¿San León XIII? El Papa de la Doctrina Social de la Iglesia
Su audacia diplomática y social, o su brillantez en el campo del magisterio, escondía no a un hábil «príncipe de la Iglesia», sino ante todo a un hombre de una gran piedad ascética y de una elevada devoción mística
Retrato de León XIII
Debo comenzar señalando, pese al título, que este artículo no pretende anticipar en modo alguno el juicio de la Iglesia, tan solo llamar la atención sobre uno de los más destacados pontífices de la historia, cuya vida y virtudes parece que también podría ser digna de consideración por parte de los fieles.
A lo largo de la historia de la Iglesia, esta ha elevado a los altares a 83 papas de los 267, en torno a un 30 por ciento, casi todos ellos en el primer milenio. Si nos acercamos a nuestra época, solamente en el siglo XX han sido canonizados cuatro papas: San Pío X, rompiendo una racha de casi tres siglos sin papas santos; San Juan XXIII; San Juan Pablo II; San Pablo VI. Mientras que han sido beatificados: Juan Pablo I y, aunque ya del S. XIX, Pío IX. De entre los papas santos, cerca de treinta lo fueron por martirio, comenzando por el propio san Pedro y el resto por su vida de virtudes, ya fuera en los modos antiguos de canonización, o en el proceso introducido por Urbano VIII, que llega a nuestros días.
Coronación del Papa León XIII, en una ilustración de 1900
Como se ve, el hecho de ser Romano Pontífice no asegura la santidad. De hecho, y aunque evidentemente su criterio no tiene valor canónico, Dante reconocía en el octavo círculo del infierno a tres pontífices de su época—a los que condena por una mezcla de motivos políticos, e incluso personales en algún caso—, a otro en el anteinfierno de los ignavos, y luego habla de un número indeterminado en otros círculos infernales. Por tanto, no hará falta decir al lector formado que el mero hecho de que Dante los condene no significa que estos pontífices estén efectivamente en el infierno, como tampoco el hecho de que la Iglesia no haya canonizado al resto de los 267 implica que no puedan estar en el Cielo. Una cosa es la santidad —el hecho de que alguien esté en el Cielo— y otra es la santidad canonizada, el hecho de que la Iglesia revele que determinada persona está en el Cielo y la proponga como modelo cristiano, o como canon de vida para los fieles en algún sentido.
Los papas santos han encarnado por tanto desde el martirio hasta la entrega absoluta a los más desfavorecidos, o la evangelización en duras condiciones históricas. Sin embargo, existe un tipo de santidad que brilla con especial fuerza: aquella que combina una profunda vida interior con una prudencia y sabiduría intelectual capaz de guiar a la barca de Pedro a través de briosas tormentas, o de nuevos mares. Gioacchino Pecci, conocido como León XIII, podría ser epítome de esta última.
La encíclica que cambió la cuestión obrera
Para comprender la magnitud de su pontificado, es necesario atender a las raíces de su vida. Nacido en Carpineto Romano en 1810, el joven Pecci no fue un hombre de gabinete aislado de la realidad. Como delegado pontificio en Benevento, Perusa y Espoleto, demostró una valentía heroica al enfrentarse al bandidaje y a la corrupción, arriesgando su propia vida por la justicia y el orden público. También fue destacable su labor como nuncio en Bélgica. Su posterior nombramiento como arzobispo de Perusa reveló a un pastor que se involucró durante décadas en su diócesis, mostrando gran preocupado por la formación del clero, la educación de los jóvenes y la atención a los necesitados.
Cuando fue elegido Papa en 1878, muchos consideraron que el suyo sería un «pontificado de transición» debido a su avanzada edad y su frágil salud. Pero Dios tenía otros planes: su gobierno se extendió por un cuarto de siglo, convirtiéndose en uno de los más largos y fecundos. León XIII recibió una Iglesia que se encontraba a la defensiva, replegada sobre sí misma tras los traumáticos sucesos de la unificación italiana. Con una visión profética, comprendió que el papel de la Iglesia no era condenar al mundo moderno desde una torre de marfil pontifical, sino salir a su encuentro para evangelizarlo desde dentro, aunque sin caer tampoco en sus trampas ideológicas, como hizo en Francia con el ralliement —que en absoluto fue una claudicación— y el accidentalismo por el bien común, que expone en la Au milieu des sollicitudes. Para ello antes revitalizó la tradición de la filosofía perenne de Santo Tomás de Aquino, como refleja su gran encíclica Aeterni Patris.
