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TribunaPedro Manuel Hernández López

Apostillas al hantavirus a bordo: el regreso del 'Demeter'

La medicina contemporánea puede identificar el virus, monitorizar contactos y desplegar recursos sanitarios avanzados. Pero el problema de fondo sigue siendo el mismo que describió Bram Stoker hace más de un siglo: que, a veces, el enemigo ya viaja con nosotros mucho antes de que alguien advierta su presencia

La crisis sanitaria surgida a bordo del 'MV Hondius' por el brote de hantavirus ya ha sido analizada desde casi todos los ángulos posibles: protocolos epidemiológicos, competencias sanitarias, evacuaciones, costes, responsabilidades políticas y capacidad de respuesta internacional. Todo eso era necesario. Pero existe otra dimensión menos visible y quizá más inquietante: la psicológica y simbólica. Porque determinados episodios colectivos activan imágenes ancestrales que permanecen intactas en la memoria cultural de Occidente. Y pocas describen mejor el aislamiento, el miedo progresivo y la amenaza invisible dentro de un espacio cerrado que el sombrío 'Demeter' imaginado por Bram Stoker en Drácula.

Hay imágenes literarias que nunca envejecen porque no nacen de la fantasía, sino de una intuición muy precisa sobre la fragilidad humana. El 'Demeter' –el bergantín que transportaba desde Varna hasta Whitby el ataúd del conde Drácula mientras la tripulación desaparecía lentamente presa del miedo y la muerte– sigue siendo una de las metáforas más poderosas del aislamiento sin escapatoria. Y resulta inevitable pensar en él al observar lo ocurrido en el 'MV Hondius', donde la amenaza no llegó desde el exterior: ya viajaba dentro del barco desde el principio.

Un crucero concebido para el ocio, la aventura y el confort transformado, de pronto, en un espacio clausurado por la incertidumbre. Un enemigo invisible compartiendo pasillos, camarotes y comedores en mitad del océano. La progresiva toma de conciencia de que algo mortal circula silenciosamente entre pasajeros y tripulación reproduce casi exactamente la atmósfera opresiva del ficticio 'Demeter': no el terror inmediato, sino el miedo lento, acumulativo y psicológico de quien comprende que no existe salida posible hasta alcanzar tierra firme.

El hantavirus andino no necesita exageraciones literarias para resultar inquietante. Su elevada letalidad y la rapidez con la que algunos cuadros clínicos evolucionan hacia situaciones críticas bastan para convertir cualquier travesía oceánica en una pesadilla médica. Y precisamente ahí reaparece la vieja intuición de Stoker: el verdadero miedo no nace de lo desconocido, sino de descubrir demasiado tarde que el peligro convivía ya con nosotros dentro del mismo espacio cerrado.

Desde la Antigüedad, el mar ha funcionado en el imaginario humano como el territorio de la incertidumbre absoluta. A diferencia de la tierra firme –donde siempre existe la posibilidad de huir, pedir ayuda o escapar del peligro–, un barco convierte a sus ocupantes en una pequeña comunidad aislada y obligada a convivir con aquello que amenaza su supervivencia. Quizá por eso los relatos marítimos han producido algunas de las metáforas más inquietantes de la cultura occidental: naves fantasmas, tripulaciones condenadas, epidemias a bordo, motines nacidos del miedo o enemigos invisibles avanzando lentamente entre corredores y camarotes.

El 'Demeter' de Bram Stoker no era únicamente un recurso narrativo dentro de Drácula. Representaba algo mucho más profundo: la angustia colectiva que aparece cuando un grupo humano comprende que ha perdido el control de la situación y que el peligro ya forma parte del propio espacio compartido. Más de un siglo después, el 'MV Hondius' ha devuelto inesperadamente esa misma sensación a la realidad contemporánea.

La situación del crucero recuerda además una verdad incómoda que las sociedades modernas suelen olvidar: la tecnología reduce muchas amenazas, pero no elimina la vulnerabilidad humana. Seguimos dependiendo del tiempo, de la distancia y de la capacidad de resistencia física cuando el aislamiento se impone. En mitad del océano, incluso la medicina más avanzada continúa sometida a límites muy concretos.

Por eso el barco fondeado frente a Cabo Verde proyecta una imagen tan perturbadora. No porque exista nada sobrenatural en el brote, sino porque revive un mecanismo psicológico profundamente reconocible: el del grupo humano atrapado junto a una amenaza invisible cuya presencia altera lentamente toda sensación de seguridad. El mito gótico desaparece, pero permanece intacta la angustia esencial que lo alimentaba.

La medicina contemporánea puede identificar el virus, monitorizar contactos y desplegar recursos sanitarios avanzados. Pero el problema de fondo sigue siendo el mismo que describió Bram Stoker hace más de un siglo: que, a veces, el enemigo ya viaja con nosotros mucho antes de que alguien advierta su presencia. Y cuando finalmente lo hace, quizá ya sea demasiado tarde.

  • Pedro Manuel Hernández López es médico jubilado, licenciado en Periodismo, ex diputado regional y ex senador autonómico del PP por Murcia