A vueltas con la deuda pública
El lector decidirá con qué posición está de acuerdo pero creo que el contexto actual invita a la contención, no dando por sentado que los mercados continúen siendo ilimitadamente benevolentes con la deuda pública. Por si acaso
Las noticias recientes acerca del efecto de la subida de los tipos sobre la deuda pública y el movimiento de venta de activos de renta fija me han hecho recordar una conversación de hace algunos meses respecto de la deuda pública en estos tiempos.
Antes de hablar sobre ese debate, es conveniente aclarar que el efecto del aumento de la remuneración de los títulos de deuda fija (al que se añade la expectativa de subidas posteriores) es el de rebajar la valoración de los instrumentos equivalentes previamente emitidos a tipos inferiores valorados a precio de mercado puesto que, lógicamente, su atractivo es menor que el de títulos que ofrecen una remuneración más alta.
Hecha esta aclaración, me centro ya en una cuestión que parece sencilla de explicar: el aumento de la inflación derivado del contexto geopolítico amenaza con prolongarse en el tiempo y extenderse a distintos mercados de bienes y servicios, ante el que los bancos centrales (BCE y la Reserva Federal sobre todo) no han tenido otra opción (muy a su pesar) que la de subir tipos.
Digo muy a su pesar porque son plenamente conscientes de que esa medida provocará una ralentización del crecimiento económico con todo lo que eso conlleva.
Evidentemente, se está produciendo un aumento del coste de financiación para todos los actores y, entre ellos, para los emisores de deuda pública.
Esto, en sí, ya es una mala noticia para los gobiernos puesto que el aumento del coste de financiación, del «servicio de la deuda» tiene un claro efecto en los presupuestos que habrán de «hacer hueco» para atender a esas obligaciones, minorando las partidas dedicadas a cuestiones de la mayor relevancia. El gasto «discrecional», como las infraestructuras, suele ser la primera «víctima» en un momento en que necesitamos revitalizar esas inversiones.
El fenómeno no distingue entre países que, como España, están reduciendo su ratio de deuda pública sobre PIB, aunque sería mejor que esa mejora viniera motivada por aumentos de la productividad y no por la combinación de factores que lo está posibilitando, de otros que, como Estados Unidos, Japón o Francia, no lo están haciendo.
Pero en este contexto es también importante si el volumen absoluto de la deuda aumenta o no puesto que entonces el efecto combinado del aumento del volumen de deuda emitida y el coste de financiación puede llegar a ser relevante, al tiempo que otras políticas públicas (defensa entre otras) reclaman atención.
Pero lo más grave para cualquier país sería que los mercados empezaran a tener dudas sobre la sostenibilidad de la deuda pública.
Es algo que ha ocurrido muchas veces en la historia y que, como se recordará, sucedió hace poco tiempo en el Reino Unido.
La conversación a que me refería contraponía dos visiones: la de que el gran aumento de la deuda pública de los últimos años ha parecido no preocupar a los mercados, lo que ha llevado a los gobiernos a pensar que no existe límite real a su capacidad de endeudamiento. La deuda representa también una alternativa más fácil políticamente que la subida de impuestos o la contención de gastos.
Por otro lado, estaría una visión más «clásica», que, inspirada en la historia, invita a la prudencia de los gobiernos sabiendo que, tarde o temprano, «los excesos se pagan».
El lector decidirá con qué posición está de acuerdo pero creo que el contexto actual invita a la contención, no dando por sentado que los mercados continúen siendo ilimitadamente benevolentes con la deuda pública. Por si acaso.
- Francisco Uría es director general del Instituto Español de Banca y Finanzas