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En primera líneaMiquel Porta Perales

La Cataluña flamenca

El ensayo de Rafael Vallbona muestra lo que el nacionalismo catalán no acepta todavía: el flamenco forma parte de la cultura catalana y es un baile y una música tan nuestra –tan catalana– como la sardana. Más: hoy, la renovación del flamenco, que rompe costuras y gana 'grammnys', está en Cataluña

Sin dilación: Cataluña es una comunidad imaginada, construida a la carta por la intelectualidad nacionalista que emerge de las brumas románticas de la denominada Renaixença del siglo XIX, que no es sino una mala copia del Romanticismo alemán. Cataluña ha de tener su espíritu nacional y su alma nacional. Cataluña ha de tener su identidad propia. Cataluña ha de ser una nación. Si este espíritu, si este alma, si esta identidad; en definitiva, si esta nación no existe, se busca. Y si no se encuentra, se inventa. Eso es lo que hará la Renaixença. Eso es lo que inventa/construye –a la carta– un ejército de geógrafos, folcloristas, antropólogos, psicólogos, historiadores, gramáticos, escritores, poetas y excursionistas que recorrerán el territorio catalán en busca de la identidad propia. De la nación. Una identidad y una nación que han de ser distintas de la española. Y punto.

epEl Debate (Asistido por IA)

A nadie se le escapa que el objetivo de los renacentistas catalanes del siglo XIX –es decir, del nacionalismo catalán– es el de descubrir, inventar, depurar y reivindicar «lo nuestro» frente a lo de «ellos». Como Cataluña también debía tener el Geist der Volkes de Herder, lo tuvo. Un «espíritu del pueblo» producto de la mitificación, manipulación, mistificación y exclusión. Un «espíritu del pueblo» que se caracteriza por la obsesión de la diferencia y la exaltación de lo «propio» frente a lo «impropio» o «extranjero». En definitiva, una manifestación heráldica de carácter excluyente. Una obsesión enfermiza.

Los elementos de la nación catalana a recitar: la lengua catalana, «patrimonio secular de una raza y verbo de nuestro espíritu»; el territorio catalán que soporta la identidad y «arranca de las entrañas de la tierra el espíritu propio»; la historia catalana, que es el «notario de la persistencia de la identidad»; la psicología catalana, que manifiesta el «temple fuerte y sutil» y el «sentimiento de resolución, trabajo y autoconfianza» de los catalanes. Yo, el Supremo.

El poeta catalán Joan Maragall sale de paseo: «Esta tarde de domingo, al ir a la fuente, ya de lejos he oído la sardana: una oleada de sangre y alegría me ha subido al rostro. ¿Qué tiene esta danza, esta música, para todo pecho catalán, que así lo inmuta? ¿Es algo, también, del alma del paisaje? Y yo hace tanto tiempo que no la había oído, que me ha todo penetrado. Danzaba el pueblo en la plazoleta… como celebrando un culto… Todos se daban las manos, hombre y mujer alternando, pero todos unidos en una sola redonda y un solo ritmo: era verdaderamente la danza de todo un pueblo; pero, ¡con qué hermosa libertad! … ¡Dichoso el pueblo que danza con sentido la sardana! Si en este momento me ofrecieran la ciudadanía más valiosa y brillante de la Tierra, yo no querría. Diría: ¡No, que soy catalán! Por la noche he ido al teatro: género chico: una oleada de sangre me ha subido al rostro; pero era de vergüenza. En este país tan verde y suavemente amontañado, ese tristísimo género chico, hijo de aridez y funesto ensimismamiento, es una horrible profanación» (La sardana y el género chico, Diario de Barcelona, 12 de septiembre de 1905).

Joan Maragall institucionaliza la sardana como símbolo de identidad vinculado a Cataluña y lo catalán y confrontado con el género chico y lo flamenco vinculado a la identidad de España y lo español. Ahí seguimos. Y en eso que Rafael Vallbona –periodista y escritor– publica el ensayo Catalunya flamenca (2026), en donde se aprecia que ya en 1827 el flamenco se había instalado en Barcelona y se propagaba por la provincia. No solo eso, sino que en 1874 se inauguró el Liceo de Barcelona con fiesta malagueña, rodeñas y jaleos a cargo –apellidos indudablemente de origen catalán– de Josep Jurch y Joan Camprubí. Ahí tienen un ejemplo de la desmemoria, censura, exclusión y racismo de una Renaixença que afirmaba lo que sigue: «No hay más antitético que estas canciones y danzas –género chico y flamenco– al carácter catalán, ni puede encontrarse cosa más destructiva de la severidad y firmeza de nuestra raza».

El ensayo de Rafael Vallbona muestra lo que el nacionalismo catalán no acepta todavía: el flamenco forma parte de la cultura catalana y es un baile y una música tan nuestra –tan catalana– como la sardana. Más: hoy, la renovación del flamenco, que rompe costuras y gana grammnys, está en Cataluña. Y es el flamenco, el cante, el baile, el faralá, la guitarra y el cajón los que llenan –Feria de Abril de Catalunya incluida– teatros en Cataluña, incluido el muy catalanista Palau de la Música Catalana. Finalmente, el Departamento de Cultura de la Generalitat se ha visto forzado a indicar que «la relación entre Cataluña y el flamenco no ha sido nunca fácil, pero sí suficientemente intensa y prolongada para poder rebatir con argumentos fundamentales todos aquellos que todavía hoy niegan o aceptan el flamenco como un elemento integrado dentro de la cultura propia del país».

Un texto que delata el integrismo, el supremacismo, el chovinismo y el sonambulismo propios del nacionalismo catalán. ¿El flamenco en Cataluña? Dicen: un «elemento integrado dentro de la cultura propia del país». Como si se tratara del baile de los Watusi.

  • Miquel Porta Perales es escritor