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20 de abril de 2024

Miguel Aranguren

Origami escolar

Unos creían que era una suerte tener compañeras en clase. Otros, que era mejor reservarnos para ellas de viernes a domingo, para que no conocieran nuestro limitado prestigio escolar. Pues muy bien

Actualizada 01:30

Estudié en un colegio de chicos. Durante la sucesión de los cursos, nunca albergué el temor de que la elección de mis padres me estuviese creando un trauma, ni que hubiera plantado en mi personalidad la semilla de la misoginia que, por cierto, nunca ha asomado un tímido brote. En aquel colegio nunca me hablaron, nunca, de segregación, salvo en el viejo COU, cuando estudiamos, muy por encima, la historia reciente de los EE.UU. Tampoco percibí un ápice de miedo por parte de mis profesores hacia las mujeres, ni escuché una sola consideración retorcida al respecto. No recuerdo que se hicieran chistes sobre la condición femenina, ni que se hablara con desprecio del otro sexo. Todo lo contrario, pues las mujeres poblaban nuestra existencia: madres, hermanas, abuelas, tías, primas… y, más adelante, amigas, chicas que nos gustaban, chicas con las que salíamos, novias formales, novias con las que rompíamos, nuevas amigas, nuevas chicas que nos gustaban, nuevas chicas con las que salíamos, novias formales, novias con las que rompíamos… es decir, nada distinto a lo que nos correspondía a nuestra edad.
Algunos de mis amigos estudiaban en colegios mixtos. Pues muy bien. Y otros en colegios extranjeros. Pues muy bien. También los había que se sentaban en el pupitre de un centro público. Pues muy bien. Y quienes, a partir de 1985, entraban todas las mañanas en su colegio concertado que, por imposición para recibir dicho concierto, tuvo que recibir a alumnos del otro sexo. Pues muy bien. En principio, nadie se sentía más o menos que nadie a cuenta del nombre o del tipo de colegio que le había caído en gracia. Unos creían que era una suerte tener compañeras en clase. Otros, que era mejor reservarnos para ellas de viernes a domingo, para que no conocieran nuestro limitado prestigio escolar. Pues muy bien.
Ahora que he me he hecho mayor, asumo el miedo colectivo que nos produce la libertad, que es un derecho anterior a cualquier constitución democrática y, por supuesto, a nuestras instituciones de gobierno. Ante las recompensas del Estado del bienestar hemos abdicado de nuestra responsabilidad individual, para bajar la cabeza ante las leyes con las que nuestros representantes cortan el bacalao a su gusto y manera. Mientras nos garanticen los subsidios y el acceso gratuito y universal a la sanidad, cerramos los ojos. Nada nos hace reaccionar, ni siquiera los textos legales que vulneran nuestra sagrada intimidad, ni siquiera el asalto impositivo, que en España alcanza el 40 por ciento de nuestros ingresos (durante cinco largos meses, trabajamos en exclusiva para la maquinaria estatal).
Esta pasividad ante el despotismo es un chollo para quienes ocupan los sillones públicos. Bajo la careta –legitimada por las urnas– del servicio a la ciudadanía, se dedican sin disimulo al origami de la ingeniería social. No tienen prisa; sus proyectos están sometidos intencionadamente a unos plazos, a un calendario de ejecución que suele extenderse a lo largo de varias décadas. No albergo dudas de que aquella LODE del ministro Maravall fue el pistoletazo de salida de un plan más ambicioso y dañino, que pasó por distintas etapas cada vez más funestas para la educación de los niños y los adolescentes, y que ha alcanzado un nivel inimaginable de infamia con la ley Celáa, apellidada como su ministra muñidora, quien antes de calzarse la peineta y la mantilla con la que cumplimenta al Papa dejó la educación pública en estado comatoso, y cuyas hijas cursaron sus estudios en un prestigioso colegio privado de una comunidad religiosa católica y extranjera.
Los ingenieros de aquella LODE de los ochenta tenían muy bien calculados sus efectos. Por ejemplo, la pérdida paulatina de decisión por parte de los gerentes de los centros concertados, sometidos a un control casi soviético por parte de los inspectores de educación, intransigentes con el cumplimiento de las regulaciones formales (aparecían con un metro para medir al milímetro la largura y anchura de las distintas aulas) y laxos, muy laxos con el descuido de la misión educativa. Entre sus victorias, haber colocado un esparadrapo en la boca de los padres y haber logrado la rendición de las órdenes religiosas, que renunciaron a su carisma fundacional de educar por separado a niños y a niñas, para abrir las puertas de sus colegios a la educación mixta, ante el miedo de comprometer la ayuda económica del concierto. A causa de su dejación del espíritu se apagó la llama de la vocación en el corazón de sus alumnos. Por eso, detrás de sus muros hoy mandan los sindicatos y no las contadas y ancianas monjas, los contados y ancianos religiosos que se mantienen fieles a su llamada.
En aquellos países en los que los políticos procuran facilitar el acceso a los mejores recursos educativos, convive sin problemas la educación pública con la privada, la mixta concertada con la diferenciada concertada. Incluso el cheque escolar y el homeschooling. Parece que a sus ciudadanos no les asusta ejercer la libertad.
  • Miguel Aranguren es escritor
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