Das Reichsnaturschutzgesetz
Cuidado con los procesos de caída y posterior redención de la naturaleza que diseña un ecologismo detrás del cual suele esconderse el autoritarismo, la antropomorfización o divinización de la naturaleza, el dogmatismo cientifista, el moralismo
Llega el verano: olas de calor, llamas. Y una lectura; la llamada Earth Charter o Carta de la Tierra (2000) que, bajo los auspicios de la UNESCO, con la colaboración de personajes como Mijail Gorbachov, Leonardo Boff, Federico Mayor Zaragoza y la Reina Beatriz de Holanda, advierte que «estamos en un momento crítico de la historia de la Tierra, en el cual la humanidad debe elegir su futuro», que «los patrones dominantes de producción y consumo están causando devastación ambiental, agotamiento de recursos y una extinción masiva de recursos», que «las comunidades están siendo destruidas», que «la protección de la vitalidad, la diversidad, y la belleza de la Tierra es un deber sagrado».
Una Carta de la Tierra que, junto a la campaña europea Cuenta atrás 2010: la supervivencia del ser humano está en peligro –expresión ambas del fundamentalismo ecologista que el Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico plagia a su manera en los «informes resumen» del Perfil Ambiental de España: el último versa sobre «nuestro horizonte azul»- nos hablan de la construcción de «una sola familia humana y una sola comunidad terrestre con un destino común».
Resumiendo: cuidado con el «nuevo comienzo», cuidado con «el despertar de una nueva reverencia ante la vida», cuidado con el «deber sagrado», cuidado con la «sola familia», cuidado con la «sola comunidad», cuidado con «el destino común», cuidado con el «horizonte azul». Cuidado, en definitiva, con los procesos de caída y posterior redención de la naturaleza que diseña un ecologismo -no confundan la ciencia ecológica con el ecologismo como ideología que substituye al marxismo y el socialismo- detrás del cual suele esconderse el autoritarismo, la antropomorfización o divinización de la naturaleza, el dogmatismo cientifista, el moralismo. Por todo ello, hay que protegerse de las miserias y fantasías del ecologismo.
Un ecologismo que surge de una revelación que ilumina: «Si continuas así, la Tierra será destruida». ¿Alguien pone en duda la verdad revelada? Surge el maniqueísmo, surge el pecado, surge el anatema: «Eres un depredador, un biocida». La absolutización ya ha tomado cuerpo: la protección de la biosfera asume el estatuto de valor absoluto al que se debe subordinar cualquier otro valor. Y si se pone en cuestión dicho valor, brota la amenaza bajo la forma del milenarismo apocalíptico: «estás contribuyendo, consciente o inconscientemente, a la extinción de la vida y el planeta». ¿Quién legitima la revelación ecologista? La última ratio se encuentra en un cientificismo y un moralismo que saben con exactitud donde está el Bien y el Mal. Un cientificismo y un moralismo que se legitima en función de un batiburrillo de ideas científicas y no científicas. Un «pistoletazo» -que diría Hegel- de intuiciones que no admiten la refutación. Hay más.
Cabría pensar que el peligro no tiene solo que ver con el verano ardiente. Y la esperanza tiene poca relación con el horizonte azul que promete el socialismo español. He ahí un texto con voluntad pedagógica y aire siniestro : «Nuestra campiña ha sido profundamente modificada en relación con las épocas originales, su flora ha sido alterada de múltiples maneras por la industria agrícola y forestal así como por la concentración parcelaria unilateral y el monocultivo de las coníferas. Al mismo tiempo que el hábitat natural iba reduciéndose, la fauna diversificada que vivificaba los bosques y los campos ha ido menguando. Esta evolución se debía con frecuencia a necesidades económicas. Hoy, ha surgido una conciencia clara de los daños intelectuales, pero también económicos de semejante trastocamiento de la campiña... únicamente la metamorfosis del hombre iba a poder crear las condiciones previas de una protección eficaz de la naturaleza... los monumentos naturales son creaciones originales de la naturaleza cuya preservación resulta de un interés público motivado por su importancia».
El texto, ¿quién lo redactó? Estamos ante la primera ley moderna promulgada en Europa que se propone la defensa de la naturaleza: Das Reichsnaturschutzgesetz, de 26 de junio de 1935. Dice: «El Gobierno alemán del Reich considera su deber garantizar a nuestros compatriotas, incluso a los más pobres, su parte de belleza natural alemana. Así pues, ha promulgado la ley del Reich con el fin de proteger la naturaleza», concluía el preámbulo de dicha ley. Un paralelismo que genera angustia.
No malinterpreten al transcriptor. Evidente, hay que conservar la naturaleza. Pero, cuidado con el romanticismo ecologista de aquellos germanos. Cuidado con estos fundamentalistas que hoy otorgan a la Tierra el estatuto de sujeto jurídico portador de derechos. Estos fundamentalistas prepotentes y agresivos, que tildan de biocida a cualquier disidente, que se consideran poseedores del único sistema global de interpretación del mundo capaz de crear un contramodelo social que, al afirmarse científico, puede organizar racionalmente las relaciones entre sociedad, biología, economía, cultura y política.
Hay que protegerse de las fantasías, intereses, engaños y miserias del ecologismo. Hay que protegerse de ese negro y tóxico humo. Pónganse las mascarillas.