Fundado en 1910
TribunaJosep Maria Aguiló

Por favor, no me feliciten

Por todo lo que les he contado hasta ahora, seguro que entenderán que, de manera invariable, me pase los meses anteriores al 19 de marzo y al 25 de diciembre con estrés pretraumático agudo, que después de esas dos fechas tan señaladas se transforma en estrés postraumático crónico

Leí hace ya algún tiempo que las tres situaciones que generan más estrés en esta vida son casarse, mudarse de casa y cambiar a menudo de trabajo. Posiblemente, sea así –yo nunca me he casado–, pero situaría justo después una cuarta situación que considero también altamente angustiante: recibir una felicitación por WhatsApp el día de tu onomástica o el día de Navidad.

No me refiero aquí, por supuesto, a los mensajes personalizados que nos envían amigos y familiares, que son siempre bienvenidos y nos alegran el día, sino a los mensajes estándar que algunas personas mandan al mismo tiempo a decenas de contactos, con felicitaciones genéricas y quizás un pelín demasiado lacónicas, al menos para mi gusto, como «Muchas felicidades» o «Felices Fiestas».

Mi experiencia más reciente en ese sentido tuvo lugar el pasado 19 de marzo, es decir, el día de mi santo. En torno a las seis de la madrugada de aquel día, mientras yo estaba soñando plácidamente con una misteriosa y perversa mujer fatal que me seducía con sus bellísimos pies y sus altísimos tacones de aguja, empezó a sonar de repente mi WhatsApp de manera reiterada y compulsiva.

Tras despertarme algo sobresaltado, en un primer momento pensé que tal vez me estaba escribiendo algún familiar o algún amigo para decirme que no se encontraba bien, que había empezado ya la Tercera Guerra Mundial o que el presidente del Gobierno se había autoproclamado mandatario vitalicio, por lo que salté rápidamente de la cama y me fui corriendo hasta donde se encontraba mi celular.

Por suerte, mis temores sanitarios, postapocalípticos o preapocalípticos se disiparon enseguida, pues aquellos primeros mensajes matutinos eran de diferentes personas que únicamente me felicitaban de manera sucinta y breve con motivo del 19 de marzo.

Como soy un ser educado y prudente, esperé hasta las nueve o las diez de la mañana para mandar a esas personas los preceptivos mensajes de agradecimiento por la misma vía, pues no quería que ninguna de ellas se sobresaltara o se asustara como me había pasado a mí tres o cuatro horas antes.

También es cierto que no todos mis concisos felicitadores whatsapperos fueron tan madrugadores, pues hubo algunos que me escribieron a la hora de la siesta vespertina y otros que lo hicieron cerca de la medianoche, cuando me había puesto ya mi nuevo pijama tailandés de ositos nórdicos. En lo que sí coincidieron unos y otros fue en que, según pude observar, la penúltima vez que se habían puesto en contacto conmigo había sido el 25 de diciembre de 2024 y la antepenúltima el 19 de marzo de 2024, felicitándome siempre con las mismas dos palabras de rigor.

Eso me hizo pensar también en que cuando yo me haya reunido ya con San Pedro dentro de unos años, posiblemente todas esas personas me seguirán felicitando puntualmente y deseándome mucha salud o larga vida tanto el día de Navidad como el de San José, sobre todo en caso de que no haya habido nadie que haya dado de baja mi WhatsApp.

Por todo lo que les he contado hasta ahora, seguro que entenderán que, de manera invariable, me pase los meses anteriores al 19 de marzo y al 25 de diciembre con estrés pretraumático agudo, que después de esas dos fechas tan señaladas se transforma en estrés postraumático crónico. Ahora mismo, mientras estoy escribiendo esta columna, noto cómo la ansiedad crece dentro de mí poco a poco y cómo la vista se me nubla por momentos. Menos mal que sobre mi mesa tengo desde hace unos días una caja con los mejores ansiolíticos que existen: los polvorones de almendra.

Gracias a ese poderoso lenitivo y a otros también muy potentes como los turrones o los mazapanes, creo que podré capear más o menos bien las felicitaciones impersonales que recibiré a lo largo de estas próximas fiestas navideñas, pues no descarto que me lleguen también el 31 de diciembre, el 1 de enero, el 5 de enero y el 6 de enero, pues quienes nos felicitan de aquel modo suelen ser, además, convictos y confesos reincidentes, metafóricamente hablando, claro.

Por desgracia, conseguir mantecados navideños no suele ser tan fácil como ahora en el mes de marzo, ni siquiera con receta. Esa es la principal razón por la que, desde hace ya algún tiempo, estoy pensando muy seriamente en ir un día al Registro Civil y solicitar cambiar mi nombre de pila, sin recurrir esta vez al riquísimo y hermoso santoral católico, así como tampoco al ortodoxo, al anglicano o al protestante, para que ya nadie pueda saber con exactitud el día de mi hipotética nueva onomástica.

Si ustedes están sopesando también tomar esa misma decisión nominal, permítanme, por favor, que les sugiera algunos posibles nombres, como por ejemplo Osiris, Ra, Anubis, Hefesto, Artemisa, Enlil, Ares, Ishtar, Anu, Tina, Roy, Elvis o Lilith, que así se llamaba, precisamente, la perversa mujer fatal de sensuales pies con la que soñé el día de mi santo.

  • Josep Maria Aguiló es periodista