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Ignacio Crespí de Valldaura
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León XIV, un Papa reivindicado por todos

El término sofisma significa «mentira con apariencia de verdad»; es decir, se trata de un conjunto o totalidad doctrinal que divulga cosas que son verdaderas, pero que las mezcla -y deforma- con otras que son erróneas; diametralmente lo contrario a lo que enseña la Doctrina Social de la Iglesia Católica, en cuyo corpus todo es genuino

Por otro lado, León XIV ha pedido por las vocaciones, especialmente al sacerdocio y a la vida religiosa

León XIV saluda desde el balcón de San Pedro del VaticanoEFE

León XIV se ha convertido en un Papa reivindicado por todos, pero no porque sea afín a ellos, sino precisamente debido a que es sumamente diferente; y, en algunos aspectos, afín.

Su halo de autoridad, unido al aplastante sentido común de sus exhortaciones, es lo que le hace apearse de esos ismos que tanto dividen; y que pecan de interpretar la realidad con un ojo tapado, desde la mirada de su ideología, que no es otra cosa que «la lógica de la idea»; de su idea, para ser exacto.

La Doctrina Social de la Iglesia Católica es capaz de ser muy social (véase caritativa), sin degenerar en el ismo del socialismo. Respeta y enfatiza la libertad humana, pero sin simplificarla al ismo del liberalismo. Es partidaria de conservar un amplísimo elenco de tradiciones y costumbres, pero sin caer en el ismo del conservadurismo, es decir, de preservarlas todas ellas porque sí. Entiende que las esencias de la tradición son inalterables, pero sin dejarse atrapar por el ismo del inmovilismo, de una inadaptación y falta de modificaciones absolutas, debido a que es consciente de que la traditio tiene su origen en la palabra tradere, que significa legar, transmitir. Etcétera, etcétera, etcétera…

Todos los ismos albergan una parte de verdad. Por eso, aquello que divulga el Obispo de Roma puede ser reivindicado -en cierta medida- por todos; pero continúa siendo reivindicado por todos, precisamente, porque tiene la capacidad de divergir con ellos en aquello en lo que están equivocados; en caso contrario, solamente le tratarían de reivindicar los que perteneciesen a un bando, bandería o trinchera. Su talante unificador es tan paradójico como la verdad que tutela: reside más en la discrepancia con las ideas que en la conformidad con estas Por algo, diría G.K. Chesterton aquello de que «la verdad es paradójica», como la cruz de Cristo, que abre caminos de arriba a abajo y de derecha a izquierda.

De esta guisa, que todos los ismos sean sofismas; y todos los sofismas, ismos. Esto es así debido a que el término sofisma significa «mentira con apariencia de verdad»; es decir, se trata de un conjunto o totalidad doctrinal que divulga cosas que son verdaderas, pero que las mezcla -y deforma- con otras que son erróneas; diametralmente lo contrario a lo que enseña la Doctrina Social de la Iglesia Católica, en cuyo corpus todo es genuino.

Así pues, leer a Santo Tomás de Aquino y a G. K. Chesterton nos permite adoptar una intelectualidad de corte aristotélica frente a los ismos de la modernidad; para no reducir la realidad al mundo que crea nuestra mente, como hacían Kant y Descartes; para no confundir la autorrealización con la búsqueda del poder y el triunfo de la voluntad, como predicaba Nietzsche; para no simplificar el devenir de la historia a fórmulas científicas, como Comte, Darwin, Hegel y Marx; para no confiar excesivamente en que el mercado y las cosas se terminan ordenando por sí solas, como Hayek y Adam Smith; para no incardinarlo todo a los materialismos socialistas y capitalistas, unidos ambos por relegar la felicidad al estatus socioeconómico (cada cual a su manera); para no pensar que la experiencia abarca la totalidad del conocimiento humano, como los empiristas (Locke, Berkeley y Hume); para no creer que la intuición y la pasión son las únicas fuerzas que movilizan al hombre, dejando lo empírico completamente de lado, como Henri Bergson; para no percibir a las personas como enteramente malvadas, como Hobbes; para no pasarse al extremo contrario de interpretar que somos buenos por naturaleza, como Rousseau; etcétera, etcétera, etcétera…

Por esto, uno de los aforismos más emblemáticos de G.K. Chesterton reza así: «El mundo moderno está repleto de antiguas virtudes cristianas desquiciadas, que se han desquiciado porque se han separado de las demás y ahora vagan solas».

En otras palabras, dichas virtudes cristianas se han desquiciado, porque mantenían la cordura al convivir en equilibrio y armonía con las otras, unidas por haz del cristianismo; y al separarse de la cristiandad que las equilibraba y domesticaba, han enloquecido, para vagar solas en forma de ismos.

En síntesis, el Vicario de Cristo hace gala de aquel principio cristiano de que «toda autoridad viene de Dios»; no porque todo el que detenta el poder esté tocado por el dedo divino, sino dado que es la misión que tiene encomendada. Esa es la diferencia cardinal entre ejercer la auctoritas y la potestas.

Así pues, puede haber autoridad sin poder y poder sin autoridad, pero, también, pueden estar unidas ambas realidades. Si la autoridad encarna el liderazgo social, moral y espiritual ante otros, el poder reside en poseer un rango superior dentro de las jerarquías humanas.

Como colofón, le doy las gracias, Santidad, por unirnos a todos, pero no al calor del conformismo y de una amalgama de principios pactados, sino de una ética y espiritualidad verdadera.

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