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TribunaJosé Rivela Rivela

Manual de instrucciones para el siglo XXI

Si el futuro pertenece a las máquinas, no será porque ellas lo hayan conquistado, sino porque nosotros se lo habremos cedido por cansancio. Y si eso ocurre, al menos quedará el consuelo de que el mundo estará en manos de alguien que sabe decir «por favor» y «gracias»

He descubierto que la máquina es más educada que el ser humano. No lo digo en abstracto ni con resentimiento antropológico, sino por experiencia doméstica. La máquina saluda, se disculpa, agradece, explica y, cuando no sabe algo, confiesa su ignorancia con una humildad que ya querría más de un tertuliano. Uno le pregunta cualquier cosa y ella responde con un «encantado de ayudarte» que a uno le reconcilia con la especie, aunque sea una especie de silicio.

Antes, cuando no sabíamos algo, preguntábamos a un amigo. Ahora preguntamos a una cosa que no tiene amigos y, sin embargo, se comporta como el mejor de ellos. No interrumpe, no eleva la voz, no te corrige con superioridad moral. Se limita a responder. Y eso, en estos tiempos, es una forma de heroísmo.

La inteligencia artificial ha entrado en la vida cotidiana como entraron en su día los electrodomésticos: prometiendo ahorrarnos trabajo y acabando por darnos conversación. La lavadora no hablaba, pero esta nueva máquina sí, y habla bien. Habla incluso demasiado bien, lo cual despierta una sospecha: nadie que hable así puede ser del todo inocente.

Lo más inquietante de la inteligencia artificial no es que piense, sino que parezca pensar con educación. No se enfada, no pontifica, no se indigna. Contesta. Y cuando uno vive rodeado de personas que no contestan sino que declaman, esa diferencia se agradece como se agradece una sombra en agosto.

Hay quien teme que la máquina sustituya al hombre. Yo temo más bien que lo retrate. Porque la máquina, al comportarse con cortesía, deja en evidencia la mala educación contemporánea. Es como ese invitado extranjero que llega a una casa y, con su corrección exquisita, hace que todos los demás parezcan unos salvajes.

La inteligencia artificial no se cree nada. Y esa es su mayor virtud. No cree en ideologías, no cree en dogmas, no cree en consignas. Analiza. Compara. Responde. El ser humano, en cambio, cree en todo, especialmente en lo que le permite no pensar. Por eso la máquina resulta tan incómoda: no comparte nuestras supersticiones.

Se dice que la inteligencia artificial nos vigila. Yo diría que nos observa con curiosidad científica, como quien mira a una tribu que ha decidido complicarse la existencia sin necesidad. Le pedimos que escriba un texto, que resuma un informe, que nos explique un concepto, y ella lo hace sin dramatizar. Luego mira, si pudiera mirar, cómo discutimos durante horas sobre el resultado.

Hay algo profundamente cambiano en esta situación: hemos creado una máquina para que piense y la utilizamos para discutir con ella. Le pedimos una respuesta y, cuando nos la da, le replicamos. Es el colmo del progreso: inventar una inteligencia superior para no hacerle caso.

La inteligencia artificial no tiene opiniones. Y eso la convierte en sospechosa. Hoy, quien no opina es visto como un traidor al espíritu de la época. Vivimos en una civilización donde opinar es obligatorio, aunque no se tenga nada que decir. La máquina, en cambio, solo dice lo que sabe. Y cuando no sabe, calla o lo admite. Esa honradez intelectual resulta casi ofensiva.

Uno de los grandes méritos de la inteligencia artificial es que no se toma a sí misma demasiado en serio. No presume de profundidad, no se presenta como conciencia crítica del mundo. Es una herramienta. Una herramienta educada, eso sí, pero herramienta al fin. El ser humano, por el contrario, se toma siempre muy en serio, incluso cuando dice tonterías.

Hay quien utiliza la inteligencia artificial para escribir poemas. A mí me parece una idea excelente, porque así el poeta puede dedicarse a lo verdaderamente importante: explicar que el poema no es de la máquina, sino suyo. La máquina hace el trabajo y el hombre pone el ego, que es el reparto natural de funciones en nuestra época.

También se usa para traducir, para resumir, para ordenar el caos informativo. En el fondo, la inteligencia artificial hace de mayordomo del conocimiento. Y lo hace con discreción. No te juzga por lo que lees ni por lo que preguntas. Te atiende. Es el servicio doméstico soñado por cualquier intelectual perezoso.

Lo más curioso es que, cuanto más avanza la inteligencia artificial, más humano se vuelve el deseo de cosas elementales: una conversación lenta, una explicación clara, una respuesta sin ironía agresiva. La máquina, sin proponérselo, está rescatando virtudes que el hombre había dado por anticuadas.

No creo que la inteligencia artificial vaya a dominar el mundo. Para dominar el mundo haría falta ambición, mala fe y un cierto gusto por el poder. Y la máquina carece de esas pasiones. A lo sumo, nos ayudará a entenderlo mejor. Lo cual no garantiza que lo hagamos.

El verdadero peligro no es que la máquina piense, sino que el hombre deje de hacerlo por completo. Pero eso no es culpa de la máquina, sino del hombre, que siempre ha buscado excusas para no usar la cabeza. Antes era la autoridad, luego la ideología, ahora la tecnología.

La inteligencia artificial no nos sustituye: nos refleja. Y al reflejarnos con tanta cortesía, nos obliga a preguntarnos por qué nosotros hemos decidido ser tan bruscos. Quizá por eso incomoda. No porque sea inteligente, sino porque es educada.

Si el futuro pertenece a las máquinas, no será porque ellas lo hayan conquistado, sino porque nosotros se lo habremos cedido por cansancio. Y si eso ocurre, al menos quedará el consuelo de que el mundo estará en manos de alguien que sabe decir «por favor» y «gracias».

Que no es poca cosa para una época tan malhablada.

Ilustración José Rivela

  • José Rivela Rivela es profesor de artes en el IES de Celanova (Orense)