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Una propuesta al desafío del Papa de repensar la familia

Sentirse originaria e incondicionalmente querido es el principio de la salud emocional y con ello de la personalidad. Permite al niño poseer seguridad, esperanza, confianza básica

Una familia

En la familia se priorizan los valores comunitarios sobre cualquier proyecto personalGetty Images

Me atrevo a diseñar una simple nota que sirva de propuesta al reciente desafío del Papa León de reformular la familia. Lo advertía Chesterton: «El estamento familiar, la casa familiar, debiera preservarse o rehacerse. No debería permitirse que se fuera cayendo a pedazos porque nadie tiene el debido sentido histórico de eso que se está desmoronando».

Pero no se trata de ninguna adaptación o reconfiguración a la nueva realidad inducida por la ideología, como es el caso de la familia; tampoco de superar un modelo ineficaz, abandonando elementos constitutivos de la realidad familiar. Más bien se requiere recuperar la misma familia como realidad antecedente a la sociedad, «preservarse», salvarla de tantos golpes a que se ve sometida. Y se la salvará desde dentro de la propia familia, no desde fuera; «rehaciéndola» desde un ámbito de intimidad, no desde la realización de sus funciones sociales; desde la educación de los hijos, no desde las necesidades sociales inmediatas; desde la consideración de los principios estructurales de la realidad familiar, no desde una mera perspectiva sociológica.

La refundación acontecerá desde los mismos principios que inspiran el comportamiento familiar. La familia permanecerá sustancialmente idéntica como sujeto de mediación entre el individuo y la sociedad, vinculando sexos y generaciones; sostendrá la prioridad de los valores comunitarios sobre los individuales (esto significa rechazar un programa familiar pensando en uno mismo más que en los hijos); impulsará la comprensión del carácter incondicionalmente valioso de la persona, más allá de sus capacidades; velará por adoptar medidas ante las situaciones de mayor vulnerabilidad; manifestará la soberanía de los padres en la educación de los hijos (el derecho a la educación que asiste a la familia es primario, original, intangible, indelegable e insustituible); personificará una comunidad abierta a la vida donde sus miembros, especialmente los niños, encuentran un entorno natural para el crecimiento y el bienestar; reivindicará, en fin, ser el lugar en el que cada uno tiene su origen y en el que se fundamenta su desarrollo personal.

La opinión pública y la defensa de la familia hasta ahora estaban enfocadas en la necesidad funcional de la familia, en la comprensión de la misma como proveedora de funciones instrumentales, esclareciendo su rol en la estabilidad social, pero con el evidente déficit en no reconocerla como base para el mejoramiento en nosotros y en la sociedad. El amor que recibimos en nuestro hogar provee la estructura para realizar nuestro destino como individuos y como una comunidad. Aquello que nos convierte en personas humanas de verdad proviene del amor único que solo puede ser dado a una persona a través de su familia: podemos tratar con las personas en este mundo, porque primero aprendimos a tratar con los miembros de nuestra familia. Por tanto, esto advertimos como lo más apremiante: la familia cumplirá su misión como ámbito educativo en cuanto desarrolla vínculos afectivos y amorosos. El crecimiento del ser humano apunta al amor personal, así como al vínculo -o los vínculos- que hacen posible ese crecimiento ayudado. Es el amor -vínculo interpersonal- quien permite o es cauce del crecimiento personal. La verdadera autoridad no habla de relaciones de poder, sino de relaciones de amor que hacen crecer a las personas dentro del seno de la familia. El amor, dirá Soloviev, transforma todos nuestros intereses, haciendo que «el centro cambie por completo en nuestras vidas personales».

La refundación de la familia, por tanto, exige repensar la familia como lugar donde se priorizan los valores comunitarios sobre cualquier proyecto personal. El paradigma de la vinculación por excelencia, la fuente de relaciones más auténticas entre las personas, es el amor. Este amor supone que la existencia de los otros está por encima de los propios deseos e intereses, que el sacrificio, la entrega, el compromiso y la donación prevalecerán sobre el autoconocimiento y la realización personal. La educación en el amor es la primera y fundamental tarea que deberá afrontar la familia. El renacer de la familia pasa por superar la supremacía de los derechos individuales, la lógica hedonista de los deseos subjetivos, la exaltación del amor romántico como fundamento de la relación amorosa, con el fin de rehabilitar los deberes familiares, las obligaciones incondicionales, el compromiso conyugal, si no queremos convertir la familia en un mero instrumento de la realización de las personas, en una institución que se construye y reconstruye libremente, debilitando así los vínculos familiares.

