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24 de mayo de 2024

TribunaMiguel Rumayor

La política y la promoción de la cultura de la vida humana

El aborto es hoy en Occidente una posibilidad legal, pero no se ha comprobado ningún beneficio psicológico, social, demográfico, sanitario ni personal en quien ha pasado por él

Actualizada 01:30

Parece ser que el derecho al aborto también pertenece a los hombres. Así lo afirmó la diputada de Más Madrid en la Comisión de Mujer de la Asamblea de Madrid. Jimena González se refería en este caso a un tipo concreto de personas que son los transexuales, «hombres gestantes», mujeres que han transicionado.
Para algunas ideologías, los derechos de las mujeres son ajenos completamente a su biología. Ante esa afirmación los representantes del PSOE, aunque en la Asamblea haya conocidas diputadas defensoras del feminismo clásico, se quedan silentes como estatuas. También sucede con la aceptación de la participación de transexuales, en este caso hombres biológicos, en competiciones deportivas femeninas o la admisión de personas con tales circunstancias en vestuarios y cárceles de mujeres.
¿Qué ocurre entonces para esa diputada con las mujeres transexuales? ¿no tienen ellas también el supuesto derecho al aborto? Tales preguntas pueden parecer extrañas, pero vale la pena hacérselas siguiendo la propia secuencia argumental de los defensores de la ideología de género. Desde el wokismo izquierdista la respuesta sería: sí lo tienen. Como «mujeres no gestantes» poseen tal derecho, pero no lo pueden ejercer... Por eso, tal vez, el Estado para evitar su discriminación tendría que facilitarles este ejercicio mediante una técnica de implantación fetal en su biología masculina y que después lleven a cabo el aborto.
Esta concepción creacionista de los derechos humanos está detrás de la votación llevada a cabo hace unos días por el Parlamento Europeo, con intención de validar el aborto como un derecho humano otorgado y protegido por el estado. No obstante, el aborto no puede entenderse jamás como un derecho universal, porque los derechos humanos no son solo posibilidades que tenemos relacionados con nuestra libertad, en este caso la de actuar sobre nuestra propia biología, sino que son los cimientos en los que descansa el florecimiento del bien personal y el bien común. Por eso, hay que protegerlos y extenderlos a los ciudadanos de todas las culturas, como se señaló en la Declaración Universal en 1948.
Fumar, tatuarse o beber alcohol, por ejemplo, no son derechos sino posibilidades libres de los individuos, aunque algunas de estas acciones no aporten salud ni bienestar en quien las realiza. El aborto es hoy en Occidente una posibilidad legal, pero no se ha comprobado ningún beneficio psicológico, social, demográfico, sanitario ni personal en quien ha pasado por él. Más bien, lo que está demostrado es todo lo contrario. De verdaderos derechos humanos como el que existe a la propiedad privada, a la libertad o a la vida, no podemos decir lo mismo: todo lo que se deriva de ellos es bueno.
Este último derecho es el más importante, ya que del hecho de nacer primero y seguir vivo después, se deduce todo los demás y la prosperidad en todas sus dimensiones. Ahí radica la importancia de que el estado actúe como se está haciendo en la Comunidad de Madrid, creando una cultura de protección y desarrollo de la vida humana.
  • Miguel Rumayor es diputado y presidente de la comisión de Familia y Asuntos Sociales en la Asamblea de Madrid
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