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Roberto Esteban Duque
Semana Santa 2026
Roberto Esteban Duque

La resurrección requiere un movimiento del corazón

Pascal señala ese camino hacia la creencia: «Procura, entonces, convencerte a ti mismo, no aumentando las pruebas de Dios, sino atenuando tus pasiones». Para conocer la certeza de la resurrección, el corazón debe abrirse a Dios

La tumba vacía de Jesús

La tumba vacía de JesúsRomolo Tavani

No es posible transferir la verdad ni la felicidad; puedes señalar el camino, y decir, como Moisés al pueblo, que no van a poder con ese camino que él señala como verdadero, o decir, como Jesús: «Yo soy el camino». En cualquier caso, cada persona debe empeñarse en recorrerlo, no vale que te lo expliquen o pretender acumular un conocimiento profundo: lo que a san Agustín le costó entender la gracia te costará a ti comprenderla. Pero también estamos capacitados para alcanzar la verdad y la felicidad de otra manera: sabiendo el tipo de persona que hemos llegado a ser, la virtud o la integridad alcanzada en nuestra vida.

Para creer en la resurrección es necesaria la fe, una transfiguración de la persona abierta a un nuevo comienzo, amar lo mejor para no entregar mi corazón a lo trivial, descubrir la belleza sin complacernos en deseos débiles, tender a una alegría infinita ofrecida y no ser «criaturas a medias», en expresión de C. S. Lewis, «como un niño ignorante que quiere seguir haciendo pasteles de barro en un barrio marginal porque no puede imaginar lo que significa la oferta de unas vacaciones en el mar».

Nos han dicho, insistirá Lewis en El peso de la gloria, que este mundo material es todo lo que hay, pero el cristianismo cree que este mundo tiene un aroma sacramental: «Tú y yo necesitamos el hechizo más fuerte que se pueda encontrar para despertarnos del malvado encantamiento de mundanidad que se ha impuesto sobre nosotros durante casi cien años. Casi toda nuestra educación ha estado dirigida a silenciar esta voz interior tímida, persistente, interior. Casi todas nuestras filosofías modernas han sido diseñadas para convencernos de que el bien del hombre se encuentra en esta tierra».

"Y, al tercer día, resucitó"

«Y, al tercer día, resucitó»

¿Y si realmente creyéramos que un ser humano está hecho para la resurrección y la vida eterna? Los hermanos Karamazov ahonda en esta pregunta filosófica: ¿qué será del hombre después, sin Dios y sin vida futura? ¿Así, ahora todo está permitido, es posible hacer lo que uno quiera? El problema que plantea Dostoievski es este: ¿es posible la vida del ser humano sin Dios? La respuesta es negativa. Dostoievski cree que un mundo civilizado no es probable sin Dios: «No existiría la civilización, si no hubieran inventado a Dios». Sin la promesa de una vida eterna, el ser humano no tiene ninguna razón para actuar de acuerdo con el bien. Si los actos no tienen trascendencia, entonces cada quien puede hacer lo que quiera: «Sin la inmortalidad del alma, todo está permitido». Dostoievski piensa que un mundo sin Dios corresponde a una sociedad organizada racionalmente por el egoísmo, hasta llegar al crimen.

Quizá lo menos importante sea considerar cómo será nuestro cuerpo en la vida futura. Según Pablo, el cuerpo de la resurrección no es uno de carne y hueso animado por el «alma», sino más bien una realidad completamente nueva, un cuerpo enteramente espiritual más allá de la composición o disolución. Y así es como su idioma habría sido entendido por sus contemporáneos. El espíritu era algo más sutil pero también más fuerte, más vital, más glorioso que los elementos mundanos de un cuerpo tosco y corruptible compuesto por alma terrenal y carne material.

