Salir de la cochambre: visita del Papa a España
En efecto, Plinio el Viejo (24-79 d. C.), libro XXXVII, 203 de su Historia Natural, comenta: «Inmediatamente después [de Italia] y con excepción de las fabulosas regiones de la India vence España (…) por su ánimo para el trabajo (…), la resistencia de sus hombres y la vehemencia de su corazón»
Hartos de cochambre nos encontramos los españoles. Nada más alejado del Ser de España que el torpor de un Estar paralizado, exudación de ignorancias, pobrezas filosóficas o, peor, malicias zafias.
La visita pastoral del Papa urge quizá a navegar hacia las aguas poco transitadas de la creación misma del alma del país, milenario tres veces desde la fundación del Cádiz tartésico. Este día hace recordar la verdad de lo que somos, ajena a nacionalismos patrioteros.
Mares, océanos y continentes entrelazados por la Península y las Islas, generan atarazanas, marinos, criadores de cartujanos, arquitectos, constructores de trenes, coches y aeronaves, libros o pinturas, e investigaciones –extendidos gracias a la lengua–, con una clave común: grandes ideas, ideales y esperanzas que imantan vidas, de las que nacen decisiones innovadoras en Recaredo, carretas de Santa Teresa, neurociencia con Ramón y Cajal, realidad poética de Julio López Hernández… Y puentes imposibles bajo Javier Manterola, el vuelo del quehacer profesional diario en San Josemaría o la Transición con El Abrazo. Todos arropados por multitudes, que supieron entenderlos desde el principio: un don.
Rey-Emperador, Carlos I explicó ese volar con dos palabras sobre las columnas hercúleas del escudo: «Plus Ultra», «Más Allá». Al borrar el «Non» previo, alientan esa «Hispania» co-creadora de Europa que la corona integra, capaz de avanzar sin miedo hacia los cuatro puntos cardinales.
Dejemos atrás los trirremes focios, navegantes con regularidad entre Grecia e Iberia hacia 630 a.C. y mostrados por Heródoto, para llegar a Roma, donde nos sorprende en 200 a.C. un fragmento de los Annales de Quinto Ennio –padre de la literatura latina– cuando dice: «Recordad que me habéis oído hablar como hispano, no como romano», «Hispane, non Romane memoretis loqui me».
Por primera vez leemos el gentilicio: «hispano». Con valor geográfico y cultural, muestra la Hispania realista en su franqueza, distinta de esas lacias vaguedades que algún gobernador, como un letal Pilato, musitaba: «Quid est veritas?», «¿Qué es la verdad?».
En efecto, Plinio el Viejo (24-79 d. C.), libro XXXVII, 203 de su Historia Natural, comenta: «Inmediatamente después [de Italia] y con excepción de las fabulosas regiones de la India vence España (…) por su ánimo para el trabajo (…), la resistencia de sus hombres y la vehemencia de su corazón»: «vincit Hispania (…) laborum excitatione (…), corporum humanorum duritia, vehementia cordis.»
Numerosos contemporáneos reunirán todo en un par de virtudes: fides o lealtad y amor a la libertas –libertad de los ciudadanos y de la tierra–. Hispania, aún boceto, apunta un interesante protagonismo.
Más aún, al comienzo de nuestra era Tito Livio (Ab Urbe Condita XXIX.1.19-25) transmitía así la reflexión de un Indíbil (S. III a.C.): «si los hispanos se unían, los romanos podrían ser expulsados por los hispanos, para que Hispania, liberada para siempre de todo dominio extranjero, regresara a las costumbres y ritos de sus antepasados». España se quiere ya unidad voluntaria de libres con propósitos superiores.
Conquistadores y nativos enlazados supieron crear ese acervo hispano-romano padre de emperadores monumentales, como Trajano o Teodosio y caldo de cultivo para un gran cordobés, Séneca, universal defensor de la igualdad que aporta a los hombres su naturaleza racional y definidor de la libertad como «dominio de uno mismo»: «Imperare sibi máximum imperium est» (CXIII Carta a Lucilio [30]). Esa excelencia patrimonial buscaba ya alturas inexpugnables.
Y las halló.
Un ciudadano romano, a quien los católicos llamamos San Pablo, pensaba viajar a España, según reseña dos veces su Carta a los Romanos (15 y 24): «Cuando vaya a Hispania, espero veros…» o «pasaré entre vosotros, rumbo a Hispania…».
«In Hispaniam»: jamás menos palabras dieron tamaño fruto. Hoy acaso no haya mareante aquí que desconozca esa letrilla eterna: «El que no sepa rezar, / que vaya por esos mares / y verá qué pronto aprende, / sin enseñárselo nadie». La alegría de un cristianismo sustancial, capaz de confesar y limpiar por amor todos los pecados, inundaría con España el resto de Europa, América, las Filipinas y áreas africanas. «Dios es amor»: nació un humanismo jamás visto.
«Esos mares» en la mente de D. Claudio Sánchez Albornoz nos llevan a las bóvedas pétreas del palacio de Ordoño II de León, transformado en la antigua catedral, alumbrada por la melada luz de cirios. Entramos en una ceremonia de coronación. El rey Alfonso VII recibe el título de 'Emperador de toda España –Imperator totius Hispaniae–. Mayo de 1135. Aceptó el Rey sinceros homenajes, también del conde de Barcelona. La aspiración a recuperar la regia unidad hispano-goda de 509 a 711 configuraba ya la mejor joya de la diadema real. El concepto de Reconquista, ramificado desde 728, brillaba con luz inagotable en la vida común y personal del país.
Conocemos bien las Cortes de León, cuando en 1188 acuñaron la primera expresión vinculante de democracia política en Europa. Hispania y su cultura en esa XII centuria se encontraron tan seguras de sí, que llamaron desde Toledo la colaboración de expertos judíos y musulmanes en la luego denominada Escuela de Traductores, potenciada un siglo más tarde por D. Alfonso X El Sabio, cuando globalizó saberes para todo el continente.
No hace falta seguir. Buena parte del mundo sería inconcebible sin ti como español. Te necesita hoy también. El Romano Pontífice lo recuerda. Y tú ¿te vas a quedar quieto? Piensa.
- José-Andrés Gallegos del Valle es embajador de España