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Pasen y leanGonzalo Cabello de los Cobos

Títulos, órdenes y Rafa Nadal

Sirven para eso: para custodiar una pequeña parte de la historia de una familia y procurar estar a su altura. No para conseguir mesa en un restaurante ni para inflar el pecho como un palomo cuando te nombran en una montería. Y mucho menos para creerte mejor

Hace poco, una persona que no es precisamente el lápiz más afilado del estuche me preguntó por qué nunca le había pedido a mi hermana mayor que me cediera el título de Conde de Fuenteblanca que, antes de 2006 y por derecho, me habría correspondido a mí.

El Debate (Asistido por IA)

Conviene recordar que hace ahora veinte años, durante el Gobierno del zar Zapatero, se aprobó la Ley 33/2006, que estableció la igualdad entre hombres y mujeres en el orden de sucesión de las Grandezas de España y los títulos nobiliarios.

Mi respuesta fue tan contundente que el pobrecillo se quedó sin argumentos:

–Porque el título le corresponde a mi hermana, que además es mucho más lista y guapa que yo, y porque mis sobrinos me caen estupendamente. Si alguna vez tengo que disputarles algo, será un trozo de pizza mientras vemos una película todos juntos en familia.

Su cara, como digo, era un poema. Y a mí, la verdad, me hizo mucha gracia. Concedía tanta importancia al asunto que su cabeza parecía incapaz de procesar una respuesta semejante, y menos aún una que incluyera una referencia a la pizza. Aunque cueste creerlo, hay gente con tan poco que hacer que concede a estas cosas una importancia extraordinaria.

El respeto a la ley, muy al contrario de lo que a veces parece pensar cierta izquierda, es para mí el epicentro mismo de la democracia. Por eso, cuando murió mi padre, no pude hacer otra cosa que aceptar con absoluta naturalidad que sería mi hermana mayor quien ostentaría el título. No les voy a engañar: al principio algo escocía. Todos tenemos un ego que, de vez en cuando, martillea desde dentro. Pero bastó con pensar en lo mucho que quiero a mi hermana y a sus hijos para que aquello se me pasara bastante rápido.

Y estoy contento, sobre todo, porque mi hermana posee algo que considero fundamental a la hora de honrar una tradición histórica tan arraigada en este reino nuestro: dignidad.

Si hubiera sido una impresentable, quizá la cosa habría sido distinta. Pero tengo la suerte de poder decir que lleva el título con una discreción y una decencia envidiables. Y estoy convencido de que sus hijos, que son buenos por naturaleza, harán exactamente lo mismo cuando llegue el momento.

Porque los títulos, hoy en día, pueden servir para muchas cosas, buenas y malas, pero conservan una capacidad extraordinaria para enfrentar a las familias y, en los casos más absurdos, incluso romperlas. A mí eso no me va a pasar. Prefiero seguir un consejo muy sencillo de formular y no siempre tan fácil de cumplir, que tantas veces me ha dado mi madre:

–No te pelees con tu hermana. Solo tienes una. Tenéis que cuidaros el uno al otro.

Con los años uno descubre que lo único que realmente merece la pena es conservar unida a una familia.

Y algo parecido a lo que ocurrió con los títulos está sucediendo ahora con las Órdenes Militares de Santiago, Alcántara, Calatrava y Montesa. Según parece, las mujeres podrán acceder a ellas en las mismas condiciones que los hombres.

A mí me parece estupendo.

Sé que hay quienes consideran que esto supone una ruptura con la tradición. Yo, en cambio, lo veo exactamente al revés. Las instituciones que quieren sobrevivir no pueden convertirse en piezas de museo. Y permitir la entrada de las mujeres no debilita estas órdenes ni desvirtúa su historia: las fortalece.

Además, tengo una teoría que la experiencia se empeña en confirmarme: las mujeres suelen mejorar las instituciones a las que llegan. Aportan una mirada distinta, una sensibilidad que a nosotros muchas veces se nos escapa y, para desgracia de nuestro orgullo masculino, sospecho que con bastante frecuencia son también más inteligentes.

No hay más que observar otras órdenes, como la de Malta (sí, ya sé que es extranjera), a la que pertenecen mi madre y mi hermana. En buena parte de sus actividades, las mujeres son el verdadero motor. Organizan, empujan, trabajan y consiguen que las cosas sucedan. Son, muchas veces, el corazón de la institución.

Y si eso es lo que pueden aportar a Santiago, Alcántara, Calatrava y Montesa, cuesta entender dónde está exactamente el problema.

En fin, lo que más me alegra de toda esta historia de los títulos es que Rafa Nadal sea hoy marqués del Llevant de Mallorca. Se lo merecía desde hacía muchos años. Según mi parecer, además, el Rey se quedó corto. Yo le habría dado un ducado con Grandeza de España y, puestos a repartir, hasta un virreinato. Pero es que con Rafa no soy objetivo. Qué le vamos a hacer.

Porque, bromas aparte, los títulos son dignidades que, en la inmensa mayoría de los casos, uno no conquista: los recibe. Llegan después de varias generaciones y, precisamente por eso, deberían entenderse como un patrimonio familiar que uno tiene la obligación de honrar y transmitir a la siguiente generación, a ser posible intacto.

Sirven para eso: para custodiar una pequeña parte de la historia de una familia y procurar estar a su altura. No para conseguir mesa en un restaurante ni para inflar el pecho como un palomo cuando te nombran en una montería. Y mucho menos para creerte mejor.

  • Gonzalo Cabello de los Cobos es periodista