La verdadera crisis de la familia es la crisis del amor, la pérdida del reconocimiento significativo de los demás. Cuando el ámbito familiar es una mera asociación, la variabilidad es inevitable, puesto que cada miembro de la familia buscará el asentamiento de sus propios proyectos personales, alejados de los principios constitutivos de la realidad familiar. Sin embargo, cuando el ámbito familiar se comprende como comunidad, como la educación para realizar la formación de una comunidad de personas, entonces las exigencias del individualismo palidecen a favor de la coexistencia personal, fundamento sólido de la convivencia humana.

La educación en el amor será una educación en las acciones compartidas. La formación conjunta de los hábitos en la familia no se realiza mediante planificación o comunicación objetiva de unos contenidos, sino que en el ámbito familiar la educación tiene lugar mediante la comunicación subjetiva o existencial: en el seno familiar, la enseñanza consiste en la ostensión del obrar personal. La convivencia familiar se convierte así en un entramado educativo de relaciones interpersonales, resultado de un querer primario y plenificante, de una donación y aceptación radicales, fruto del amor como reconocimiento de la dignidad del ser humano. Los aprendizajes decisivos para la formación de la personalidad humana, de la propia educación de la afectividad, son aprendizajes recibidos en el seno de la familia. Así lo dice D. Goleman: «por más que tratemos de convencernos de lo contrario, todos llevamos la impronta de los hábitos emocionales aprendidos en la relación que sostuvimos con nuestros padres».

Si la mayor excelencia del ser humano es el amor, el ámbito familiar desarrolla como ningún otro este bien superior de educar en el amor: elegir querer al otro y procurar todo lo posible para promover su bien completo. A esta elección y a su mantenimiento se le llama amor. La familia es lugar de coexistencia en el que es posible y natural el amor, para aceptar la existencia de las personas y contribuir a su potencialidad; lugar de donación de sí que promueve la libertad del otro; lugar de gratuidad y reciprocidad, de la dependencia recíproca de las personas que fundamenta la pertenencia personal, del vínculo personal que no limita la acción, sino que es fuente de acciones personales: «el reconocimiento de la dependencia es la clave de la independencia».

En la familia, cada miembro trasciende su yo, va más allá de sí cuando entra en comunión con otro yo. De esa comunión mutua se pasa a la comunión con los demás y se crea comunidad. Las relaciones entonces ya no son cosificadoras ni interesadas, ni siquiera meramente convivenciales, sino auténticas relaciones comunitarias que incluyen un proyecto de vida, unos fines, una apertura a la procreación, con sentido de permanencia, de servicio, de entrega consolidada.

La educación en el amor evitará cualquier fracaso en la vida de los miembros de la familia, corromper el carácter o vivir en una permanente insatisfacción. El ejercicio del amor afecta especialmente a la integración de la afectividad en su dimensión racional, intelectual y volitiva. Sentirse originaria e incondicionalmente querido es el principio de la salud emocional y con ello de la personalidad. Permite al niño poseer seguridad, esperanza, confianza básica. Son los padres los responsables de aportar ese sustrato de incondicionalidad al hijo. Confiere confianza para un hijo saberse fruto de amor y aceptación de ese fruto por parte de sus padres, saber el propio origen para poder reconocerse a sí mismo y la permanente deuda del amor recibido. En ausencia de ese origen, aparecerá el egoísmo y el desarraigo, el retraimiento y el resentimiento, el conflicto emocional derivado de la privación de aquella educación en el amor en que las relaciones familiares deberán encontrar su fundamento.

Roberto Esteban Duque es sacerdote, profesor de Ética y Bioética en la Universidad Francisco de Vitoria (Madrid) y de Teología Moral en el Seminario Conciliar San Julián de Cuenca; licenciado en Teología por la Universidad Lateranense de Roma y doctor en Teología Moral por la Universidad San Dámaso de Madrid

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