vota.

Odiar al Partido Popular y a sus miembros se convirtió no sólo en una opción legítima, sino casi en una obligación cívica. Recuerdo un episodio posterior al 15-M que me hizo entender lo que venía. Yo era portavoz del Grupo Parlamentario Popular en la Asamblea de Madrid y tenía que ir de Sol hasta la Carrera de San Jerónimo, y decidí ir andando. Según comencé a andar, se me acercó un señor indignado que podría parecer un señor de lo mas normal, que se identificó como profesor. Aquel señor empezó a insultarme gravemente con el hilo argumental de las soflamas populistas recién acuñadas, y no dejó de hacerlo a escasos centímetros de mi oído durante todo el trayecto hasta que me acerqué a una sede autonómica que tenía seguridad, entonces se esfumó y yo le vi alejarse como alguien que no solo se había quedado satisfecho, sino que se sentía un héroe revolucionario que había cumplido una obligación moral. Es sólo una anécdota, de las muchas que luego vendrían y que sufrimos los políticos del Partido Popular.

Como decía, odiar al PP se convirtió en un deber para ese populismo. A partir de ahí, si al que no piensa como tú hay que odiarle, cualquier cosa que se haga contra el diferente estará justificada. Los acosos, los llamados «escraches», las guerrillas virtuales de linchamiento digital, todo vale.

El gran logro de aquel populismo extremista fue instalar en la cabeza de la gente que el odio no sólo era legítimo, sino que era en sí mismo una fuente de legitimidad. Y esa idea nunca ha desaparecido de la mentalidad de muchos, que sólo han aprendido a disimularla.

Considerar que el odio es una fuente de legitimidad es el logro más tóxico y peligroso del legado populista que hace 15 años convirtió un justificado malestar, en una indignación construida artificialmente mediante una ingeniería social que nadie vio venir, y después en una rabia legitimadora de su grado máximo, el odio. Se trataba de unir los puntos: desde el malestar social al odio político, sin perder el marchamo de legitimidad necesario para que todo funcionara como una secuencia y un relato incontestables.

El legado del 15-M fue un legado de enfrentamiento y decepción, parasitado por unos políticos sin escrúpulos que se aprovecharon del movimiento para convertirse en una auténtica casta radical rápidamente aburguesada en los privilegios que decían combatir, presa de las contradicciones que lastraron su credibilidad hasta acercarla a la actual sima de insignificancia y descrédito. Cuando levantaron la acampada dijeron: «No nos vamos, nos expandimos». Y efectivamente, se expandieron los despachos, los chalets y los sueldos de una casta populista antisistema que pronto se encontró bastante cómoda en ese sistema tan opresivo.

  • David Pérez es concejal del Ayuntamiento de Madrid (PP)