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TribunaAlfredo Liñán

King Kong contra Kong King

Ahora resulta que el nombramiento de la tal Delcy Rodríguez, la Sottocapa del Don, y rendida admiradora de su príncipe circunflejo, como presidenta delegada del sayón, es una jugada maestra para que 'el cambio' sea hijo de la traición como única vía posible. 'Tu quoque, filia mea'

Cuando escribo esta columna aún están calientes las imágenes, deprimentes, –en línea con el mal gusto político de las antiguas colonias inglesas en América del Norte– del botarate Maduro –heredero del cantamañanas Chávez– quienes, pese a su evidente mediocridad, como ha sucedido tantas veces en la historia, machacaron literalmente a su pueblo, condenándole a la pobreza, la marginación y, lo que es aún peor, a la miseria moral que lleva al oprimido a lamer las botas del opresor. Aún quedan muchos Adolfos, Adolfitos y hasta Donnys, por el universo mundo, dispuestos a mear en la cara a sus paisanos y conseguir que estos bendigan la lluvia redentora.

Pero la imagen del sátrapa engrilletado, maltratado y enjaezado como Hannibal Lecter me produce una repugnancia insuperable. Y me consuelo pensando en la fuerza, en la caballerosidad generosa, que refleja en Las Lanzas el noble tratamiento del vencedor Ambrosio de Spínola al vencido Justino de Nassau y que deslinda claramente la insondable diferencia entre el caballero y el patán. Es posible que el patán sea capaz de vencer, pero jamás de convencer y aún menos de demostrar respeto ni generosidad al vencido.

Reconozco que esta columna se me atragantó, porque los acontecimientos se sucedieron a tal velocidad, que decidí dejarla reposar a ver si acaso el tiempo aclaraba las cosas o al menos mis propias ideas, presas de confusión. Evidentemente, es torpeza mía, porque el barbián que juega a sheriff mundial no engaña a nadie y con el desahogo de las mentes primarias canta la jugada sin el menor pudor ni complejo. Y tras la espera... pues más confusión. Ahora resulta que el nombramiento de la tal Delcy Rodríguez, la Sottocapa del Don, y rendida admiradora de su príncipe circunflejo, como presidenta delegada del sayón, es una jugada maestra para que 'el cambio' sea hijo de la traición como única vía posible. Tu quoque, filia mea.

Y, sin querer, el pensamiento me hace una pirueta en el tiempo llevándome hasta el año del Señor de mil y novecientos setenta y seis cuando Torcuato Fernández Miranda proclamó sibilino, aquello de «estoy en condiciones de ofrecer al Rey lo que el Rey me ha pedido» tras la tormentosa sesión del Consejo del Reino que propuso como presidente del gobierno al ministro secretario general del Movimiento Adolfo Suárez González. Hasta entonces y para el común un simpático trepa de los tantos que pululaban, y pululan siempre, en los aledaños del poder. Me indigné cuando la televisión anunció su nombramiento; me parecía un paso atrás terrorífico, pero quisieron los dioses que aquel día anduviera por mi casa mi hermano Agustín, un hombre de mente científica al que la palabra «política» le produce urticaria y, ante mi estúpido estado de indignación me espetó: «No te sulfures, esto, para arreglarse, necesita alguien capaz de traicionarlo todo, y eso únicamente puede hacerlo una persona joven con más futuro que pasado». Y así fue. Y la Transición se hizo contra viento y marea. Y además triunfando la tesis de la «reforma» frente a la «ruptura» que propiciaba la izquierda, incluido el futuro presidente y hoy patriarca Felipe González Sánchez. Y, para coronarla, el teniente coronel Tejero, a puerta gayola, consiguió vacunarnos contra pronunciamientos, golpes, contragolpes y demás zarandajas que nos tenían con el alma en vilo.

La historia, en contra de lo que se suele decir, no se repite nunca, pero se suele parecer bastante entre sí. Ignoro si Venezuela está a las puertas de una verdadera redención democrática –petroleras aparte– o seguirá enredada en el viejo juego de cambiarlo todo, para que nada cambie. Evidentemente, la osezna del oso Maduro, no tiene nada que ver con nuestro Adolfo Suárez, que –aunque con sus errores, naturalmente– fue el prestidigitador que necesitaba España en aquel momento; el que había pedido el Rey Juan Carlos a su profesor, el 'bruxo' Fernández Miranda.

Pero, cuando coincide que alguien juzgado y condenado formalmente en vía penal, y, por tanto un delincuente (nunca un presidente o expresidente USA lo había conseguido) ataca a otro país, sin encomendarse a Dios, aunque quizás sí al diablo, para arrestar, secuestrar y encarcelar a otro reconocido déspota y delincuente internacional y además, rizando el rizo, dispone que ocupe la vacante una cebolluda que ha recibido diversas sanciones internacionales por violación de los derechos humanos… Díganme: ¿Qué puede salir mal?

  • Alfredo Liñán Corrochano es licenciado en Derecho