29 de junio de 2022

Gabriel Insausti

Entrevista al escritor, profesor y pensador

Gabriel Insausti: «Cualquier artista que se respete rechazaría la etiqueta de católico»

Con la publicación «La lira de Linos. Cristianismo y cultura europea» el escritor navarro señala algunas de las claves de lo que le ocurre y ocurrió en Occidente para dejar de maravillarnos ante la vida

El escritor, poeta, pensador y profesor navarro, Gabriel Insausti, acaba de presentar su último ensayo con Ediciones Encuentro. Durante nuestra conversación, habla sin tapujos de algunas de las cuestiones más acuciantes de nuestro tiempo desde una perspectiva filosófica, antropológica, teológica y artística sobre ese fabuloso lodazal en el que tantas veces se regodea el hombre pero que, como toda experiencia de miseria, siempre tiene de contrapunto los insondables destellos de belleza que se imponen por veredas tortuosas y ortigales traicioneros. 
¿En qué momento de la historia de Occidente se produce la ruptura entre el arte y la fe?
–La ruptura supongo que no es total pues vivimos en un momento relativamente plural que permite que haya todavía algunas puertas abiertas a la belleza. Eso sí, creo que hay un discurso dominante, especialmente a raíz de la revolución del 68,  que es en el que yo he incidido en este ensayo. También hay que decir que en el desarrollo de este discurso cultural los monjes de Silos vendían miles de discos con sus cánticos. No pretendo decir que haya un sentido unívoco en la actualidad en materia estética porque la verdad es que hay un feísmo que resulta que a veces queda como resultado de determinadas expresiones artísticas un gesto de ñoñería, en un gesto naíf.  Precisamente porque se han transgredido algunas cuestiones fundamentales en el siglo XX, hay un replanteamiento de las bases de la civilización bajo el control de una ética y una jurisprudencia supraestatal y un nuevo orden mundial. Ha habido una especie de emancipación respecto de la belleza, lo cual también tiene su interés. 
–¿Por qué la Iglesia no está sabiendo decodificar y participar en el auge de la cultura del ocio? ¿Por qué parece que estamos abocados a hacer literatura católica, cine católico o arte católico para encontrar un nicho entre `los nuestros´ en vez de hacer arte sin apellidos? 
–Cualquier artista que se respete a sí mismo rechazaría la etiqueta de cine católico, poesía católica o novela católica. El que resulte que sea católico y de forma natural hable de cosas que pueden tener o no que ver con mi fe y mi modo de estar en el mundo, que siempre tendrá alguna relación con lo que hago, no debería ser una conclusión desde la que interpretar y juzgar el arte.  Pedirle al cine, a la novela o a la poesía una catequesis en endecasílabos o en fotogramas es matarla. Es matar el arte. Hay cosas que uno encuentra que son valiosas y no están hechas por cristianos pero inciden en algunos aspectos esenciales básicos de lo que es la existencia humana. 

Pedirle al cine, a la novela o a la poesía una catequesis en endecasílabos o en fotogramas es matar el arteGabriel Insausti - autor de «La lira de Linos»

Ahora que hay esa tentativa de alejarse del humano y dejar atrás el hombre e ir a por la humanidad sería importante recordar que lo que hay en juego es el cristianismo, que nuestro modelo no es Adán, es Cristo. A veces, sencillamente, hablar de lo que es humano es un recordatorio de todo lo cristiano. En la medida en que hay cineastas, novelistas, poetas y artistas que simplemente hablan de lo humano cara a cara, con nuestra miseria, con lo terribles que somos a veces, pero con la apertura a cosas maravillosas y estupendas de las que podemos participar, pues ahí aparecen historias, imágenes y relatos que pueden ser muy iluminadores. Para esto no hace falta que el autor sea cristiano porque lo puede leer cualquiera, sin necesidad de estar adscrito a ninguna confesión religiosa. Si, en cambio, lo baño todo de agua bendita, pues ya excluyes a un montón de lectores que no se van a interesar por lo que tengas que decir de cuestiones que sí que le atañen.
Gabriel Insausti

