Anatomía de tres instantes
Tres instantes, tres notificaciones, tres maneras distintas de escenificar la caída. La toma de conciencia de que el poder que había estado siempre a favor, por acción, omisión u ocultación, ahora se retira o empieza a ceder ante la investigación
El escritor Javier Cercas publicó Anatomía de un instante para reconstruir el golpe de Estado de 1981. Se centró en la imagen de los diputados escondiéndose en el suelo del Congreso mientras Adolfo Suárez, Gutiérrez Mellado y Santiago Carrillo permanecían sentados.
Gestos, silencios, murmuraciones, miradas… Una autopsia histórica, una descomposición pausada de un momento para entender lo que realmente significó o allí sucedió.
En efecto, hay momentos en la vida de un personaje público que resumen todo lo que ha sido y todo lo que será recordado de él. Ni las cumbres internacionales, ni las fotografías con jefes de Estado, ni los abrazos efusivos mitineros. Todo se olvida y es desplazado por ese instante de fragilidad absoluta en el que la maquinaria del poder, que durante años funcionó a su favor, se detiene y empieza a girar en sentido contrario.
Tenemos a un expresidente de la joven democracia española que ha vivido tres de esos instantes y que presumiblemente no serán los últimos. Conviene detenerse en ellos, porque dicen más sobre el personaje y sobre el país que gobernó que cualquier sesudo análisis o farsa periodística.
El primero es la notificación judicial de la imputación. No sabemos con exactitud cómo llegó, pero sí podemos imaginar el momento, mientras hacía la maleta. Qué instantánea, qué momento, qué estremecimiento.
La Audiencia Nacional sitúa por primera vez a un expresidente del Gobierno a la cabeza de una presunta red de tráfico de influencias. No es un ministro, ni un alto cargo, tampoco un asesor de segunda fila o director de ente del sector público al que sacrificar públicamente. Es el propio expresidente, la cúspide de una estructura que el magistrado describe como estable y jerarquizada.
Antes de ese instante eras un estadista jubilado, mediador internacional, autoridad moral para algunos; el hombre que viajaba en nombre de causas nobles que solo él y sus mariachis parecían entender, según otros. Después de este momento, en cambio, eres un imputado, un presunto inocente o un presunto delincuente, según se quiera ver.
En apenas un segundo, por culpa de un papel con membrete judicial, un señor entiende que su mundo acaba de cambiar de naturaleza y su futuro inmediato se vuelve oscuro.
Que la notificación llegue mientras el expresidente se dirigía a Caracas, tan cerca de junglas y extrañas jurisdicciones, incorpora un elemento de novela típicamente hispanoamericana. Lo mismo nos vale Tirano Banderas que La fiesta del chivo. Inmortales y tan instructivas ambas.
La España oficial, por supuesto, prefirió no preguntarse por la proximidad entre la notificación y el embarque aéreo. El Gobierno y la comparsa parlamentaria, por su parte, cerraron filas cuando en cualquier democracia, como mínimo, se habrían marcado distancias.
El segundo instante es, si cabe, más cinematográfico, y por eso mismo más revelador. Se trata del registro del despacho del expresidente, cuando aparece una caja fuerte oculta. Alguien tiene que comunicarle que esa caja va a abrirse, que su contenido va a salir a la luz, que ya no hay margen para la discreción que durante tanto tiempo ha sido el sello distintivo de cierta clase política española.
Se habla de tensiones iniciales en el momento de la apertura, lo cual, traducido del lenguaje judicial al lenguaje humano, significa que alguien no quería que aquella caja se abriera. Dentro había un botín tasado de forma preliminar en más de un millón de euros, y cuyo origen no está de momento justificado.
No está justificado en este momento. Pero el hecho de que semejante patrimonio estuviera guardado en una caja fuerte oculta, y no en una declaración de bienes o en un seguro convencional, dice mucho de quien dedicó una vida entera a predicar transparencia y regeneración democrática.
El tercer instante es seguramente el más demoledor. No hay ni fotografías de joyas, ni viajes a Caracas, solo una notificación bancaria. El bloqueo de medio millón de euros en una cuenta a su nombre y el de su cónyuge. Dinero que habría llegado a través de un entramado vinculado a quien la instrucción judicial describe como su lugarteniente, o algo parecido.
Ni el juzgado ni la entidad bancaria pueden ejecutar un embargo sin que el afectado lo sepa. Qué momento ese en el que el expresidente se entera de que sus cuentas ya no eran enteramente suyas.
Tres instantes, tres notificaciones, tres maneras distintas de escenificar la caída. La toma de conciencia de que el poder que había estado siempre a favor, por acción, omisión u ocultación, ahora se retira o empieza a ceder ante la investigación.
El primer instante está relacionado con la inmunidad. El segundo es propio de la literatura policíaca, puro Balzac, pues los secretos guardados bajo llave dejan de estarlo. Y el tercero, que aporta dolor y desamparo, el del dinero, que no queda ya a salvo del escrutinio.
Conviene observarlos, claro está, con la serenidad que exige la presunción de inocencia, pues nosotros sí creemos en la democracia y el Estado de derecho. Pero también con la lucidez de quien sabe que estas anatomías, las de los instantes en que el poder empieza a desvanecerse, suelen repetirse con una regularidad que debería avergonzarnos más de lo que nos avergüenza.