Emaús: no es suficiente caminar juntos
Si realmente queremos tomar en serio a los jóvenes en la Iglesia, entonces tenemos que dejar de tratarlos como niños. Tomémoslos en serio. Propongamos las cosas difíciles. Mostrémosles la tremenda belleza de toda la fe. Y hagamos nuestra parte para formarlos y crecer hacia la madurez cristiana, donde el sacrificio y el amor van de la mano
Uno de los grandes fracasos de los Sínodos en el seno de la Iglesia es ofrecer un mero caminar juntos: caminar juntos con los jóvenes, de un modo especial, escucharlos, convertirlos en protagonistas en la Iglesia. La propuesta al final es más de lo mismo, un caminar con iguales para que la Iglesia no aparezca distante y cada vez más irrelevante para ellos.
Pero en esta visión falta lo esencial: la responsabilidad de la Iglesia hacia los jóvenes, su formación y capacitación para la libertad, la tarea de convertirse en testigos del Evangelio que comunicarán a las siguientes generaciones la belleza de la fe. ¿Para qué formar a los jóvenes? No se puede llegar a esa pregunta simplemente hablando con los jóvenes y caminando juntos, porque la responsabilidad última es en realidad proponerles algo, guiarles hacia algo y ayudarles a ser capaces de lo que están llamados a ser.
En el pasaje de los discípulos de Emaús, es cierto que la primera acción de Jesús es interesarse por ellos, caminar a su lado, preguntarles por la causa de su dolor: «¿Qué conversación es esa que traéis de camino?». Después les permitirá desahogarse: «¿Eres tú el único que no sabe lo que ha sucedido en Jerusalén?». Debilitados en la fe, se encierran en su incredulidad, sin querer experimentar una nueva decepción a pesar del anuncio de las mujeres. No quieren levantarse de su tristeza, ni volver a decepcionarse, no quieren sufrir más.
Pero lo más importante es la acción final de Jesús en su encuentro con los dos viajeros camino de Emaús (Lucas 24,13-35). El Señor Resucitado quiere caminar junto a todos, escuchando sus expectativas, incluso aquellas que no se cumplen, y sus esperanzas, incluso aquellas que son insignificantes. Jesús camina, escucha y comparte. Pero entonces Jesús toma el control de la acción. Comienza llamando a esos dos viajeros necios, abatidos y desorientados. Jesús no se queda en escucharlos, sino que los guía porque realmente no saben a dónde van. Su trabajo es comunicarles un regalo, reformó su imaginación según las escrituras, les iluminó el significado del sufrimiento y luego los alimentó con su sacrificio.
Lo que Jesús hace es sacarles con un tiro de gracia y de amor del caparazón y de la retórica en que se encontraban. Caminando hacia Emaús iban reforzándose en su tristeza y amargura, en su fracaso y frustración, en la incertidumbre y el miedo. Ese refuerzo negativo, en el que querían incluso envolver a Jesús en su misma tristeza, cada vez los hundía más, deteniéndose «con el rostro preocupado». Pero en su rescate, por pura misericordia, por bondad de su amor, Jesús rompe ese sesgo de refuerzo. No intenta invertir ese sesgo por otro positivo, como si no hubiese ocurrido nada. Por supuesto que el Mesías padeció, no es una ficción, y padeció amargamente, pero orienta ese sesgo situándolo mucho mejor frente a la verdad, porque a través de ese padecimiento hay una luz bendita que brilla.
¿Podría esta acción completa de Jesús revelar realmente lo que debería ser un encuentro verdadero y genuino con los jóvenes, con el discernimiento vocacional, con la necesidad no solo de escuchar sino de dejarse transformar por el encuentro con Cristo y después dar testimonio en medio de la comunidad? Jesús los forma, los educa, les predica, los nutre y los libera para que puedan ser testigos de su Evangelio. El punto no era que Jesús escuchara por sí mismo. El objetivo era escucharlos para sanar, liberar y responsabilizarlos con destreza. La Iglesia debe hacer lo que hizo Jesús, todo lo que hizo. Así es como formamos discípulos maduros.
¿Cómo debe ser un discipulado cristiano maduro? El problema crítico no es, ante todo, que los jóvenes se hayan perdido, sino que la Iglesia se ha vuelto demasiado vaga respecto a lo que esperamos que lleguen a ser. Y cuando digo «la Iglesia», me refiero a la gran mayoría de quienes somos llamados a formar jóvenes, incluidos padres, profesores, religiosos, sacerdotes y obispos. También me refiero a nuestras instituciones de formación en las que se supone que los jóvenes, desde sus primeros hasta sus años maduros, deben estar formados culturalmente: parroquias, asociaciones laicas, movimientos eclesiásticos. Como hemos perdido el contacto con lo que es el discipulado maduro, lo que constituye la vida verdadera y lo que significa la santidad, nuestras formas de formar a los jóvenes en la fe se han vuelto disfuncionales.
La madurez cristiana consiste en asumir la responsabilidad de ser alguien en respuesta a la llamada de Dios. La responsabilidad siempre implica sacrificio y exige compromiso, lo que requiere la libertad de decir «sí» y la capacidad de cumplirlo. Una prioridad clara para una Iglesia dedicada a servir a los jóvenes es cómo formarlos y prepararlos para el tipo de escucha que es esencial para atender la Palabra de Dios, o incluso para prestar atención a las personas que te rodean.
El discernimiento vocacional requiere libertad (para oír) y coraje (para actuar). Escuchar la Palabra de Dios y actuar en ella. El fin al que tiende el discernimiento vocacional es que el discípulo asuma la responsabilidad de ser alguien en respuesta a la llamada del Señor, y esa responsabilidad requerirá sacrificio. El sacrificio es el precio del amor. Ese es el fruto del Evangelio. Es precioso y exigente. Los jóvenes merecen ser presentados y preparados para nada más y nada menos. El primer deber de quienes tienen la responsabilidad de comunicar el Evangelio es liberar a quienes no son libres en todos los aspectos en que no lo son. Eso dice mucho sobre nuestra responsabilidad hacia los jóvenes.
No llegaréis a este tipo de pensamiento y liderazgo solo caminando juntos. La Iglesia debe consultar, pero también debe liderar. La consulta forma parte del liderazgo. Si realmente queremos tomar en serio a los jóvenes en la Iglesia, entonces tenemos que dejar de tratarlos como niños. Tomémoslos en serio. Propongamos las cosas difíciles. Mostrémosles la tremenda belleza de toda la fe. Y hagamos nuestra parte para formarlos y crecer hacia la madurez cristiana, donde el sacrificio y el amor van de la mano.
Roberto Esteban Duque es sacerdote, profesor de Ética y Bioética en la Universidad Francisco de Vitoria (Madrid) y de Teología Moral en el Seminario Conciliar San Julián de Cuenca; licenciado en Teología por la Universidad Lateranense de Roma y doctor en Teología Moral por la Universidad San Dámaso de Madrid