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15 de abril de 2024

TribunaTomás Salas

Ética y Estética

Las imágenes, las apariencias tienen implicaciones religiosas, morales, axiológicas. No son neutras. Especialmente, en el terreno de lo sagrado

Actualizada 01:30

Me sumo al debate sobre el cartel de la Semana Santa sevillana de 2024, ahora que parece que las aguas se han calmado un poco, e intento desarrollar, a partir de las cuestiones planteadas en él, una serie de reflexiones que sirvan para fundamentarlo teóricamente en argumentos, no sólo en opiniones o gustos personales.
Lo primero que observo es que hay en este tema un aspecto novedoso. No se discute o rechaza lo que, objetivamente, la imagen muestra, esto es, una imagen de Cristo. La imagen aparece en un grado de desnudez que tampoco es discutible, porque es normal en la historia de la iconografía religiosa. La sustancia de la polémica está en lo que la imagen sugiere.
Aquí nos encontramos con un concepto fundamental en la teoría de la comunicación, que supone un recurso inexcusable en el lenguaje publicitario, en la poesía, en el debate ideológico. Este concepto es la connotación. El signo (signo lingüístico, oral o escrito; signo icónico, visual) puede transmitir un significado connotativo. Esto es, sugiere un significado que no está enteramente explícito en el mensaje, pero que provoca en quien lo recibe una asociación de ideas. Por ejemplo, en una imagen (un mensaje publicitario) el color verde sugiere la idea de lo natural, lo ecológico. Lo mismo la palabra «verde» en un texto. El lenguaje poético está trufado de connotación, prácticamente es lo que lo identifica, aunque también posee un importante aspecto connotativo el lenguaje cotidiano.
La imagen en cuestión transmite un mensaje que parece que muchas personas captan; pero no un mensaje directo, sino indirecto, connotativo. El mensaje, el contenido existe, en todo caso.
Otra cuestión es que ese mensaje sea contrario a la doctrina de la Iglesia, como afirman muchos. Los que defienden esta obra, por el contrario, la circunscriben a un ámbito estético. Puede gustarte o no; es bello o feo; en todo caso, es algo que tiene un carácter subjetivo, personal. Para gustos, se dice, los colores. Los que defienden la obra destacan su carácter estético y, en todo caso, su neutralidad ética. No es buena ni mala; es bella o fea, por usar las dos categorías estéticas más elementales.
La cuestión, pues, está en si Ética y Estética son dos mundos separados y autónomos. La experiencia histórica y la misma lógica indican que no. Las imágenes, las apariencias tienen implicaciones religiosas, morales, axiológicas. No son neutras. Especialmente, en el terreno de lo sagrado. La conexión es evidente. Todos hemos entrado en una de esas iglesias, que se pusieron de moda a finales de los 60, que parecen grandes y frías naves industriales. Su justificación: no debe haber diferencia entre lo sagrado y lo cotidiano, entre religión y vida, etc. En cierto sentido, es verdad y verdad es que a Dios se le puede adorar en cualquier lugar, incluyendo los más feos; pero… es inevitable que en cualquier humilde y viejo templo nos sintamos más en un ámbito sagrado que en estas construcciones, que exhiben sus ladrillos desnudos como los antiguos cínicos mostraban sus llagas.
Esto tiene que ver con el concepto que he comenzado exponiendo, la connotación; la capacidad de sugerir significados indirectos, secundarios, subjetivos.
También ocurre lo inverso. Lo religioso, lo ideológico, lo moral (lo que hemos englobado con el nombre de ética) tiene sus implicaciones en la estética y, especialmente, si nos movemos en el terreno religioso. Bien y belleza (junto con el tercer elemento, la verdad) van enlazados en el cristianismo en toda su historia. Por ello, cuando se ha restado solemnidad a la liturgia, cuando se ha relajado su nivel estético, este acto ha tenido consecuencias religiosas y morales –normalmente negativas–.
Ética y Estética son dos orbes relacionados entre sí por diversos vasos comunicantes. Por esta razón, no es sorprendente que se haya formado este revuelo polémico. Tienen razón lo que están en contra, aparte de su razón «personal» como creyentes, en una cuestión formal: la imagen no es neutral; esta imagen del Salvador no puede marcar, ética y religiosamente, un encefalograma plano. La imagen, si no dice directamente, sugiere un mundo de valores y creencias –creencia en el sentido orteguiano, no estrictamente religioso–.
Planteadas estas cuestiones para establecer un mínimo de rigor teórico, llega la pregunta fundamental: este mundo significativo sugerido, connotado, indirecto, pero patente para la mayoría, ¿es compatible con los dogmas morales del cristianismo?
  • Tomás Salas es escritor
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