¿Se convirtió Poncio Pilato?
Después, el silencio. Pero no un silencio vacío. Un silencio que continúa dentro de Pilato. Se manifiesta en pequeños gestos: permite que el cuerpo sea entregado a José de Arimatea y a Nicodemo, rompiendo las normas romanas que instruyen que los cuerpos sean dejados para alimento de las aves y luego echados a una fosa común. Como si, de algún modo, intentara reparar lo irreparable. Y luego, el tiempo. Las noticias llegan: la tumba vacía, las apariciones, la predicación. La pregunta vuelve una y otra vez: ¿Qué es la verdad?
Poncio Pilato observa desconcertado a Jesús
La historia no comienza con Poncio Pilato.
Comienza con la luz.
Un amanecer tenso sobre Jerusalén, donde la claridad no consuela sino que expone. La noche del arresto se retira, pero lo que deja atrás no es alivio: es verdad al descubierto. En los relatos, la luz no siempre trae paz; a veces revela lo que las sombras permitían ignorar.
Jesús de Nazaret ya no es el maestro que caminaba entre aldeas. Ahora es un acusado. Un hombre entregado, llevado de una instancia a otra, atravesando los límites entre lo religioso y lo político.
Primero el Sanedrín, que lo juzga por blasfemia saltándose todas las normas del procedimiento previsto por la Torá, pero no puede ejecutarlo porque sabe que ese acto no es lícito y, además, quiere descargar la responsabilidad sobre los gentiles.
Luego Roma, que puede ejecutar pero no reconoce ese delito religioso. Jesús queda en ese espacio intermedio donde el poder humano revela sus grietas.
Y ahí aparece Poncio Pilato. Un hombre que ha tenido que ascender por meritos propios en una carrerra primero militar y luego política donde este puesto de gobernador de Judea es su gran oportunidad o la posible causa de su ruina... y es plenamente consciente.
Pero antes del juicio propiamente dicho, un intento de escape.
Al saber que es galileo, Pilato lo envía a Herodes Antipas. Un gesto político… y profundamente humano. Compartir la responsabilidad. Diluir la decisión. Traspasar el problema.
Ante Herodes, todo podría haber sido distinto.
No hay odio.
No hay urgencia.
Solo curiosidad.
Había escuchado y admirado a Juan el Bautista. Había oído hablar de Jesús. Entiende la historia de la salvación del pueblo judío. Espera ver algo: un signo, un prodigio, una manifestación.
Y entonces, se encuantra con el silencio.
Jesús no responde. No se defiende. No explica.
El mismo que hablará con Pilato, calla ante Herodes.
Porque Herodes no busca la verdad. Busca espectáculo. Y la verdad no se exhibe.
Ese silencio no es vacío. Es dignidad. Es una negativa radical a trivializar lo sagrado. Es cumplimiento de una misión, de una entrega.
Herodes queda defraudado y en suspenso. No puede condenar… pero tampoco absolver. No comprende, y no quiere trascender.
Y devuelve el caso, se lo quita de encima.
Jesús regresa a Pilato.
Ahora sí, sin escapatoria.
Pilato percibe desde el inicio que algo no encaja. Sabía desde la noche anterior de la detención de Jesus porque le pidieron refuerzos de su guardia para detener a Jesús en el huerto de los olivos y estaba avisado por Caifas que le llevarían a un «condenado».
Las acusaciones han sido forzadas sobre la marcha. Lo que no pudieron condenar como blasfemia, lo transforman ahora y por interés procesal en sedición, que es lo único que podría juzgar Roma con pena de crucifixión.
— ¿Eres tú el rey de los judíos?
La pregunta es jurídica. La respuesta, no.
— Mi reino no es de este mundo.
El logos del juicio se desplaza. Ya no es solo político. Es algo que Pilato no puede abarcar.
— Entonces, ¿eres tú rey?
— Tú lo dices.
Pilato formula una conclusión… y Jesús la deja en pie y la trasciende:
— Para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad.
Pilato responde:
— ¿Qué es la verdad?
Pero no espera a la respuesta.
Sale.
Ese gesto es una grieta. Cuesta aceptar que, teniendo delante a quien se presenta como la Verdad, no continúe. No investiga. No razone hasta el final.
Quizá porque intuyó demasiado. Que la verdad no se impone sino que se reconoce.
Porque la verdad que tenía delante no era un concepto, sino una presencia. Y la verdad así no se analiza: se acoge.
Y Pilato no estaba preparado.
Sin embargo, pese a todos, insiste en declararlo inocente.
— No encuentro culpa en este hombre.
Lo repite varias veces. Intenta liberarlo. Busca salidas. Propone el indulto. Incluso lo manda azotar esperando apaciguar a los sumos sacerdotes.
Pero el Sanedrín no quiere un castigo por humillante que sea.
Quiere muerte y una muerte de cruz, porque según su ley, el que muere colgado de un madero no es digno de entrar en el cielo... quieren acabar de raíz con cualquier interpretación mesiánica por el pueblo.
Y entonces llega el momento decisivo.
La presión crece. La amenaza política aparece. El equilibrio se rompe: «No eres amigo del Cesar». Toda su carrera y todos sus esfuerzos en el alero.
Pilato, en un último gesto, se lava las manos:
— Soy inocente de la sangre de este justo.
Y en ese gesto se revela algo universal: cómo el poder puede volverse cómplice cuando la estabilidad pesa más que la justicia.
Y entonces ocurre algo estremecedor.
