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tribunaMiguel Aranguren

Aquellos abdominales de Aznar

Pasear por las calles de la ciudad, por un parque o por las sendas que atraviesan un entorno natural se ha convertido en una colección de sobresaltos a cuenta de la entronización del ejercicio físico. El pacífico caminante siente en la nuca la respiración agitada de los corredores y la llamada de atención de los ciclistas

No practico ningún deporte, más allá de un paseo aquí y otro allá, lo que en nuestros tiempos cobra categoría de anatema. Sé que hay razones contrastadas que justifican la práctica del ejercicio físico: sé que se duerme mejor, se liberan los componentes químicos que reducen la ansiedad y se generan otros que aportan estabilidad anímica en aquel que corre, brinca, realiza ejercicios de fuerza, comparte una misión con un equipo (marcar un gol, encestar un balón en una canasta, ganar un tanto a dos en una pista de hierba o de cemento…) o se reta con otro jugador en superar ciertos desafíos que dependen de la habilidad congénita, del entrenamiento y de la superación. Es mejor convivir con un deportista que con una persona irritada; con alguien empeñado en superar ciertos lances atléticos que con un cenizo desmotivado.

Dicho lo dicho, el ejercicio no me va. No soy competitivo ni siquiera conmigo mismo. Por otra parte, ejerzo de tallista y los golpes de maza sobre el formón o la gubia deben ayudarme a liberar toxinas; en cuanto tengo ocasión de arrearle algunos golpes a la madera, me siento un hombre soberanamente feliz.

Defender mi filosofía de vida no es una tarea sencilla. Por un lado está la familia: mi mujer y tres de mis hijos son deportistas natos. La pequeña es de mi cuerda, artista y contemplativa, capaz de sacarle migas a las horas que pasa frente a un libro o ante un lienzo, así como a las que dedica a sus amistades. Si mi esposa, con un tesón ejemplar, no desiste en hacer de mí un hombre menos sedentario, nuestros hijos hace tiempo que tiraron la toalla.

Por otro lado está la presión social. Desde aquellas fotografías en las que el presidente Aznar nos mostró sus trabajados abdominales en una playa –cuando por su edad le correspondía un torso más parecido al que en estos momentos soportan mis caderas–, buena parte de aquellos que andaban por los cuarenta y los cincuenta colapsaron los gimnasios y después buscaron eso que llaman personal trainer (en inglés, no sé por qué) que les hiciera rendir hasta echar el bofe.

En estas semanas de descanso, cuando voy a la playa observo a los protagonistas de esa segunda juventud, labrada a golpe de máquina de siluetas imposibles. Las agujetas campan a su aire, provocando dolores insospechados en músculos que el interesado no sabía que formaran parte de su anatomía. Cada cual se entretiene con aquello que le causa satisfacción, sin necesidad de tener que dar explicaciones.

En todo caso, no es fácil vivir de espaldas al deporte en tiempos que han entronizado el culto al cuerpo. A cierto tipo de cuerpo –es necesario matizar–, corresponda o no con las etapas naturales del crecimiento y envejecimiento. Esa adoración corporal suele ir de la mano de la idolatría a lo saludable, lo que tiene sus cuitas. Entre ellas, el beneficio económico para quienes la sustentan. Esta piedra filosofal –suma del moldeado de la masa muscular, la destrucción grasas y el cuidado patológico de lo que nos entra por la boca, del reposo, la pureza del aire y otras mediciones programadas en los relojes digitales y los teléfonos móviles (número de pasos, tiempo de acrobacias, fases de sueño, pulso cardiaco…)– es un negocio de pingües beneficios que ha despertado un nuevo tipo de obsesión psicológica respecto a cifras y porcentajes.

Pasear por las calles de la ciudad, por un parque o por las sendas que atraviesan un entorno natural se ha convertido en una colección de sobresaltos a cuenta de la entronización del ejercicio físico. El pacífico caminante siente en la nuca la respiración agitada de los corredores y la llamada de atención de los ciclistas, que se aúpan sobre sus hombros de manera repetida. Un tipo sin camiseta sube y baja colgado de una barra, exhibiendo al sol su piel humedecida; una mujer entrada en años arrastra las zapatillas en un automaratón inmisericorde y un sexagenario, generoso de carnes, se lija muslo contra muslo en el anhelo de coronar una cuesta a pesar de su respiración agónica. ¿Cuántos de ellos caen como los gorriones de los árboles en los veranos de Andalucía? ¿Cuántos tienen que desengañarse al comprobar ante el espejo que los abdominales de Aznar son de Aznar y nada más que de Aznar?

A punto de finalizar este artículo, el segundo de mis hijos se despide de mí luciendo su vestimenta de trotador. Le he contado cuál es el hilo de mi escrito y, burlón, me ha sacado la lengua. Lo tengo merecido.

  • Miguel Aranguren es escritor