El amor es azul –con perdón–
Como son también del mismo color o se relacionan con él todas las otras cosas de este mundo que son igualmente buenas o de verdad: el cielo, la lavanda, el mar, la inteligencia, la confianza, la paz
El primer recuerdo personal que guardo del Festival de Eurovisión data de 1971. Yo tenía entonces siete añitos. Como ustedes saben, nuestra representante aquel año fue la maravillosa Karina, con la canción En un mundo nuevo, que había sido compuesta por Rafael Trabucchelli y Tony Luz. En aquella edición, Karina quedaría en segundo lugar, con el malogrado Waldo de los Ríos dirigiendo la orquesta.
«Busca en las cosas sencillas y encontrarás la verdad./ La verdad es amor, lo demás déjalo pasar./ Solamente el amor con el tiempo no morirá», cantaba Karina muy románticamente. Era la época en que el amor y el desamor estaban presentes en casi todas las canciones que se componían entonces, tanto dentro como fuera de Eurovisión.
El tema ganador de 1971, bellísimo, fue Un banc, un arbre, une rue, defendido por la francesa Séverine en representación de Mónaco. Pese a su misterioso título, que en principio parecería remitirnos a la idea de una posible actuación de mantenimiento municipal, era también una canción de amor, de amor a nuestros sueños, al futuro y a la vida.
Mi querida madre había estudiado francés de niña, por lo que nos traducía siempre a la perfección las letras de las canciones eurovisivas de Luxemburgo, Francia, Bélgica —en los años alternos—, Suiza —en casi todas las ediciones— y Mónaco. Además, en casa hablábamos normalmente en catalán, un idioma no muy alejado de la lengua de Molière en bastantes términos de su vocabulario.
La ayuda de mi madre fue también esencial para que pudiéramos entender la letra de la composición que ganaría al año siguiente, Après toi, que era ya desesperadamente romántica, pues suponía, de algún modo, la sublimación absoluta del amor desgraciado. Juzguen, por favor, ustedes mismos: «Después de ti/ ya no podré vivir/ más que en tu recuerdo./ Después de ti/ mis ojos estarán húmedos,/ mis manos vacías,/ mi corazón sin alegría».
Defendida por la griega Vicky Leandros representando a Luxemburgo, la conclusión de Après toi era aún mucho más desolada y dolorosa que su estribillo inicial: «Después de ti,/ no seré más que la sombra/ de tu sombra/ después de ti...». Como habrán intuido ya, Après toi es desde entonces y hasta hoy una de mis canciones favoritas de todos los tiempos. Forma también parte de ese listado musical y sentimental otra preciosa canción de la misma intérprete, L'amour est bleu, con la que mi admirada Leandros había participado en la edición de Eurovisión de 1967, también por Luxemburgo, quedando entonces en cuarto lugar.
A menudo, suele traducirse ese bleu del título de manera literal, El amor es azul, pero seguramente sería quizás un poco más ajustado traducirlo como triste o melancólico, pese a que este tema era casi infinitamente más luminoso que Après toi. Juzguen de nuevo ustedes, por favor: «Azul, azul, el amor es azul./ El cielo es azul cuando vuelves./ Azul, azul, el amor es azul./ El amor es azul cuando tomas mi mano». Esta estrofa tan inequívocamente pasional y azulada era la que antecedía al apoteósico y rotundo final: «Loco, loco, el amor es loco./ Loco como tú, y loco como yo./ Azul, azul, el amor es azul./ El amor es azul cuando soy tuya».
Como a partir de 6º de EGB empecé a estudiar francés de forma reglada en la escuela, pude entender ya por completo aquellas dos canciones y las que vendrían en las sucesivas ediciones de Eurovisión a partir de 1975, con la ayuda siempre inestimable de mi madre. Lo que no acababa de entender del todo entonces, ni en francés, ni en inglés, ni en catalán, ni en castellano, era el gran poder que podía llegar a tener el amor y el desamor en nuestras vidas. Aún tendrían que pasar algunos años hasta que llegase a descubrirlo personalmente.
Mi querencia por la lengua y la cultura francesa se iría ampliando poco a poco con el paso del tiempo, primero con mi gran admiración por los pintores impresionistas del siglo XIX y luego por mi devoción por los directores de la Nouvelle Vague, con François Truffaut, Alain Resnais y Jean-Luc Godard a la cabeza. En cuanto a mi conocida y pública fascinación por las femmes fatales, que se remonta a casi cuatro décadas atrás, también es cierto que en principio la podría hacer extensiva a las vampiresas de casi cualquier nacionalidad comunitaria o extracomunitaria, sobre todo si tienen unos ojos tristes y anhelantes, y unos pies sensuales y bonitos.
Pese a todo lo dicho en los últimos siete párrafos, no piensen, por favor, que me he olvidado de repente de mi querido país ni de sus participaciones ininterrumpidas en Eurovisión desde 1971. Es solo que al final he pensado que quizás sea mejor hablarles de este asunto, así como también de los cambios en las votaciones y de la eliminación de las orquestas, en otro artículo, seguramente un poco más adelante, cuando los ánimos eurovisivos de todos nosotros estén algo más sosegados y un poco menos politizados.
En el fondo, hoy solo quería decirles que yo también creo, como Vicky Leandros, que el amor es esencialmente azul –con perdón–, como son también del mismo color o se relacionan con él todas las otras cosas de este mundo que son igualmente buenas o de verdad: el cielo, la lavanda, el mar, la inteligencia, la confianza, la paz.
- Josep Maria Aguiló es periodista