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TribunaIgnacio Trillo

¿Y si, aun así, vuelve a ganar Sánchez?

La izquierda no ha ganado estos años porque tuviera mejor política. Ha ganado porque entendió antes una cosa elemental: en una democracia de titulares, quien nombra el hecho se queda con el hecho. Sánchez no discute la realidad. La rebautiza

Pedro Sánchez no se presenta el 29 de noviembre para ganar unas elecciones. Se presenta para no perder todo lo que debería haber perdido el presidente más envuelto en causas, socios y promesas incumplidas de la democracia española. El adelanto no es un acto de rendición de cuentas. La pregunta ya no es si puede sobrevivir. Es si la derecha llega a tiempo de impedirlo.

Esta pregunta no es un ejercicio de ciencia ficción. Es el único escenario que la derecha española se niega a mirar de frente. No porque sea imposible, sino porque obliga a admitir algo más incómodo que la corrupción del adversario: que se puede perder contra un gobierno rodeado de causas judiciales, socios que quieren romper el Estado y una gestión que ha convertido la vivienda en el primer problema del país. Se puede perder, y se puede perder por méritos propios.

Pedro Sánchez no gobierna a pesar de sus escándalos. Gobierna porque ha convertido cada escándalo en un relato y cada relato en una coartada. La derecha, mientras tanto, se ha especializado en la indignación. Grita, señala, convoca, tuitea. Es combativa. No es creativa. Ataca las fisuras que el gobierno deja abiertas y, cuando llega, el marco ya está ocupado. El hecho queda; la interpretación se la queda el otro.

El último ejemplo es obsceno por su limpieza. Ocho años de Ley de Vivienda, topes de alquiler, okupación consentida, propietarios tratados como sospechosos y una promesa de cerca de 184.000 viviendas asequibles de la que, según los cálculos de la oposición, apenas se han materializado unos cientos. La vivienda ha pasado de ser una preocupación menor a la primera del país. El resultado no ha sido una rendición de cuentas. Ha sido una inversión total del cargo. El desahucio de una anciana en Madrid, un caso dramático y concreto, se ha usado para culpar a quien no lleva ocho años en la Moncloa. El ático se ha convertido en la política de vivienda del Gobierno. La escasez de oferta, el intervencionismo y la huida del propietario del mercado han desaparecido del relato. Quien ahogó la oferta acusa de especulación a quien no aplicó su ley. Y una parte del país se lo cree, porque nadie le ha contado antes, con la misma obstinación, la historia contraria.

No es un accidente. Es el método.

Con el caso Koldo, Ábalos, las mascarillas, Cerdán, el hermano del presidente y las causas que rodean a Begoña Gómez, la operación ha sido idéntica. No se discute el sumario: se discute al juez. La corrupción deja de ser corrupción y pasa a ser lawfare. La derecha, en lugar de fijar durante meses un relato simple –dinero público, intermediarios, impunidad, nombres–, se ha limitado a la denuncia serial. Un escándalo al día. Ninguno masticado hasta que duela. El Gobierno agradece el ritmo. Lo que no se convierte en frase se convierte en ruido, y el ruido se archiva como ataque de la derecha.

Con la amnistía ocurrió lo mismo. Una ley de punto final para los socios de investidura, vendida como reconciliación. Quien recordó que el Código Penal no es un menú a la carta fue declarado enemigo de la convivencia. La derecha contestó con principios. No construyó la imagen que queda: un presidente que compra la legislatura con el Código en la mano y la reparte entre quienes quieren liquidar la nación que dice presidir.

Con la fiscalidad, el guion cambió de disfraz, no de fondo: más de un centenar de subidas de impuestos y cotizaciones se presentaron como justicia, mientras la oposición habló de asfixia sin traducirla en el recibo del votante modesto. En la okupación, miles de viviendas invadidas y el propietario convertido en sospechoso quedaron archivados como un problema de sensibilidad social. En los medios bastó con rebautizar la colonización de la televisión pública, la subvención al afín y la ley de desinformación, mientras el discrepante pasaba a ser enemigo de la libertad de prensa. Con la inmigración y las fronteras, el mecanismo fue aún más simple: quien pide control es xenófobo; quien lo niega administra el desorden y conserva el relato moral.

La izquierda no ha ganado estos años porque tuviera mejor política. Ha ganado porque entendió antes una cosa elemental: en una democracia de titulares, quien nombra el hecho se queda con el hecho. Sánchez no discute la realidad. La rebautiza. La vivienda no es escasez: es codicia autonómica. La causa judicial no es indicio: es persecución. La amnistía no es impunidad: es concordia. El impuesto no es exacción: es solidaridad. Y la derecha, cada vez, llega al bautizo cuando el niño ya tiene nombre.

Esa es la pasividad que importa: la de quien ocupa la calle, pero no la memoria. Feijóo o Abascal pueden acertar en el diagnóstico y seguir perdiendo la película si no logran que el país retenga, durante meses, una interpretación alternativa. La razón sin relato es un informe. Y los informes no ganan elecciones.

Si Sánchez gana, no será un misterio, sino la confirmación de una ley que esta oposición se resiste a aprender. Un Gobierno puede acumular fisuras —judiciales, morales, económicas— y sobrevivir si el rival se limita a señalarlas, porque las fisuras no derriban nada solas. Hace falta convertirlas en una alternativa visible, persistente y memorable; explicar que la casa de Maricarmen no la encareció la oposición, sino quien prometió cientos de miles de viviendas y ahora señala el ático ajeno para que nadie mire el solar vacío.

La derecha española tiene pulmón. Le falta oficio. Y el oficio, en política, no consiste en indignarse más alto. Consiste en llegar primero al significado.

Si no lo aplica durante la campaña, la pregunta dejará de ser condicional. Sánchez puede no perder todo lo que debería haber perdido, y eso, para él, ya es una victoria. No porque España lo merezca, sino porque disputa el partido con unas normas a las que la derecha se niega a entrar. Confundir el volumen con la victoria es la derrota anunciada. Y si aun así no se produce, el aviso sigue en pie: una noche electoral no absuelve el método. Hay que aprender de las derrotas, y más todavía de las victorias ajenas, antes de que el rival vuelva a bautizar la realidad.

  • Ignacio Trillo Arespacochaga es miembro de la junta directiva de la Asociación Pie en Pared y de la Fundación Foro Libertad y Alternativa
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