Pero si por algo es conocido León XIII es por su gran monumento magisterial; la encílica Rerum Novarum (1891), que marca el inicio de la Doctrina Social de la Iglesia. Ante la deshumanización de la Revolución Industrial, donde el obrero era tratado como una mera mercancía por un capitalismo liberal desalmado, León XIII alzó la voz con valentía apostólica. Defendió el derecho a un salario justo, a la propiedad privada y a la creación de sindicatos católicos. No lo hizo desde la ideología política, ni mucho menos desde una connivencia con el socialismo y el comunismo —que aparecen nítidamente condenados como un peor remedio que la enfermedad— sino desde una profunda caridad evangélica, que bebía de la tradición del catolicismo social y se remontaba a la misma Patrística.
«La Iglesia no teme a la verdad»
En el campo intelectual, abrió los Archivos Secretos del Vaticano en 1883 a los investigadores de todas las religiones, afirmando que «la Iglesia no teme a la verdad». Restauró el tomismo como base filosófica —como se ha dicho—, promovió el estudio científico de las Sagradas Escrituras y sentó las bases de un auténtico ecumenismo al dirigir cartas llenas de afecto a los cristianos orientales y anglicanos. No puede olvidarse la creación de san John Henry Newman como cardenal en 1879, a quien de hecho llamaba «Il mio cardinale», y que supuso un trascendental espaldarazo del pontífice disipando la nube de desconfianza en que algunos católicos habían sumido a Newman por su pasado. Su famoso discurso al recibir el capelo —«Biglieto speech»— es una acción de gracias ante Dios, pero también hacia León XIII.
En una etapa de agitación política y pérdida de los Estados Pontificios, el papa Pecci no cayó en el desánimo ni en el rencor por la cierta reclusión en que sumía el mundo moderno al papado, sino que logró hacer de la necesidad virtud, convirtiendo desde entonces al papado en la principal figura de la mediación y de la diplomacia internacionales y por tanto en la principal autoridad moral a nivel mundial. Su respuesta ante la «cuestión romana», cuyo problema le vino dado, fue superar el problema por elevación desde la fe y la esperanza, sabiendo que Dios permite los males para sacar de ellos bienes mayores, dando la vuelta por entero a la situación. Esta combinación de prudencia moral, agudeza intelectual, caridad y celo pastoral fue la escuela donde Dios forjó al modelo de pastor y de santo padre que la Iglesia del siglo XX necesitaría.
En este sentido, fue un brillante y prudente impulsor de la diplomacia vaticana, refundando la que hoy conocemos como Academia Pontificia Eclesiástica y poniendo a su frente a un joven Merry del Val, así como como se verifica en la exitosa mediación pontificia entre España y Alemania en el conflicto de Las Carolinas, entre otros muchos, o en su moderna reestructuración del colegio internacional de nuncios papales.
Retrato de León XIII
El Papa que gobernaba desde el silencio de la oración
Pero su audacia diplomática y social, o su brillantez en el campo del magisterio, escondía no a un hábil «príncipe de la Iglesia», sino ante todo a un hombre de una gran piedad ascética y de una elevada devoción mística. León XIII fue el «Papa del Rosario», dedicándole nada menos que once encíclicas a esta devoción. Veía en la Virgen María el refugio seguro para la humanidad sufriente. Asimismo, también lo podríamos considerar el Papa del Sagrado Corazón de Jesús, ya que consagró al género humano al Corazón de Jesús un 25 de mayo de 1899. Su vida de oración era intensa y constante; se cuenta que pasaba horas de rodillas ante la Eucaristía antes de tomar decisiones que cambiarían el rumbo de la geopolítica mundial, o del movimiento católico en los distintos países.
No puede olvidarse en su capítulo espiritual su célebre oración a San Miguel Arcángel, compuesta tras tener una visión profética de los ataques espirituales que sufriría la Iglesia, y que demuestra su profunda sensibilidad sobrenatural —reproducida al final del artículo—. También es destacable su encíclica Humanum genus, contra las sectas masónicas, a las que dedicó otros tres documentos de firme condena. Vivió con una austeridad monástica, desapegado de lujos mundanos, siendo un trabajador infatigable en la viña del Señor y gastando sus fuerzas por la fe y la caridad hasta el mismo momento de su dies natalis, un 20 de julio de 1903, a los 93 años. Ese mismo día había estado trabajando y orando poco tiempo antes, perfectamente consciente de que su partida al Padre estaba cerca.
