Estados Unidos y Europa, no todo es generosidad
Al abandonar a Europa, Trump deja el camino abierto para que Putin y Xi Jinping consigan lo que no lograron Hitler ni Stalin: controlar nuestro continente y dejar a Estados Unidos atrapados entre el Pacífico y el Atlántico en una pinza que amenace su comercio y su influencia geopolítica mundial
Llevamos meses oyendo el reproche con una mezcla de desprecio de Donald Trump y sus colaboradores, según el cual Estados Unidos está financiando la defensa de Europa de forma desinteresada desde hace más de 80 años.
Es de justicia reconocer que, sin su ayuda militar en la II Guerra Mundial y sin el cuarto de millón de jóvenes americanos que dieron su vida, Hitler habría vencido. Como también hay que reconocer que Europa debe hacer una aportación económica muy superior para su defensa de la que hasta ahora ha hecho.
Pero no es cierto que esa ayuda se deba únicamente a un gesto altruista. El presidente Roosevelt forzó la entrada de Estados Unidos en una guerra que la mayoría de sus conciudadanos no quería. Y lo hizo no solo por solidaridad con el Viejo Continente, sino porque tuvo una visión estratégica de largo alcance: si Hitler conseguía someter a Europa y el imperio japonés, su aliado, se adueñaba de Asia, acabarían derrotando a la Unión Soviética y dominando un inmenso continente que va desde el Pacífico al Atlántico. Estados Unidos habría quedado atrapado en una pinza entre las dos potencias totalitarias, que habrían asfixiado su comercio para lanzar luego una ofensiva militar con posibilidades de éxito.
Sí, Estados Unidos salvó a Europa, pero también derrotó a la Alemania nazi y al imperio japonés que aspiraban a destruirlos. No fue solo generosidad, fue también la defensa de sus intereses estratégicos, comerciales y de su propia supervivencia.
La situación se repitió al terminar la II Guerra Mundial, cuando Truman paró los pies a Stalin, creó la OTAN, lanzó el Plan Marshall, desplegó un enorme ejército en Europa y arrinconó a los rusos. Pero Truman no lo hizo solo por solidaridad; también lo hizo para impedir que Stalin, dueño de un inmenso imperio que iba desde el Pacífico hasta el corazón de Europa, llegara a las costas francesas y al Reino Unido con el fin de crear la pinza que trataron de montar los nazis y los japoneses. Por segunda vez, Estados Unidos salvó a Europa, no solo por generosidad, sino para defender sus intereses geoestratégicos en los que se jugaba su supervivencia como nación libre. Y así ha sido bajo el mandato de once presidentes, demócratas o republicanos, hasta que Trump llegó a la Presidencia.
Se equivocan Trump y los suyos si creen que retirar el apoyo militar a Europa no tendrá consecuencias para la seguridad y la economía de Estados Unidos. Las tendrá y serán demoledoras. Porque envalentonará a Rusia para invadir algunos países limítrofes y dominar con una especie de protectorado al resto del continente.
Los hechos han demostrado en Ucrania que el Ejército ruso es un monumento a la ineficacia, porque tras cuatro años y tres meses solo ha sido capaz de ocupar el 20 % del país y ha perdido más de un millón de hombres. Esa debilidad le obligaría a pedir ayuda a su protector chino, que aprovecharía la ocasión para conseguir por país interpuesto lo que no consiguieron ni Hitler ni Stalin: controlar y dominar Europa con un sistema más sutil, indirecto y aparentemente menos implacable. Este es el verdadero peligro.
La China de Xi Jinping rechaza frontalmente los principios que recoge la Carta de Naciones Unidas, como la democracia y los derechos humanos. Sus actuales dirigentes creen que es un texto de los vencedores de la II Guerra Mundial que nada tiene que ver con los principios del Partido Comunista Chino. Los pilares filosóficos y éticos de la cultura china, recuerda Rafael Dezcallar en El ascenso de China, no proceden de la Ilustración, ni de la Revolución Francesa ni de la Declaración Universal de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, y no digamos del humanismo cristiano. Proceden de la Analectas de Confucio, para quien los derechos del grupo están por delante de los del individuo.
El régimen chino es una mezcla implacable de Confucio y Lenin. Una dictadura sin fisuras cuya economía ya genera el 18% del PIB mundial, que aspira a transformar el orden internacional para imponer su sistema y desplazar los valores de Occidente. Y aspira a hacerlo no solo por la vía de la fuerza militar, como lo intentó la Unión Soviética. Trata de dominar y controlar la vida cotidiana de cada individuo con un control personal inimaginable, y someterlo al Estado. Hay un dato revelador: el régimen tiene un presupuesto más alto para seguridad interior que para defensa.
Al abandonar a la Europa democrática, Trump deja el camino abierto para que Putin y Xi Jinping consigan lo que no lograron Hitler ni Stalin: dejar a Estados Unidos atrapados entre el Pacífico y el Atlántico en una pinza que amenace su comercio y su influencia geopolítica mundial. Las consecuencias para las empresas americanas serían demoledoras porque la UE les compra cada año productos por un importe de casi 500.000 millones de euros; y a partir de ese momento serían las empresas chinas las que acabarían haciéndose con el control de ese mercado. Y al hundirse la OTAN, también se hundirían sus compras de material de guerra, y la industria militar americana entraría en crisis.
No, Estados Unidos no ha ayudado a Europa solo por generosidad. También lo ha hecho para defender su seguridad, la integridad de su territorio y sus intereses comerciales. Solo el tiempo dirá a dónde les llevará Trump con sus pactos con dictadores y el desprecio a sus antiguos aliados demócratas.
- Emilio Contreras es periodista