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tribunaAgustín Rosety Fernández de Castro

Es la guerra, estúpidos

Esta batalla la ha ganado Marruecos señalando a España como Estado fallido incapaz de proteger sus fronteras. Si llegase a ganar la guerra, nuestro país no seguiría siendo el mismo, ni tampoco su posición internacional

Es la guerra, estúpidos. La invectiva, que parafrasea la de James Carville, director de la campaña de Bill Clinton en 1992 (The economy, stupids) carece de animosidad, en todo caso. Su autor tan sólo pretendía que el equipo del candidato concentrase su atención en la economía como leitmotiv más sensible para los votantes y, para eso, se inscribió donde se pudiese ver a todas horas, como suele hacerse con el enunciado de la misión en un centro de operaciones.

Aplicar semejante idea a la guerra puede parecer contradictorio, porque nadie la desea. Pero es cierto también que, cuando ésta se hace presente, no es posible obviarla por más que se desee la paz porque, para que se rompan las hostilidades, basta con que se produzca una agresión que el Estado siempre está constitucionalmente obligado a rechazar. Es sano que los españoles, que nos sentimos tan distantes de todo conflicto internacional, vayamos tomando nota de que España está también en un mundo en guerra.

Lo sucedido en Ceuta el pasado día 29, y sigue sucediendo, no es un episodio más de inmigración irregular: han sido 70.000 las personas que, en un solo golpe, han entrado en España allanando sus fronteras, con el triste correlato de un centenar de muertos que a pocos parecen importar.

No insistiremos en que la concentración y desplazamiento de una masa tal no ha podido pasar desapercibida a las autoridades marroquíes, ni tampoco a las agencias de obtención españolas. Se trata, pues, de una violación de la soberanía nacional de España por Marruecos, un acto de guerra, de guerra híbrida, que es el tipo actualizado de conflicto de cuarta generación en el que la población es determinante y en cuya conducción se aplican instrumentos políticos, económicos, psicológicos, demográficos y de cualquier otra índole, junto con el uso o la mera insinuación de la fuerza. Y se trata, en este caso, de una agresión cobardemente consentida.

Avisados estábamos, lo que añade gravedad a la negligencia de las autoridades. El 17 de mayo de 2021 Ceuta padeció una agresión semejante y en el mismo lugar. Entonces fueron 10.000 los 'migrantes' y el grupo parlamentario de Vox demandó en las Comisiones de Defensa del Congreso y el Senado la adopción de medidas urgentes para evitar que se reprodujese. Nuestras proposiciones no salieron adelante, rechazadas en Defensa por los socialistas y sus socios, como era de esperar; en Exteriores por todos, incluso por los populares, algo sorprendente, al menos para los inocentes.

España no puede ignorar por más tiempo la amenaza de la guerra en su propio entorno regional si quiere evitar las consecuencias que, para el interés nacional, tendría seguir ofreciéndose como víctima propiciatoria de la tiranía alauita por motivos inconfesables. Es eso lo que hemos visto hacer cínicamente en Ceuta un Sánchez parapetado tras su guardia pretoriana. Un alarde de deslealtad, como el del insignificante Albares con Gibraltar, escondido de la representación nacional tras la Unión Europea.

No, España no puede seguir allanándose ante quienes lesionan sus intereses, sea una rancia potencia colonial como el Reino Unido o un competidor regional emergente como Marruecos. Nuestro país necesita un gobierno que lo represente con dignidad y eficacia, no un colectivo dividido y acosado por sus acreedores políticos, minado por la corrupción, probablemente extorsionado desde el exterior y carente del menor prestigio internacional.

El Majcén, cuya posición autoritaria en el país le permite ejercer un control absoluto de la acción exterior, ha venido tejiendo una red de relaciones con actores internacionales dispuestos a apostar por su posición en la región, principalmente Estados Unidos, el Reino Unido e Israel, potencias ajenas, si no ya rivales de la Unión Europea. ¿Qué ha hecho España, mientras tanto, en manos del «gobierno progresista»? Nada, salvo enajenarse el respeto de socios y aliados, cuando todas las potencias, aun las más grandes, necesitan cohesión interior y apoyo para su maniobra exterior frente a una eventual agresión.

Las aspiraciones de Marruecos para sustituir a España como potencia de referencia en la región del Estrecho tienen fundamento. Como España es una potencia atlántica situada en la inmediación de un choke point de interés global, pero el territorio español a ambas márgenes del Estrecho y sus accesos es geobloqueante del marroquí, este, entre otros evidentes factores sociopolíticos y económicos, explica la presión ejercida por el Reino alauita desde el Rif y el Sahara sobre nuestro territorio extrapeninsular. Pierdan pues toda esperanza quienes, desde España, contemplen a nuestro incómodo vecino como socio antes que competidor.

Las plazas africanas y el archipiélago canario son, por tanto, para España un factor de fuerza, pero también una vulnerabilidad, si no están debidamente protegidos de la amenaza híbrida. No basta con colocar unos patéticos flotadores, ni tan siquiera levantar un muro infranqueable. Tampoco ostentar superioridad militar, al menos sobre el papel, es suficiente para disuadir un ataque. Hay que mostrar resolución día a día, exigiendo colaboración transfronteriza y devolviendo inmediatamente al país vecino a quienes hayan traspasado ilegalmente las fronteras.

Sólo haciéndose respetar como primera potencia regional de comportamiento previsible podrá concitar España frente a una agresión en su frontera sur el apoyo de sus socios y aliados; las posiciones adoptadas con ocasión de esta crisis por miembros de la Unión tan próximos como Italia y la declaración favorable a las pretensiones de Marruecos del Congreso de los Estados Unidos así parecen inducirlo. Los medios nos tranquilizan, España conserva la superioridad militar. Siendo así ¿hasta cuándo? Porque asistimos en el Magreb a una carrera de armamentos entre Argelia y Marruecos, y corremos el riesgo de quedar en tercer lugar.

Disculpen mi vehemencia. Como Carville, sólo he pretendido hacer énfasis en algo que para los políticos y la opinión pública no parece ser evidente, pero la realidad es tozuda. Esta batalla la ha ganado Marruecos señalando a España como Estado fallido incapaz de proteger sus fronteras. Si llegase a ganar la guerra, nuestro país no seguiría siendo el mismo, ni tampoco su posición internacional.

Elecciones ya. Suerte y aciertos a un nuevo gobierno de la nación.

  • Agustín Rosety Fernández de Castro es general de Brigada, CIM (Retirado).