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13 de junio de 2024

TribunaMiguel Aranguren

Terelus

Aquellos que objetivamente llamamos «mejores», son otros: los que viven y mueren con discreción, y nunca, pero nunca jamás, se quedaran colgados de la punta de una estrella

Actualizada 01:30

«Se nos van los mejores», es el decir del pueblo ante la muerte de los personajes notorios, como si los «peores» no se dirigieran al mismo destino, la muerte, hacia el que también avanzamos –más lentos o más ligeros– los que somos «regulares» y no formamos parte de la aristocracia popular, que se disparó en sus ducados, marquesados, condados y varonías de colorines gracias al invento y la difusión de la radio (primero) y de la televisión (después).

Es un dicho manido aquello de que en España se muere muy bien, sobre todo cuando el finado es un personaje conocido por todos. El político al que los empleados de la funeraria colocan en el féretro pasa, por arte y gracia de la parca, de ser un tipo que generaba recelos a obtener el reconocimiento de la ciudadanía, ordenada en largas colas para presentarle sus respetos y, a ser posible, soltar alguna frase hecha a los micrófonos de los reporteros. Aquellos que no le votaron dibujan una expresión cariacontecida. Aquellos que le votaron, sueltan una lágrima de cocodrilo ante las cámaras, rubricada con ese clásico «se nos van los mejores».

Qué decir del plantel que un día se abrió hueco en el saco maleable de la fama, sobre todo si más allá de sus dotes personales toleraron convertirse en carne de mercadeo en las tertulias en directo y en las revistas del corazón. Da pena verlos, inmóviles y silenciosos, recibir los suspiros de tanto cantamañanas –hablo de aquellos con los que compartieron tumultos en el mar picado de la fama– que desempolva, para la ocasión, el disfraz de velatorio (ropaje negro y gafas de sol, elemento que alguien decidió convertir en un imprescindible para el outfit del pésame). El sempiterno «se nos van los mejores» lo completan con el deseo de que el recién desaparecido siga disfrutando «allá donde se encuentre». Si, como expresan a las alcachofas que los cercan a la entrada de los tanatorios, cada uno de esos finados «vive en alguna estrella», el firmamento tiene que ser una batalla a bolsazos y empujones por conquistar el lucero más brillante.

Acaba de morir María Jiménez, rumbera de mala vida a tenor de los padecimientos que reconocía sufrir en cuanto se bajaba del escenario. Era talento, raza, voz (en su primera época) y un brochazo grueso de ordinariez, por exigencia del guion en aquella España de los setenta, obsesionada con elevar la liberación de los pecados de la carne al rango del estrambote. María Jiménez fue un ciclón, una artista que a veces daba miedo, una gloria cuando vestía las rancheras con el dale que dale del flamenco ligero, un acabose en los años finales de su vida. De tan bárbara, producía ternura.

También ha muerto María Teresa Campos, «la reina de las mañanas» en el decir, de la televisión. Al contrario que la Jiménez, María Teresa no solo no me gustaba por su manera de ejercer el periodismo (en una mesa camilla, en un tresillo, liderando siempre la fiesta en vez de brindar el protagonismo a sus invitados) sino que me generaba antipatía por su deje sabelotodo, antipatía que se convirtió en rechazo cuasi paranoico a partir de la alternativa que dio a las Terelus, sus dos hijas, quiero decir, con las que formó una triada del mal gusto en el decir, el vestir y el actuar.

Las Terelus, ese extraño concepto que va más allá de su apellido común, ha sido uno de los espejos deformes que distorsionan la grandeza de nuestro país. Las Terelus fueron la consagración de la maruja venida a más, enlacada, cubierta de oros, siempre del brazo de un hombre que no tenía donde caerse muerto (precisamente), porque toda Terelu que se digne presume a los cuatro vientos de amoríos que van y vienen, como una colegiala libidinosa, en una empecinada negación a cumplir el papel que le corresponde: ser un referente para sus nietos. La Terelu es un escaparate de medio pelo que haría las delicias del Woody Allen más ácido, una hortera vestida firma, con casa de numerosos salones custodiados por dálmatas y budas de porcelana a tamaño natural, bañera de burbujas, mármoles albos y escalera de caracol.

«Se nos van los mejores», gime Bigote Arrocet, lo que me hace pensar que los mejores, aquellos que objetivamente llamamos «mejores», son otros: los que viven y mueren con discreción, y nunca, pero nunca jamás, se quedaran colgados de la punta de una estrella, lo que no es óbice para que presente mis condolencias a las Terelus y lance una oración por el eterno descanso de María Teresa y de la Jiménez, que ojalá estén armando una buena zapatiesta en el Cielo, que no en el firmamento.

  • Miguel Aranguren es escritor
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