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En primera líneaMartín-Miguel Rubio Esteban

Que vuelva María Dolores a Castilla-La Mancha

Bajo la presidencia de mi admirada María Dolores de Cospedal Las Cortes de Castilla-La Mancha tomaron la sabia y decente decisión de reducirse a una proporción de un representante por cada 64.000 castellano-manchegos. Eso significó un importante recorte de la clase política profesional

El verdadero quid o fundamento de una democracia representativa ( término acuñado por primera vez por Jeremy Bentham en 1776, en su A Fragment on Government, y Alexander Hamilton, con más precisión, en una carta fechada en mayo de 1777, a su amigo Gouverneur Morris) no está en el número de representantes políticos que debe tener el cuerpo de ciudadanos, sino en la noción misma de representación política. Antes de Marsilio de Padua (siglo XIV) no existía en la filosofía política el concepto de representación, si bien no se puede soslayar el precedente de la filosofía política de Santo Tomás de Aquino: el príncipe como vicario de la multitud. Mediante sus representantes el pueblo supervisa y controla la acción del gobierno, le exigen rendiciones de cuentas periódicas, y lo fiscaliza. Con Montesquieu se añade a una tercera parte de la representación política la facultad de legislar de acuerdo a los deseos del pueblo. Toda la teoría del poder en la sociedad democrática descansa en la noción de representación o vicariato, por virtud de la cual los representantes políticos, popularmente electos, ejercen el derecho del pueblo a gobernarse. Los representantes del pueblo son «enviados» en misión o comisión por el pueblo para ejercer la autoridad, porque la multitud los hace participantes, en cierta medida, de su propia autoridad: porque se los convierte en «imágenes» del pueblo o «diputados» por el pueblo. Ahora bien, la esencia de la representación estriba en que el pueblo da autoridad a sus representantes sin perderla el pueblo jamás. No es una cosa tangible que el que la da la deja de tener, sino una potencia de orden espiritual en la que al representante se le da el don de participar de ella, sin ser ella de él jamás, sino siempre, en última instancia, del pueblo.

Otra cosa distinta, y de muy segundo nivel en importancia, es el número de representantes que debe tener una comunidad política ordenada democráticamente. En principio, el número de representantes debe ser plural como plurales son los sentires que como corrientes políticas cruzan la comunidad política. Ahora bien, es imposible incorporar entre los representantes del pueblo a todas y cada una de las corrientes políticas. Ni aunque se eligiese en un país a un representante por cada cien ciudadanos ( lo que representaría en España un Parlamento de más de 400.000 diputados ) no se incorporarían todas las mundivisiones que laten en el seno de la comunidad política. La representación del pueblo constituirá siempre, por su propia índole, una abstracción del pueblo, y se formará por las corrientes más mayoritarias de la población, aunque en sí –¡ojo en este rasgo!– tiene la obligación sagrada de representar al todo absoluto del pueblo. No aumenta automáticamente la calidad de la representación política por un aumento de los representantes políticos, sino por la realización verdadera y fiel de dicha representación. En caso contrario llegaríamos al disparate de afirmar que Cuba y Corea del Norte son democracias representativas. En general, la representación política en la mayor parte de las comunidades políticas con Cortes o Parlamento que hay en el mundo, se constituyen con un número de representantes que suponen una relación entre un representante y de 75.000 a 150.000 ciudadanos. Bajo la presidencia de mi admirada María Dolores de Cospedal Las Cortes de Castilla-La Mancha tomaron la sabia y decente decisión de reducirse a una proporción de un representante por cada 64.000 castellano-manchegos. Eso significó un importante recorte de la clase política profesional que fue ejemplar en una época en donde se recortó el salario de los funcionarios y se congelaron las pensiones. Entonces presupuso la profunda nobleza y altura de miras de aquellos gobernantes populares de Castilla-La Mancha, que no les importaba que su partido fuera el que más políticos profesionales iba a perder si este ahorro suponía un beneficio para un apartado vital de la Administración de Castilla-La Mancha, como era Sanidad o Educación.

Si fuera verdad que España es sólo una miserable partidocracia, no existirían personas como María Dolores de Cospedal, que prefirió entonces sacrificar a compañeros de Partido que ya no volverían a ser diputados ( quizás 9 o 10 ), a que los recortes siguieran haciendo aún más daño a sus paisanos. Es así que el ejemplo que dio el PP con aquella ley fue moralmente sublime, y desgraciadamente demasiado infrecuente entre la clase política española. La presidenta de Castilla-La Mancha no sólo se nos desveló entonces como una una gran patriota, sino también como un político decente. Pues bien, nos acabamos de enterar que el PP y el PSOE de Castilla-La Mancha, sin ninguna razón técnica ni democrática que lo justifique, han decidido mediante ley, y metiendo la mano codiciosa en el erario público, subir de 33 a 55 los diputados que configurarán las inútiles Cortes de Castilla-La Mancha. Los demócratas griegos llamarían a esta desfachatez desaprensiva pleonexía. Pues eso. Vuelve, María Dolores.

Martín-Miguel Rubio Esteban es escritor