La multitud —instigada por sus líderes religiosos— responde:
«Su sangre caiga sobre nosotros y sobre nuestros hijos».
Es, en apariencia, una absolución moral de Pilato. Una transferencia explícita de responsabilidad. Como si el peso del acto pudiera desplazarse.
Pero en realidad, revela otra cosa.
La profundidad del rechazo y del miedo a Jesus
La ceguera colectiva.
La incapacidad de reconocer aquello que siempre habían tenido delante.
Pilato no queda libre.
Pero tampoco queda igual.
Porque ese intento de descargar la culpa deja al descubierto que nadie puede escapar completamente de la verdad ni de sus actos.
Y aún más inquietante es lo que sigue.
Los sumos sacerdotes proclaman:
«No tenemos más rey que el César».
Una frase que resuena como ruptura y brutal blasfemia.
Porque toda la historia de Israel está construida sobre otra afirmación:
Dios es su único Rey.
Desde la oración fundamental —el Shemá Israel— hasta la identidad más profunda del pueblo, todo apunta a esa soberanía divina. Renunciar a ella, incluso estratégicamente, es una fractura teológica sin marcha atrás.
No es solo una declaración política.
Es una contradicción interior que en última instancia llevará a la destrucción del Templo.
En ese instante, el juicio ya no es solo contra Jesús.
Es la revelación de hasta dónde puede llegar el ser humano cuando la verdad entra en conflicto con sus intereses más espurios.
Porque ese título encierra la paradoja central.
Aquí emerge la segunda gran tensión:
¿Qué tipo de rey es este?
Como señala D. A. Carson, Jesús no es solo rey de los judíos, sino Señor de todo. Su autoridad no es delegada ni simbólica: es universal. Y sin embargo… está en una cruz.
¿Es un rey fracasado?
No.
Es un rey que redefine el poder.
En el mundo antiguo, los reyes dominaban. Ejercían autoridad imponiéndose. Pero Jesús revela otra lógica: el que quiera ser grande, que sirva.
No vino a ser servido, sino a servir.
Su reinado no se impone por la fuerza, sino por la entrega.
Por eso Pilato no puede comprenderlo.
Porque no encaja en ninguna categoría política.
Es un rey… que reina desde la cruz.
Pilato, atrapado entre la presión y su intuición, cede.
Pero deja una marca.
Ordena escribir:
«Jesús Nazareno, Rey de los Judíos».
Le piden que lo cambie.
Que lo matice.
Que lo convierta en una simple pretensión: «Dice ser el rey de los judíos»
Pero Pilato responde:
«Lo escrito, escrito está».
Tal vez es ironía.
Tal vez es resistencia.
Tal vez es lo único que le queda para no traicionarse del todo.
Porque esa inscripción contiene, paradójicamente, la verdad del proceso y la causa de la condena.
Y así, el juicio se invierte.
No es Pilato quien juzga a Jesús.
Es la verdad la que ha juzgado a todos:
Al Sanedrín, que decidió antes de escuchar.
A Herodes, que quiso ver sin comprender.
A Pilato, que comprendió… pero no actuó.
Después, el silencio.
Pero no un silencio vacío.
Un silencio que continúa dentro de Pilato.
Se manifiesta en pequeños gestos: permite que el cuerpo sea entregado a José de Arimatea y a Nicodemo, rompiendo las normas romanas que instruyen que los cuerpos sean dejados para alimento de las aves y luego echados a una fosa común.
Como si, de algún modo, intentara reparar lo irreparable.
Y luego, el tiempo.
Las noticias llegan: la tumba vacía, las apariciones, la predicación.
La pregunta vuelve una y otra vez.
— ¿Qué es la verdad?
Ya no como evasión.
Sino como eco, como premonición.
En su casa, Claudia Prócula mantiene viva la inquietud. Su sueño, su intuición, su apertura.
Quizá allí comenzó algo que Pilato no pudo culminar en el pretorio.
Porque la historia no termina en la condena.
Se abre.
Muestra cómo la justicia humana puede desviarse cuando se mezcla con el interés personal. Cómo la verdad puede ser reconocida… y sin embargo rechazada.
Pero también deja entrever algo más difícil de aceptar:
Que incluso el mayor error no está necesariamente cerrado a la redención.
Que la verdad, una vez encontrada —aunque no sea acogida—, no desaparece.
Permanece.
Trabaja.
Espera.
Y quizá, en su destierro cuatro años más tarde y ya bajo Calígula, lejos del poder, sin multitudes, sin presión…
Pilato pudo finalmente enfrentarse a lo que aquella mañana no fue capaz de sostener.
Volver a la pregunta.
Dejar de huir.
Escuchar.
Aceptar.
Y comprender, quizá por fin, que la Verdad no se define ni se controla.
Se encuentra.
Y que incluso quien intentó lavarse las manos… puede, algún día, reconocer que nunca dejó de estar implicado… y, precisamente por eso, nunca dejó de estar al alcance de la misericordia.
Quiero pensar, confío, en que influido por su mujer –que es considerada santa por la Iglesia ortodoxa–, Pilato en su destierro en la Galia y en contacto con seguidores de Cristo, finalmente se abriera a esa Verdad que tuvo delante, mirándole a los ojos y tuviera la humildad de pedir perdón y abrazar finalmente su propia cruz.
- Eduardo Brunet, experto en financiación sostenible, es también articulista y conferenciante. Inició su camino en los Retiros de Emaús en 2014. Es coautor del libro Retiros de Emaús (Almuzara)