Gabriel InsaustiPaula Argüelles

–En el arranque del libro le dedicas unas cuantas páginas a la historia de Chateaubriand, reconocido romántico francés, y cómo su familia terminó encarcelada. ¿Qué contradicción hay en su historia? Pues el fue en el inicio un firme defensor de la ilustración. ¿Es ésta una trituradora humana por su incapacidad de relacionarse en plenitud con la realidad? 
–Tengo sentimientos encontrados con el idealismo y con el romanticismo. Por un lado, dio lugar a cosas estupendas como Coleridge, que es un autor, por quien yo siento debilidad y que resultó provechoso para, entre otros, el cardenal Newman. Por otro lado, está esa sed de infinitud que se ve en durante esa época, que está en el romanticismo y también en el idealismo alemán, y nos pone en la perspectiva de las posibilidades de autorrealización del espíritu humano. Magníficas, sí, pero quizá un poco grandilocuentes. Al final acabamos en Hegel, en una especie de secularización del propio Dios y la idea de que se puede llegar a lo infinito a través de lo finito. Y de ahí terminamos, por la vía del progresismo, en el pensamiento utopista.  Cuando alguien te promete cosas tan graves y tan profundas, en realidad es casi siempre para que pagues un peaje insoportable. Desde luego, mis utopías son privadas .Están vinculadas a determinadas personas y determinados lugares. Yo creo que es sano tener tener esas utopías privadas, pero lo otro... Lo miro con mucho escepticismo. Es decir, las promesas de redención a través de la ciencia, la técnica y la política... A veces se las invoca en esa misión redentora y se termina confundiendo la vinculación entre estudiar el comportamiento de los átomos y, como si fuera una obligación,  construir bombas atómicas y arrojarlas sobre Hiroshima. Cada vez que el hombre ha intentado construir en la tierra su cielo, lo que ha construido es su infierno. Ahí están los gulags y el Holocausto
– Llegados a este punto. ¿Tiene el dolor más capacidad de generar vinculaciones, que no unidad, que el amor? 
–Algunos te dirían que que a lo mejor son lo mismo. O que para que el amor sea realmente tal tiene que estar abierto al dolor. El amor humano, por ejemplo, significa hacerse vulnerable. O sea, el amor es también apertura al dolor. Alguien que no ama, es alguien autárquico, autosuficiente y en esa medida está detrás de los muros de una fortaleza. Yo en mis libros de poesía, las pocas veces que hablo del amor, este no tiene mucho que ver con el amor tal y como se nos ha vendido en la cultura postmoderna, en el sentido del flechazo, del enamoramiento, de dos que se encuentran casualmente en una discoteca y sin haber intercambiado tres palabras acaban en la cama esa misma noche. 

El único momento en el que podemos simpatizar o empatizar con un tirano es cuando está sufriendoGabriel Insausti

Yo presento el amor como un relato que se va escribiendo con el otro y que exige dilatación en el tiempo. Quizá el dolor sea un punto de encuentro más intenso que el amor. Eso lo decía Joseph Brodsky a propósito de los tiranos. El único momento en el que podemos simpatizar o empatizar con un tirano y sentir que compartimos algo con él es cuando está sufriendo, porque los dos somos humanos y estamos sometidos a las mismas interrogantes y perplejidades.
–¿Estamos dándonos demasiados trastazos, un poco como Hércules cuando le parte en la cabeza a Linos la lira con la que producía armonía, con esto de la batalla cultural? 
–Por supuesto, todo el mundo quiere monopolizar el discurso. Eso es un problema. Un discurso que tiene ya las conclusiones previstas en las premisas, que no deja espacio para el diálogo con otros discursos, no es propiamente un discurso. Es otra cosa. Recuerdo que una vez le preguntaron a George Bernard Shaw cuál era el mensaje de su obra y su respuesta fue: «I´m not a bloody postman» (No soy un puñetero cartero). El mensaje es indisociable del continente en toda realización estética. Ahora bien, demorarse en los medios tiene su sentido y no hacerlo es una falta de respeto a la propia naturaleza de lo que estás haciendo. Ahí es mucho más posible la comunión.
–En tu último ensayo abordas ese binomio que ha ido de la mando desde hace siglos: cristianismo y cultura europea. ¿En qué momento se han dejado de mirar el uno al otro? 
–Hace unos años fui al monasterio de Leire durante los días de Semana Santa y una hora antes de que se celebraran los oficios del Jueves Santo en el templo. Entonces, la guía que nos hacía la visita por el monasterio, hablaba en pretérito imperfecto de lo que nos mostraba. «Esto es así porque los cristianos pensaban… y esto está construido de este modo porque los cristianos creían». Ante esto hay que pensar en lo que está vivo. Que en Europa anden algo moribundas no lo es todo. Quizás el cristianismo esté más vivo en otros continentes, aunque históricamente fuera un elemento configurador desde Constantino y Justiniano y el Sacro Imperio Romano Germánico de lo que es hoy Europa. ¿La respuesta? La responsabilidad individual de cada uno. ¿Cómo podemos asumirla? Buscando cultura de primera calidad en todos los órdenes, que, repito, no tiene por qué ser cristiana o hecha por cristianos. Si es buena, seguro que nos conduce a algo bueno, aunque tenga sus espinas. Si está bien hecha, de algún modo da gloria a Dios y nos lleva a nosotros a participar en algo bueno. De esto no me cabe la menor duda.
Conversando sobre la belleza que, tal vez, sume a la redención del mundo

Conversando sobre la belleza que, tal vez, sume a la redención del mundoPaula Argüelles

–Aunque sea por la referencia de rebote al idiota número uno en la novela de Dostoievski o a la cita que hace en el ensayo al cine de Sorrentino. ¿Puede la belleza salvarnos?
–La belleza es una moneda de curso que no se puede comprar ni con todo el dolor del mundo, ni con todo el sufrimiento, ni con toda la miseria. Un gramo es suficiente porque tiene algo de don. Quizá, por eso, el contraste es tan fuerte. Creo que eso, en el cine y en toda la obra de Sorrentino que mencionas, me parece que queda perfectamente explicado. Hay momentos y destellos de belleza que pueden salvar toda una historia de calamidades juzgadas como tal. Porque cuando contemplamos la belleza, ahí se abre una puerta que remite a algo que va más allá del mundo. En esa medida, sí puede ser salvadora la belleza. En cualquier caso, tampoco soy imperialista respecto a este cuestión. Al final es la experiencia de cada uno. A mí me sucede que conforme te vas haciendo más viejo te ves más escéptico y tienes menos momentos de esos.
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