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en primera líneaAlberto Gatón Lasheras

Gaudí

Hoy, allende su arte, estas líneas son la petición a la Santa Sede para que progrese su declaración de santidad como referente y ejemplo religioso, cultural, artístico y ético para España y Occidente

El 10 de junio de 1926, mientras paseaba camino de misa diaria, ensimismado en sus pensamientos artísticos y místicos por la entonces bella ciudad que fue Barcelona, un tranvía atropelló a un absorto anciano. Por la austeridad de sus ropas, larga barba, recio cuerpo y manos encallecidas, sólo días después de fallecer fue reconocido en un sanatorio: acababa de morir Antonio Gaudí Cornet, genio español y catalán de la arquitectura, hombre sabio y humilde, unido a Dios por la eternidad de su piedad y de su ciencia.

El Debate (Asistido por IA)

Gaudí concibió su arte, cuya máxima obra es la catedral de la Sagrada Familia, como una loa a Dios. Y en el centenario de su fallecimiento, España, y Europa deben el reconocimiento cultural e institucional a Gaudí. Al igual que la Iglesia católica, la cual, a pesar de declararlo venerable, no culmina su proceso canónico de afirmación de santidad. Porque Gaudí es una de las figuras egregias de la arquitectura en la historia de España y de la Humanidad; pero, sobre todo, es un modelo de virtud, ascetismo, generosidad, misticismo y diálogo con Dios, trascendida su alma por el don divino del Espíritu Santo de la sabiduría. Sabiduría que, afirma Aristóteles en su Ética a Nicómaco, nace, por una parte, de la magnanimidad, equilibrio del hombre entre la soberbia y la falsa humildad. Y, por otra, en su Metafísica, por la humildad que incentiva admirar al Creador y las criaturas, y es atributo de la amistad y de la felicidad.

El año dos mil tres, después de pasear por Comillas con mi amigo Chema Girón, y visitar juntos el 'Capricho', dediqué mi columna semanal en El Diario Montañés a Gaudí. Llovía, con la dulzura de una tarde otoñal montañesa; y, en nuestra posterior conversación frente al cálido fuego de la chimenea, mi buen y añorado amigo me sugirió escribir sobre Gaudí como arquitecto y como cristiano por dos motivos: el primero, porque por la naturaleza y las matemáticas trascendió místicamente la arquitectura de entonces, originando el nuevo movimiento estético del Modernismo; y el segundo, y más importante, porque su vida de amor al prójimo y a Dios justificaba pedir a la Iglesia su declaración de santidad.

En el arte, Gaudí desarrolló los espacios con plena libertad de forma, allende los conceptos de curva y recta en los que hasta él los constructores basaban sus realizaciones de escuadra y cartabón. Como él mismo escribió, antes de concretar planos, maquetas y bocetos, Gaudí pre-figuraba sus maravillosas obras desde la contemplación y diálogo espiritual con Dios. Para, después, inspirado en las formas, principios y realidades geométricas, biológicas y matemáticas de la naturaleza, abstraer de esta sus cánones perfectos de funcionalidad y hermosura forjándolas arquitectura. Así, abrió un universo de nuevas posibilidades imaginativas que en su época parecían imposibles, sublime equilibrio de hermosura y fe, materiales y fuerzas, criatura y Creador.

Español y catalán, fue un santo austero y generoso en un ambiente donde era fácil dejarse llevar por los placeres mundanos. Empero, tras una juventud de dandy cambió su existencia y, eximio matemático, físico y dibujante, se entregó a la alabanza de Dios por la ciencia. A la vez que por justicia y caridad atendía a los más pobres, en especial a sus obreros y ayudantes, en un tiempo en el que los auxilios sociales, salvo las fundaciones de la Iglesia, no existían. Y se abandonó al Creador como arquitecto espiritual de la naturaleza. Según afirmó en una carta a la familia Güell, «el arquitecto del futuro se basará en la imitación de la naturaleza, porque es la forma más racional, duradera y económica de todos los métodos». Su principal legado, la Sagrada Familia, que él denominó 'Catedral de los Pobres', donde cada columna es un árbol, cada símbolo oculta en la imitación ecológica una carga teológica, y la luz juega con la presencia traslúcida de la divinidad asemejándola a los multicolores bosques en otoño.

Indiferente a los vanidosos parásitos que son los críticos, quienes, como siempre por mediocridad, envidia y fealdad moral, intentaron ridiculizar su obra, Gaudí sublimó la arquitectura contemporánea como una ciencia global y humanista comunicada desde el Omnipotente a la naturaleza y desde el Creador al hombre. Muestra son la Pedrera, la Casa Batlló, el Parque Güell, el Capricho de Comillas, el Palacio Episcopal de Astorga o la Sagrada Familia. Hoy, allende su arte, estas líneas son la petición a la Santa Sede para que progrese su declaración de santidad como referente y ejemplo religioso, cultural, artístico y ético para España y Occidente. Porque Gaudí resumió la ciencia de distribuir matemáticamente espacios, cálculos y materiales desde la estética como el instrumento para glorificar a Dios por la belleza de lo creado, entregado su ser a sus cuatro amores: arquitectura, España, naturaleza y Dios. Ante su memoria, sólo resta exclamar: ¡Antonio Gaudí, santo súbito!

  • Alberto Gatón Lasheras es teniente coronel capellán