Modos de veranear
Es un hecho que en una parte del mundo algunos privilegiados tenemos la gozosa posibilidad de pasar unas semanas de asueto en un lugar distinto y mucho más amable que nuestro entorno habitual, como lo es que en otra parte del mundo –bastante más poblada– millones de personas no van a poder cambiar el escenario de sus días
Hace años colaboré con mis artículos de opinión en un semanario en el que me permitieron añadir viñetas humorísticas. Dibujar y pintar son dos de mis pasiones, pues también son un modo de contar una historia, en este caso de un solo golpe, permitiéndole al observador tomar protagonismo ante la visión inmóvil de un paisaje en acuarela, por ejemplo, o dar vida a los personajes de una composición al óleo o con acrílicos, también a interpretar las acciones y decires de las caricaturas que actúan en el interior de un recuadro.
Publiqué uno de aquellos chistes gráficos en fechas cercanas al inicio de las vacaciones de verano. El mensaje que mostraba era obvio y un tanto torticero. En el extremo izquierdo de la viñeta, una mujer de raza blanca, en biquini y frente a un espejo, se llevaba el antebrazo a los ojos en gesto de profunda desilusión tras comprobar que durante el invierno y la primavera no había tenido la suficiente fuerza de voluntad para cerrar el buche, lo que se traducía en un aspecto físico no del todo atractivo para pasearse por la playa de aquella guisa. En el extremo derecho de la misma viñeta, una mujer de raza negra, ante un paisaje africano devastado por la sequía, se llevaba el antebrazo a los ojos en un gesto de profunda desilusión, al comprobar que durante el otoño, el invierno y la primavera, pese a su fuerza de voluntad, no había podido comer todos los días, lo que se traducía en un aspecto esquelético.
Reconozco que en aquella ocasión no me devané los sesos. Limitado de ideas a causa del peso del curso, me serví de una deducción elemental para mostrar los extremos en los que se mueve la humanidad: la angustia de las sociedades opulentas y la resignación de los más pobres. Resultaba trivial dicho enfrentamiento de imágenes y mensaje, ya que ni la mujer que se prueba el biquini ni la que sufre la hambruna han elegido el lugar donde nacieron y viven. Si la una no ha intervenido para que las vacaciones sean un derecho que, con suerte y capacidad de ahorro, puede disfrutar a la orilla del mar, la otra tampoco para que las vacaciones sean para ella una situación tan ajena y desconocida como la existencia del mar y del biquini. Sin embargo, es un hecho que en una parte del mundo algunos privilegiados tenemos la gozosa posibilidad de pasar unas semanas de asueto en un lugar distinto y mucho más amable que nuestro entorno habitual, como lo es que en otra parte del mundo –bastante más poblada– millones de personas, por carecer de medios económicos, no van a poder cambiar el escenario de sus días. No está de más tenerlo en cuenta y darle repetidas gracias a Dios o al caprichoso destino mientras nos tostamos sobre la arena por un lado y por el otro.
Las vacaciones son un maravilloso paréntesis que cada cual aprovecha a su manera. Los hay quienes, una vez se asientan en un rincón más o menos placentero, deciden no hacer nada. Conozco a una persona cuyo reto durante las semanas de holganza se resume en dormir todo lo posible. Se acuesta pronto y se levanta tarde, y al sueño reparador suma una siesta sin reloj, repantingado en una hamaca y con un libro abierto sobre la tripa a modo de cobertor. Quizás la piel de su barriga tenga la cualidad de abrir paso a las tramas de las novelas que empieza en agosto y nunca consigue terminar antes de volver a sus quehaceres.
También conozco –quién no– a una cohorte de individuos que entienden las vacaciones como un sinvivir al que aplican una ansiedad todavía mayor a la habitual del curso. Descansar, para ellos, es un oxímoron que diseñan como un incesante ir y volver, un inagotable saludar, saludar y saludar, un acudir diario a aperitivos, almuerzos y cenas, una multiplicación exponencial de acontecimientos sociales, la obligación de recibir en casa con lucimiento para devolver el sinfín de invitaciones, peregrinar de restaurante a restaurante, reservar mesa en dichos restaurantes para el mismo día y la misma hora… del año siguiente, no faltar a ningún acontecimiento social que se precie y adaptar el ritmo familiar a las exigencias del entorno (lo que significa vivir a ritmos desacompasados, es decir, que cada cual se las arregle según los planes que correspondan a cada tramo de edad: el de los niños, los adolescentes, los jóvenes y los adultos). Quizá no sea el modo más adecuado para reparar fuerzas ante el curso que empieza a atisbarse, para volver a la rutina con la satisfacción de quien ha logrado enriquecerse gracias a la práctica de sus aficiones, del contacto con la naturaleza, del roce con el arte y la cultura, del estrechamiento de los lazos familiares y el sano compartir un tiempo distendido con los amigos.
Vuelvo a la confrontación de la viñeta que publiqué en aquel periódico: a la mujer llorosa ante la grasa acumulada en muslos y tripa; a la mujer llorosa ante los visibles mordiscos de la inanición. Más allá de la simpleza del mensaje, el argumento del garabato me ayuda a elevar el espíritu, a pesar de que también he ganado unos cuantos kilos desde el pasado verano y me siento conminado a apretar la tripa cada vez que, por la orilla del mar, me encuentro con esos conocidos a quienes saludo, saludo y vuelvo a saludar. Una vez vuelvo a relajar los músculos del abdomen, dirijo la mirada hacia las olas, que me traen la presencia –que desea ser un abrazo– de quienes no tienen la oportunidad de regocijarse en este descanso.
Miguel Aranguren es escritor