Una España de cincuenta millones de habitantes
Para que sea posible, se necesitarán ingentes recursos públicos, una nueva cultura de cooperación entre las administraciones públicas y también fórmulas para atraer la imprescindible inversión privada. Todo un reto
España no es demográficamente distinta a la mayor parte de los países occidentales. La natalidad ha disminuido drásticamente al mismo tiempo que ha aumentado la esperanza de vida dando lugar a esa gran oportunidad que representa la mayor longevidad.
Lo que diferencia a España de otros casos es la importancia de la inmigración que recibimos, lo que nos ha permitido incrementar de forma muy importante nuestra población en un espacio de tiempo relativamente reducido (unos diez años), de modo que hemos pasado de ser un país de unos cuarenta millones de habitantes a aproximarnos rápidamente a los cincuenta millones.
Esto, sin lugar a duda, es una noticia positiva. España necesita millones de trabajadores que suplan a los españoles (baby boomers) que empiezan a jubilarse en gran número y en el creciente número de sectores que no encuentran el personal necesario no ya para crecer sino incluso para mantener su actividad actual.
No sé hasta qué punto lo sucedido ha respondido a un «plan» o simplemente ha ocurrido como consecuencia de millones de decisiones individuales de personas que han pretendido buscar una vida mejor huyendo de guerras, conflictos, persecución política o religiosa, o simplemente del hambre provocada por la sequía o el calor extremo. El caso es que ha ocurrido y esta «nueva población» está aquí para quedarse.
Aunque una parte de los «recién llegados» pueda continuar su «viaje» a otros países de la Unión Europea, es también evidente que la evolución demográfica «asimétrica» de África y otros lugares hará que el flujo no se detenga de forma significativa.
La buena noticia es que, hasta el momento, el fenómeno se está produciendo sin que se provoquen graves tensiones sociales, sin perjuicio de alguna «fricción» esporádica.
El problema es que, haya existido o no un plan para fomentar o facilitar una inmigración tan intensa, lo que no parece haberse producido es una planificación adecuada de las nuevas necesidades que ese fenómeno iba a producir, especialmente cuando se añade a la feliz realidad de más de cien millones de turistas que nos visitan cada año.
España tiene un problema de falta de inversión sostenida en todo tipo de infraestructuras que, poco a poco, se está poniendo de manifiesto, a veces de forma dramática, y que este importante aumento de población no hace más que acelerar.
Necesitamos invertir en vivienda, en infraestructuras de transporte ferroviario, aeroportuario y por carretera, un plan de inversión en el ámbito hidrológico, redes eléctricas y de comunicación, una mayor inversión en educación (aquí más para preparar a los profesionales del futuro para la nueva era de la inteligencia artificial) y también en sanidad.
Esto requiere planificación a largo plazo, una voluntad sostenida y decisiones que no cambien cada año al albur de los vientos políticos del momento.
Para que sea posible, se necesitarán ingentes recursos públicos, una nueva cultura de cooperación entre las administraciones públicas y también fórmulas para atraer la imprescindible inversión privada. Todo un reto.
- Francisco Uría Fernández es director Instituto Español de Banca y Finanzas en Cunef Universidad