Fundado en 1910

18 de abril de 2024

TribunaRafael Fayos Febrer

La institucionalización de la mentira

Decir la verdad y vivir siempre con respeto a la misma es uno de estos principios. Esta norma básica que desde siempre, y aún hoy, exigimos a nuestros infantes en casa y en el aula, es a la que están faltando de manera reiterada y pública nuestros políticos

Actualizada 01:30

Toda sociedad se cimenta sobre unos principios básicos cuya ausencia imposibilita la convivencia humana. El respeto a los mismos por los miembros de la comunidad es condición necesaria para la subsistencia de la misma y es uno de los primeros bienes que se debe proteger y garantizar. Así, se da por supuesto que allí donde vayamos nuestra integridad física no correrá ningún riesgo y la prohibición de sustraer lo que no es nuestro será una norma vigente. De hecho, estos mandatos hacen parte de los primeros rudimentos éticos que recibimos en el hogar, constituyéndose como normas primigenias y fundamentales que han regulado desde nuestra infancia las relaciones con nuestros amigos y el comportamiento con cualquier individuo de nuestra especie.
Tales principios no solo poseen relevancia jurídica sino también antropológica en el sentido que en ellos nos jugamos además de la posibilidad de la convivencia nuestra realización en cuanto personas. Nadie considera excelente, a pesar de la pericia mostrada en el hurto, a quien ha robado un banco. Tampoco admiramos a quien con exceso de creatividad e imaginación acostumbra a dirigirse al prójimo con singulares exabruptos y calificativos. Lejos de estas bajezas, los héroes de los cuentos y los protagonistas de las novelas con los que educamos a nuestros hijos encarnan virtudes contrarias como la generosidad, el exquisito cuidado en el hablar y la elegancia en el trato con los demás.
Decir la verdad y vivir siempre con respeto a la misma es uno de estos principios. Esta norma básica que desde siempre, y aún hoy, exigimos a nuestros infantes en casa y en el aula, es a la que están faltando de manera reiterada y pública nuestros políticos. Mentir ha sido un acto recurrente en la historia de la humanidad y también ha caracterizado la vida política en todo tiempo y lugar. Desgraciadamente en España, en las últimas décadas, hemos sido testigos de grandes fraudes y engaños con los que se han lucrado políticos de toda orientación e ideología de los que, gracias a Dios y a su debido tiempo, se hizo cargo la justicia. Pero a lo que estamos asistiendo en los últimos meses poco o nada tiene que ver con lo antes mentado. Se añade al hecho mismo de mentir una serie de circunstancias que agravan el engaño hasta casi el punto de cambiarlo de especie.
Es muy llamativo que quien miente ahora es el mismo que gobierna, es decir, aquel que debería proteger a la sociedad de embaucadores y mentirosos se ha convertido en el prototipo o paradigma de los mismos. Además, lo está haciendo reiteradamente, una y otra vez, convirtiéndolo en costumbre, escudándose en un cambio de opinión a tenor de las circunstancias o incluso en el bien mismo de la nación, cuando a todos se nos hace evidente que el motivo de sus actos no es otro que retener el poder a cualquier precio. Debemos recordar que al gobernante no solo se le exige el cumplimiento de las normas como a todo ciudadano de a pie, sino cierta ejemplaridad en la vivencia de éstas. A lo anterior se debe añadir que el jefe del Gobierno con sus patrañas está comprometiendo un bien tan importante como la unidad de la nación y el futuro y bienestar social de todos los españoles. Otro de los rasgos específicos de este festival de mentiras es el descaro y la falta de vergüenza como también la soberbia y el desprecio con el que trata a quienes dio su palabra, rasgos todos ellos más propios de un tirano al frente de una dictadura que de un dirigente demócrata.
Nunca sospeché que aquel que hoy encabeza el Gobierno cuando dijo que no pactaría con Podemos, le faltaría tiempo para abrazarse a su líder al día siguiente de las elecciones. Muchos pensamos que sería un acto aislado, pero fue el comienzo de una cadena de mentiras a la que yo hoy no logro atisbar un fin. Es tal la maraña de embustes de la que está enrevesada la vida pública actual que dejar de leer el periódico uno o dos días hace que se pierda el hilo argumental de la farsa política a la que asistimos.
La cultura occidental, hace ya más de dos mil años, asumió que decir la verdad y otros principios ya mentados al inicio de este escrito forman parte de un conjunto de leyes naturales cuyo cumplimiento nos obligan en conciencia y cuyo desprecio y transgresión a las mismas no queda impune. Lo hemos leído tanto en Antígona de Sófocles como en Crimen y castigo de Dostoyevski. La filosofía socrática, que gira en torno a la verdad, también nos ha enseñado que cuando mentimos no solo faltamos al respeto a los demás, sino que atacamos nuestra propia dignidad. La mentira destruye a las personas y a la sociedad como la verdad las conduce a su plenitud. Toda dictadura se sostiene en la mentira y las sociedades libres y democráticas, por lo menos en teoría, en el respeto a la persona y en razón ello a la verdad. Por todo lo anterior, debemos caer en la cuenta de que la gravedad de cuanto en los últimos meses está aconteciendo en España no solo reside en las nefastas consecuencias de lo acordado entre partidos con alevosía y nocturnidad, sino en el hecho de que la institucionalización de la mentira es una afrenta a nuestra persona y dignidad. Se está socavando y destruyendo uno de los pilares fundamentales sobre los que se apoya la convivencia pacífica y justa entre quienes hacen parte de una sociedad. En los años 60 del siglo pasado, el intelectual ítalo-alemán Romano Guardini que padeció durante doce años al gobierno nazi, escribía en un ensayo titulado Libertad lo siguiente: «Se habla mucho de amenaza totalitaria, pero ningún proceso ocurre partiendo solo de un lado». Es decir, la debilidad o pasividad del individuo y el poder del Estado totalitario son las dos caras de una misma moneda. Dicho lo cual debemos plantearnos si vamos a colaborar con la pasividad a la institucionalización de la mentira o promover desde la sociedad civil y la restauración de la verdad.
  • Rafael Fayos Febrer es profesor titular de Filosofía en la Universidad CEU Cardenal Herrera
Comentarios

Más de Tribuna

tracking