Aunque la Iglesia actual afronta otras rerum novarum, otras «cosas nuevas», ya superado el primer cuarto del siglo XXI, tales como la revolución digital, también se enfrenta a desafíos no muy distintos de los que Pecci combatió: secularismo, deshumanización económica y tecnológica, crisis de fe y profundas desigualdades sociales. Frente a ello tanto el Magisterio firme como el testimonio personal de León XIII, suponen un importante referente para el cristiano de hoy.
León XIII anticipó algunas de las principales notas evangélicas de la Iglesia contemporánea, tanto en el Concilio Vaticano II, como en los magisterios de Juan XXIII, de Juan Pablo II, o de Benedicto XVI, como el regreso al primado de Cristo, el cuidado amoroso de los necesitados construyendo estructuras sociales más dignas y justas, o el diálogo valiente para con el mundo contemporáneo. Todo lo anterior, sin duda influyó en el actual santo Padre para adoptar el nombre de León XIV. Según afirmó en su primer discurso al Colegio Cardenalicio al ser nombrado Papa: «Precisamente, al sentirme llamado a proseguir este camino, pensé tomar el nombre de León XIV. Hay varias razones, pero la principal es porque el Papa León XIII, con la histórica encíclica Rerum novarum, afrontó la cuestión social en el contexto de la primera gran revolución industrial y hoy la Iglesia ofrece a todos, su patrimonio de doctrina social para responder a otra revolución industrial y a los desarrollos de la inteligencia artificial, que comportan nuevos desafíos en la defensa de la dignidad humana, de la justicia y el trabajo» (León XIV, Discurso al colegio cardenalicio, mayo 2025). Su primera y programática encíclica Magnifica Humanitas tiene mucho de conmemoración y actualización de Rerum novarum en su 135 aniversario.
Oración a San Miguel, León XIII (18 de mayo de 1890)
Pero he aquí que ese antiguo enemigo, este primer homicida ha levantado ferozmente la cabeza. Disfrazado como ángel de luz y seguido de toda la turba y seguido de espíritu malignos, recorre el mundo entero para apoderarse de él y desterrar el Nombre de Dios y de su Cristo, para hundir, matar y entregar a la perdición eterna a las almas destinadas a la eterna corona de gloria. Sobre hombres de espíritu perverso y de corazón corrupto, este dragón malvado derrama también, como un torrente de fango impuro el veneno de su malicia infernal, es decir el espíritu de mentira, de impiedad, de blasfemia y el soplo envenado de la impudicia, de los vicios y de todas las abominaciones. Enemigos llenos de astucia han colmado de oprobios y amarguras a la Iglesia, esposa del Cordero inmaculado, y sobre sus bienes más sagrados han puesto sus manos criminales. Aun en este lugar sagrado, donde fue establecida la Sede de Pedro y la cátedra de la Verdad que debe iluminar al mundo, han elevado el abominable trono de su impiedad con el designio inicuo de herir al Pastor y dispersar al rebaño.
Te suplicamos, pues, Oh príncipe invencible, contra los ataques de esos espíritus réprobos, auxilia al pueblo de Dios y dale la victoria. Este pueblo te venera como su protector y su patrono, y la Iglesia se gloría de tenerte como defensor contra los malignos poderes del infierno. A ti te confió Dios el cuidado de conducir a las almas a la beatitud celeste. ¡Ah! Ruega pues al Dios de la paz que ponga bajo nuestros pies a Satanás vencido y de tal manera abatido que no pueda nunca más mantener a los hombres en la esclavitud, ni causar perjuicio a la Iglesia. Presenta nuestras oraciones ante la mirada del Todopoderoso, para que las misericordias del Señor nos alcancen cuanto antes. Somete al dragón, la antigua serpiente que es diablo y Satán, encadénalo y precipítalo en el abismo, para que no pueda seducir a los pueblos. Amén.
- He aquí la Cruz del Señor, huyan potencias enemigas. Venció el León de Judá, el retoño de David
-Que tus misericordias, Oh Señor se realicen sobre nosotros. Como hemos esperado de ti. -Señor, escucha mi oración Y que mis gritos se eleven hasta ti.
Oh Dios Padre Nuestro Señor Jesucristo, invocamos tu Santo Nombre, e imploramos insistentemente tu clemencia para que por la intercesión de María inmaculada siempre Virgen, nuestra Madre, y del glorioso san Miguel arcángel, te dignes auxiliarnos contra Satán y todos los otros espíritus inmundos que recorren la tierra para dañar al género humano y perder las almas.
Amén
El profesor de la Universidad CEU San Pablo y doctor Pablo Sánchez Garrido es el director del Centro de Documentación, Investigación y Formación de la ACdP (CEDINFOR) y secretario nacional de Causas de Canonización de la Asociación