Al hablar del cuerpo de la resurrección como un cuerpo «espiritual» en lugar de «psíquico», Pablo dice que, en la Era venidera, cuando todo el cosmos sea transfigurado en una realidad apropiada al espíritu, más allá del nacimiento y la muerte, los cuerpos terrestres de quienes han sido resucitados a la nueva vida serán transfigurados en el tipo de cuerpos celestes que ahora pertenecen a los ángeles: incorruptible, inmortal, purgado de todo elemento de carne y hueso y (quizás) alma. Quienes están en Cristo han sido hechos capaces de esta transformación precisamente porque, en el cuerpo del Cristo resucitado, la vida del Siglo venidero ya ha aparecido en gloria.

Fresco del siglo XVIII que representa la Resurrección en la cúpula principal de la Karlskirche

Fresco del siglo XVIII que representa la Resurrección en la cúpula principal de la KarlskircheGeorge Clerk

Pero esa fe del «hombre nuevo», necesaria para creer en la resurrección, está unida al amor. La fe y el amor están en Dostoievski ligados. Sin amor, no hay verdadera fe; sin fe no hay tampoco amor. Y eso es totalmente natural ya que para el escritor Dios es, ante todo, Amor. Sin fe en el Amor, en Dios, el hombre se aísla, pierde aquello que lo une con el mundo, deja de entenderlo, deja de distinguir aquellos principios morales que rigen la comunicación entre las personas y no es capaz de percibir la frontera entre el bien y el mal. Para la persona que ha perdido la fe no hay nada moral ya que el yo crea sus propias leyes y ante el cero que espera a cada quien ya nadie responde por nada. Wittgenstein ha unido también la fe y el amor; son inherentes. La fe consiste en alinear nuestro corazón con el corazón de Dios, y su corazón está lleno de amor. Nos están preparando para recibir la alegría que nos depara.

El sacrificio del Hijo de Dios nos salva y nos trae la esperanza de otra vida. La de Cristo es una belleza que atraviesa los lugares de la desesperación para mostrar la claridad de una luz que nada pueda apagar. Así presenta san Agustín el misterio de la Encarnación, uniendo estos dos elementos paradójicos que convergen en la cruz, la belleza y la despojada humildad de Dios reveladas en Jesucristo. Él es el único capaz de mantenerlos unidos: «Dos trompetas suenan de manera diferente, pero un mismo Espíritu sopla en ambas. La primera proclama: Hermoso de aspecto, más que los hijos de los hombres; y la segunda, con Isaías, dice: Lo vimos y no tenía belleza ni esplendor. Las dos trompetas son tocadas por un mismo Espíritu: por tanto, no hay discordancia en su sonido. No debes dejar de escucharlas, sino tratar de entenderlas (…). No tenía ni belleza ni esplendor para darte a ti belleza y esplendor. ¿Qué belleza? ¿Qué esplendor? El amor de la caridad, para que puedas correr amando y amar corriendo».

La resurrección exige finalmente en el hombre la esperanza, ajeno a la vida sencilla del hombre hedonista. La resurrección requiere un movimiento del corazón. Pascal señala ese camino hacia la creencia: «Procura, entonces, convencerte a ti mismo, no aumentando las pruebas de Dios, sino atenuando tus pasiones». Para conocer la certeza de la resurrección, el corazón debe abrirse a Dios. Y, a su vez, la esperanza segura de la resurrección nos convencerá del amor de Dios.

Pascua es la culminación de la historia de salvación de la humanidad y la declaración de nuestra bienaventuranza. Descubrir que estamos hechos para la eternidad reorienta radicalmente nuestras prioridades. Así lo explica Gregorio de Nisa: «Si te das cuenta de esto, no permitirás que tu mirada descanse en nada de este mundo. De hecho, ya no te maravillarás ni siquiera ante los cielos. ¿Cómo puedes admirar los cielos, mi hijo, cuando ves que eres más permanente que ellos? Porque los cielos pasan, pero tú permanecerás por toda la eternidad con Aquel que es para siempre».

Roberto Esteban Duque es sacerdote, profesor de Ética y Bioética en la Universidad Francisco de Vitoria (Madrid) y de Teología Moral en el Seminario Conciliar San Julián de Cuenca; licenciado en Teología por la Universidad Lateranense de Roma y doctor en Teología Moral por la Universidad San Dámaso de Madrid

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