De la España del NO-DO a la España de la NA-DA
En los años cincuenta y sesenta, el país crecía a un 7 % anual sin necesidad de ayudas europeas ni propaganda institucional. Hoy, con el mayor volumen de fondos de la historia de la UE, seguimos a la cola en crecimiento, lideramos el paro juvenil y batimos récords de pobreza infantil
Hace 86 años nacía una España pre-democrática. Una nación que levantó pantanos, construyó hospitales y universidades, extendió la red eléctrica a las zonas rurales, erradicó el analfabetismo y dejó a todo un país, en la práctica, industrializado. Esa fue la llamada España del NO-DO, hoy tan denostada por quienes intentan vendernos su 'España moderna', la de la 'NA-DA'. Entre ellos, el ministro de la Presidencia, Óscar López –símbolo perfecto del aparato propagandístico del sanchismo– que actúa como comisario político de Moncloa, siempre dispuesto a justificar lo injustificable. Su papel no es gobernar, sino blindar a Sánchez del escrutinio público, controlar los medios y domesticar la información que llega a los ciudadanos. Su único mérito: una ciega lealtad al «puto amo», como diría su homólogo, Óscar Puente. Un ministro más preocupado por el «relato» que por la verdad.
Una España en blanco y negro, sí, pero donde se trabajaba, se estudiaba y se creía en el futuro. Una nación que, con sus sombras, dejó un vasto legado en productividad, orgullo nacional e infraestructuras. Frente a ella tenemos hoy la 'España moderna', la de Sánchez y su ministro López: la del «no hago» y «no puedo» porque no interesa.
La del NO-DO miraba al futuro con hambre de modernidad. La de la 'NA-DA' se hunde en la mediocridad subvencionada y la mentira institucional. Antes se abrían fábricas, hoy se cierran; antes se inauguraban hospitales y embalses, ahora se inauguran inútiles ministerios de cartón piedra y chiringuitos ideológicos. Antes se celebraba el trabajo bien hecho; ahora se aplaude el victimismo y la subvención institucionalizada.
El contraste resulta altamente insultante. Durante el franquismo –sin la tecnología ni los fondos europeos de hoy– se construyeron más viviendas públicas que en todos los gobiernos socialistas juntos. Se pusieron en marcha miles de kilómetros de carreteras y ferrocarriles, se desarrolló una potente industria naval y siderúrgica, y se impulsó una red educativa técnica que fue la base del crecimiento de los ochenta. Hoy, en cambio, el Gobierno de Sánchez presume de «transformación verde y digital» mientras endeuda al país, destruye empleo y convierte a España en el paraíso de la burocracia improductiva y las pagas garantizadas.
En los años cincuenta y sesenta, el país crecía a un 7 % anual sin necesidad de ayudas europeas ni propaganda institucional. Hoy, con el mayor volumen de fondos de la historia de la UE, seguimos a la cola en crecimiento, lideramos el paro juvenil y batimos récords de pobreza infantil. La 'España moderna' presume de progreso mientras expulsa talento y mendiga inversiones. Un país donde ser funcionario es más rentable que ser empresario o emprendedor, y donde las subvenciones sustituyen a la iniciativa.
La España del NO-DO tenía un proyecto nacional: educar industrializarse y levantar un país. La de Sánchez solo tiene un propósito: mantenerse en el poder, aunque implique dividir, manipular la justicia y repartir la nación como botín político. Donde antes había patriotismo y sacrificio, hoy hay odio de clases, censura cultural y un Gobierno que desprecia su bandera, reniega de la monarquía y pone en duda la Constitución.
Se nos dice que vivimos en la España más libre, moderna y democrática de la historia. Pero basta mirar alrededor: en la del NO-DO las familias se casaban, tenían hijos y compraban una vivienda con esfuerzo. En la de la 'NA-DA', los jóvenes no pueden emanciparse, la natalidad se desploma y el futuro se alquila por horas. Antes se levantaban pueblos; ahora se levantan ministerios de igualdad para crear clientelas. Antes el Estado era paternalista; hoy es un padrastro ideológico que impone su moral y castigos.
Los mismos que se burlan del blanco y negro del NO-DO son los que, paradójicamente, controlan hoy los medios, imponen su 'relato' y manipulan la historia. Pretenden convencernos de que el progreso llegó con ellos, aunque sus hechos los desmientan a diario. La España de Sánchez vive del relato, no de la realidad. Es un país donde un ministerio se mide por los tuits de su titular y no por sus resultados; donde se legisla por odio, no por razón, y donde se resucita al franquismo cada semana para esconder su absoluta incompetencia y dividir a los españoles.
El franquismo –con todos sus defectos, que nadie niega– dejó un país de pie. Sánchez dejará uno arruinado, fracturado y resentido. Aquella España rural aprendía a leer; esta España urbana no sabe pensar. Aquel Estado creía en el mérito; este lo criminaliza. Entonces se soñaba con Europa; hoy Europa nos da lecciones de legalidad democrática.
No se trata de glorificar el pasado, sino de señalar la hipocresía del presente. Los que más demonizan la España del NO-DO son los que menos pueden presumir de logros. Porque el progreso real no se mide en discursos ni cuotas de género, sino en empleo, vivienda, educación, cohesión social y bienestar. Y en eso, la España moderna del social comunismo no solo no ha avanzado, sino que ha retrocedido medio siglo.
La del NO-DO fue una España imperfecta pero ascendente. La de la 'NA-DA', una España decadente y satisfecha de su mediocridad. Entonces había censura, sí, pero también respeto, familia y valores de esfuerzo. Hoy hay libertad para degradarse, pero miedo para discrepar. Antes se temía al régimen; hoy al linchamiento digital y a la ruina por opinar libremente. Aquel país miraba hacia arriba. Este solo mira al espejo.
Pedro Manuel Hernández López es médico, periodista y ex senador autonómico del PP por Murcia