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Arturo Portabales*

Desfachatez de Papá Noel

Dedicado a promocionar todo tipo de productos, Papá Noel parece haber olvidado su misión original, hasta el punto de que, a fecha de hoy, cuesta encontrarle alguna relación con el Nacimiento de Jesús.

Tendría yo unos diez años cuando supe por primera vez del personaje. Fue un amigo quien me informó de que, en su casa, quien traía los regalos era Papá Noel, y además el día de Navidad, no al final de las vacaciones escolares. Y recuerdo bien el malestar que tal revelación me produjo. No solo por el carácter foráneo del advenedizo, sino porque ya entonces, aunque no supiera expresarlo, su forma de competir con los Reyes Magos me parecía desleal.

Con todo, creo que llegué a aceptar su presencia. Sobre todo a medida que Jesús fue abriéndose paso en mi corazón y me hizo descubrir el espíritu ecuménico. Me convencí de que, al fin y al cabo, Papá Noel llevaba la Navidad en su nombre, y traía la hermosa misión de subrayar la alegría de este tiempo, sobre todo para los niños. No podía negarle su identidad cristiana, aunque fuera más propia de países con renos y trineos. Aunque también, por otro lado, nada entonces hubiera sido considerado más provinciano que resistirse al predominio cultural de esos países.

Me vienen a la cabeza estos recuerdos al observar la deriva que Papá Noel ha ido sufriendo en la Navidad española. Merece la pena advertirlo. Cómo, dedicado a promocionar todo tipo de productos, parece haber olvidado su misión original, hasta el punto de que, a fecha de hoy, cuesta encontrarle alguna relación con el Nacimiento de Jesús.

Cómo, en efecto, se ha convertido en un icono indiscutible de la Navidad, pero de la Navidad más superficial y consumista, en connivencia con una sociedad cada vez más secularizada y multicultural. Cómo, en definitiva, ha llegado a ser aceptado en todos los ambientes y en todos los hogares, pero a costa de ocultar su significado religioso, que aparece ahora sustituido, en el mejor de los casos, por un compendio de valores solidarios.

En esta línea, merece la pena señalar ese nuevo paso que Papá Noel estaría dando, gracias a la instrumentalización que cierta famosa compañía hace últimamente de él. Me refiero a esas campañas en las que nuestro personaje ya no se limitaría a traer regalos, añadiéndoles su dosis de espíritu filantrópico, sino que estaría asumiendo toda una función mesiánica. Eso parece entenderse de las cosas tan tremendas que tal compañía le atribuye, que recuerdan, en efecto, a las que siempre hemos dicho de Jesús.

Así, por ejemplo: «Todos podemos ser Papá Noel». Y también: «¿Te animas a sacar el Papá Noel que llevas dentro?». Y sobre todo: «El mundo necesita más Papás Noel». Según estos eslóganes, Papá Noel vendría a ser la personificación de la bondad a la que todos deberíamos aspirar; bastaría para definir lo más noble que llevamos dentro; y hasta la salvación del mundo dependería de nuestra conversión a su excepcional forma de ser. Y sin embargo, lo que ilustra tan alta ejemplaridad moral se reduce a un puñado de gestos de cortesía. No pasa de un vago y descomprometido altruismo. Cabe dentro de su pequeño saco de regalos.

Y nadie negará el valor de tales dádivas, pero ¿cómo compararlas con la entrega que Jesús ha hecho de sí mismo? Porque, incluso para los que niegan que Jesús sea el Hijo de Dios hecho hombre y el Mesías esperado por Israel, resulta difícil negar los incomparables gestos de servicio a sus semejantes con los que Él avala esa pretensión. Y si no se quiere entender su Pasión como un radical acto de servicio a los hombres, hay que recordar al menos su actuación en favor del leproso, al que se arrima; de la mujer adúltera, a la que defiende de la multitud; de sus adversarios, a los que visita; o de sus propios discípulos, a los que lava los pies. Digamos que hay una proporción entre lo que dice y lo que hace, lo que no está tan claro en el caso del bueno de Papá Noel.

La pregunta que surge entonces es: ¿Qué se pretende con todo esto, fuera del beneficio que reporta a esa compañía pasar por benefactora de la humanidad? Quizá nada más que eso, pero lo cierto es que estos mensajes concuerdan con el interés creciente de las grandes empresas por liderar la sociedad mundial en el aspecto moral e ideológico. Y siendo un poco desconfiados, uno pensaría que tal apropiación de la figura de Jesús por un personaje imaginario contribuye a sembrar de irrealidad todo lo relacionado con la Navidad. Como si interesara provocar tal confusión. Como si el Nacimiento de Jesús ya no solo fuera algo molesto de lo que prescindir, sino todo un enemigo al que destruir.

En todo caso, si este Papá Noel no nos lleva a Jesús, si no nos trae algún recuerdo de Él o no nos enseña algo sobre Él, es porque es un falso Papá Noel, mensajero de una esperanza no menos vacía. Tan pobre como las baratijas que nos regalamos estos días, y tan efímera como las luces que, en estos días, solo se anuncian a sí mismas. Merece la pena señalarlo, que quien trate de acogerse a ella tendrá que cargar con la decepción hasta las Navidades siguientes.

Aunque esto, ciertamente, solo puede comprenderlo quien tenga la dicha de poseer una esperanza verdadera. Esa que nos permite comprender cada día como un regalo y nos transforma en un regalo para los demás, regalándonos así certeza sobre el mundo futuro. La que afortunadamente no se puede comprar ni darse uno a sí mismo. La que solo cabe pedir a Aquél que está deseando volcarla sobre nosotros.

* Arturo Portabales es sacerdote de la archidiócesis de Madrid

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