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TribunaMiguel Boronat Roda

El mal de la manipulación

El ejemplo de Donald Trump es revelador: comparar lo que realmente dice y hace con lo que se publica en España o Europa muestra una distancia inquietante. Puede gustarte o no, pero para opinar hay que conocer al personaje, con sus luces y sombras. En Europa se le desconoce realmente

En septiembre se publicó un informe casi inadvertido titulado The Economic Imperative of Investing in Public Interest Media (El imperativo económico de invertir en medios de comunicación de interés público), elaborado por diez economistas de prestigio internacional, entre ellos dos premios Nobel.

El estudio advierte que la información veraz está amenazada en todo el planeta y subraya la necesidad de que los medios independientes informen con rigor, pluralidad y espíritu crítico. No solo es una cuestión democrática, señalan, sino también económica, pues la transparencia genera confianza y estabilidad.

Sin embargo, el problema va más allá del ámbito político o económico.

Desde hace años estoy convencido de que el mayor enemigo del mundo contemporáneo es la manipulación informativa. Es tan poderosa que está en el origen de muchos de los males actuales: las guerras, la corrupción, la pobreza, la ignorancia, la radicalización y la falta de libre debate.

Si se desconoce la verdad de los hechos, poco puede hacerse para evitarlos. La manipulación es el medio más eficaz para privar de libertad a los ciudadanos. Quien ignora la verdad no puede decidir ni opinar con autonomía. Y una sociedad desinformada se vuelve fácilmente moldeable.

Este fenómeno afecta a todos –incluso a personas cultas e inteligentes– y se extiende por todo el mundo, tanto en países ricos como pobres. En el caso de España, tanto los medios públicos como la mayoría de los privados sufren y fomentan la manipulación. La padecen porque muchas noticias les llegan tergiversadas por agencias; y la promueven porque las difunden sin suficiente contraste, con escaso rigor y una marcada orientación ideológica.

Especialmente preocupante es el caso de RTVE: un insulto a la inteligencia. No comprendo cómo la oposición política no se toma más en serio, lo que allí se transmite. Pero el problema alcanza también a medios privados, cadenas y periódicos supuestamente libres y moderados. Basta escuchar cómo se caricaturiza a ciertos líderes extranjeros para comprobar hasta qué punto se distorsiona la realidad.

El ejemplo de Donald Trump es revelador: comparar lo que realmente dice y hace con lo que se publica en España o Europa muestra una distancia inquietante. Puede gustarte o no, pero para opinar hay que conocer al personaje, con sus luces y sombras. En Europa se le desconoce realmente; mientras tanto, en Estados Unidos gana elecciones. Muchos piensan por ello que los norteamericanos son unos ignorantes, pese a ser la primera potencia mundial.

A menudo, quienes más manipulan son los primeros en acusar de desinformación a quienes piensan y opinan distinto. Les incomodan las redes sociales porque permiten opinar sin su nihil obstat.

En esta tarea manipuladora, la izquierda ha resultado siempre más hábil: domina el arte de la comunicación y la influencia cultural, mientras la derecha se ha mostrado torpe para contrarrestarla.

El informe de los economistas propone un mayor control público como remedio, pero dudo que ese sea el camino: implicaría poner la gestión de la verdad en manos del poder de turno.

La defensa de la verdad debe asumirse como una causa global, al nivel de otras batallas como la pobreza, la paz o el medio ambiente.

Si existen numerosas organizaciones dedicadas a estas causas, también deberían surgir movimientos ciudadanos comprometidos con la información veraz.

«Porque sin verdad –sin un compromiso real con ella– no puede haber auténtico progreso».

Miguel Boronat es consultor y empresario