El arte de cuidar a una persona
En primer lugar están los ángeles. Son personas únicas y excepcionales, mayoritariamente mujeres que, plenas de vocación, bondad y extrema generosidad, alcanzan el cénit de su propia satisfacción regalando íntegro su propio ser en el momento más difícil de la existencia de los demás
El hecho de cuidar, bien sea un bebé, a una persona enferma o a una en la etapa final de su vida, exige de la concurrencia de, al menos, dos protagonistas, el cuidador y la persona cuidada. Pensemos ahora en la persona cuidada. Si miramos con los ojos de una persona frágil, enferma y vulnerable que precisa del apoyo de un tercero, sea este allegado o no, para poder llevar a cabo acciones tan íntimas como asearse, acudir al baño o medicarse, o, todavía más importante, necesita del compromiso y el afecto de otra persona para hacerla sentir valiosa y única, para evitar la cruel invisibilidad social, para hacerla sonreír y para lograr, hasta el último aliento de su vida, que se sienta ella misma, no cabe ninguna duda de que la gratitud que la persona cuidada puede otorgar a ese supremo acto de entrega que realiza la persona cuidadora resulta superlativa e impagable.
Cuidar no es un curro y no puede ser un marrón. Tampoco debe ser un recurso. La persona que cuida debe estar adecuadamente valorada, reconocida y recompensada. Pero, cuide quien cuide, profesional o familiar, solo puede hacerlo con alma, con vocación y también, necesariamente con formación. No resulta aceptable la contratación de una inexperta y necesitada «chica» a la que con mucha probabilidad se la va a tratar como jamás nos gustaría que nos tratasen a nosotros, para que logre los esenciales objetivos del cuidado señalados más arriba. No podemos hacerlo. Va a fracasar (vamos a fracasar). Debemos establecer parámetros de dignidad en el cuidado. ¿Aceptaríamos someternos a una operación por alguien que no fuera cirujano? ¿Por qué permitimos que a esa persona que tanto amamos la cuide alguien que no sabe cuidar, por bien que limpie el polvo? ¿Tan poco vale el cuidado de un ser querido? ¿Tenía razón el Papa Francisco cuando decía que la sociedad trata a las personas que abordan el final de su vida como material de descarte?
Debemos pararnos en seco, repensar y virar el foco sobre lo que estamos haciendo, porque tenemos que cambiar totalmente el escenario de los cuidados. La administración pública –es decir, todos nosotros– tiene que abordar el hecho de cuidar con la misma exigencia de excelencia ética con la que hemos encumbrado el hecho de curar. Evaluaré a continuación los perfiles de las personas cuidadoras: En primer lugar están los ángeles. Son personas únicas y excepcionales, mayoritariamente mujeres que, plenas de vocación, bondad y extrema generosidad, alcanzan el cénit de su propia satisfacción regalando íntegro su propio ser en el momento más difícil de la existencia de los demás. Cuidar y hacerlo bien da sentido a su vida y saben que su cuidado otorga paz, luz, esperanza, alegría y años de vida a las personas cuidadas. No crean que esto es pura literatura. Conozco a muchos ángeles. Trabajo cada día cerca de ellos.
Pero existe otra categoría, la de aquellas personas que se creen que son ángeles pero no lo son. En esta sociedad actual esclava del artificio, de los derechos y no de las obligaciones, resulta creciente entre las personas enaltecer lo que no se es para aparentar lo que se quiere ser, aunque solo sea como pose o para obtener algún rédito. Los que no son ángeles no lo son. Se les detecta fácilmente pero al ser una especie muy abundante nos obliga a estar muy despiertos, son expertos en tejer una maraña de excusas, ofensas y descargos. Les encanta dar lecciones y establecer normas, pudiendo llegar, en ocasiones, a ser demagógicamente convincentes, y, por tanto, resultar muy peligrosos. De hecho, al ser tan abundantes, son sostén y cimiento de la mala opinión que de las personas cuidadoras se ha forjado la sociedad por equiparación equivocada.
Existe una tercera categoría, es aquella que acoge a quienes saben que no son ángeles, pero que no desean serlo ni aparentarlo. Simplemente se muestran como son. La relación con ellos es leal y es responsabilidad de quien las contrata exigirles vocación, pasión y formación. No solo vale con estar. Todo no vale. Está en juego la vida de una persona. Cuidar no enferma, da vida. Da vida a la delicada persona cuidada que mira de frente el final del camino. Y da vida y sentido al cuidador, sea este allegado, familiar o un tercero profesional. Y como sociedad debemos reclamar todos los recursos, apoyos y soportes para que el buen cuidado sea de obligado cumplimiento, se eleve a la máxima potencia y se haga en beneficio de todos, como se hace en el bien curar. No puedo acabar sin señalar a las miles de personas que viven en total soledad, que carecen de la empatía de los demás y están condenados a su probablemente fallido autocuidado. La sociedad en su conjunto les está fallando. Sin duda este asunto da para otro artículo.
- Rafael Carriegas es director de la Fundación Miranda