Gonzalo, junto a dos amigos sacerdotes al día siguiente de ser intervenido
El Debate se la entregará al Pontífice
Gonzalo, el sacerdote con cáncer que ha escrito al Papa para «ofrecer mis dolores» por su viaje a España
Este joven cura de Madrid, que fue pintor de coches antes de entrar en el seminario, pasará la visita apostólica hospitalizado tras someterse a una compleja operación
Si hace sólo cuatro meses, a Gonzalo Arroyo, un sacerdote de Madrid de 41 años recién cumplidos, le hubieran preguntado cómo iba a pasar los días de la primera semana de junio, seguramente habría respondido que absolutamente liado preparando la visita del Papa.
Entre otras cosas, porque así es como acostumbra a estar, entre su desbordante labor en la parroquia de Cristo Sacerdote, su intenso compromiso con el movimiento de Cursillos de Cristiandad, sus incontables direcciones espirituales, y su implicación en el método de Life Teen, para adolescentes. Los cuidados y atenciones a su madre octogenaria no los computamos, porque él no los considera un gasto de tiempo sino la mejor inversión en amor y santidad que puede hacer (y recibir).
Sin embargo, la vida de Gonzalo es un constante cambio de guion, y por prescripción médica va a tener que hacer justamente lo contrario de lo que esperaba y quería: permanecer durante toda la estancia de León XVI guardando el mayor reposo posible, y con la mayor tranquilidad de la que sea capaz.
La piedra que resultó ser un cáncer
El motivo es que no hace ni medio año que lo que iba a ser una revisión rutinaria por unas piedras en el riñón se convirtió en un diagnóstico inesperado. A pesar de su juventud, los médicos le confirmaron que lo que parecía un simple engrosamiento en el colon era, en realidad, un cáncer de colon de varios centímetros, con metástasis en el hígado y afectación en el pulmón.
Hace sólo unos días, mientras sus compañeros sacerdotes se afanaban entre acreditaciones, reparto de sectores y chats de WhatsApp por el viaje del Papa, Gonzalo fue sometido a una compleja operación quirúrgica.
Gonzalo, junto a su amigo y sacerdote Pedro Rubiato, al día siguiente de su operación
Siete horas en las que un equipo de tres cirujanos le hicieron «lo mismo que al lobo de los siete cabritillos: abrirle la tripa, sacar cosas que no tenían que estar ahí, cortar, coser, unir y volver a cerrar», en palabras de uno de los muchos amigos que se están turnando para cuidar de Gonzalo en el hospital. Aunque ellos le llamen Gon, Gonzalito o, los más íntimos y gamberros (como él), utilicen otros motes cariñosos que provienen de su época previa a entrar en el seminario.
Un bakala, chapista en un taller
Porque en esa sucesión de cambios de guion que es la vida de Gonzalo Arroyo, el mayor fue, sin duda, el que protagonizó hace casi 15 años. Fue entonces, el 21 de septiembre de 2011, cuando ingresó en el seminario conciliar de Madrid. De hecho, con la confianza que tiene gracias a una infancia espiritual que no ha perdido con los años, pidió permiso para entrar un día antes que el resto, por el vértigo que le daba tener que aclimatarse al nuevo edificio.
Él, que hasta poco antes, cuando salía de trabajar como pintor de coches en un taller mecánico del barrio de Lucero, acostumbraba a recorrerse todas las discotecas y los menos recomendables antros de tecno y bakalao que había en la capital. Él, que había visitado no pocos de ellos acompañado de la que fue su novia durante unos años. Él, que se había salvado de un accidente de coche potencialmente mortal porque el amigo que conducía iba hasta las cejas de sustancias ilegales. Él, a pesar de todo, terminó por rendirse y abandonarse a la insistencia paciente, paterna y misericordiosa de un Dios que vive y que sigue llamando a los pecadores, para que se conviertan.
Una carta para León XIV
Ahora, Gonzalo ha aprovechado la ocasión que le ha brindado El Debate y ha escrito una carta al Papa León XIV, explicándole cómo está ofreciendo «este duro golpe en mi vida»: su dolor, sus miedos, las sesiones de quimio que lleva a cuestas, y las incontables renuncias de esta temporada (entre otras, la de tener que dejar de ir a una esperadísima peregrinación a Tierra Santa). Todo, por los frutos evangelizadores del viaje pontificio, y por la propia vida, el ministerio y «la santidad personal» del Sucesor de Pedro.
Gonzalo, celebrando la eucaristía en la habitación del hospital, junto a su amigo sacerdote Eugenio
Eso sí: en sus líneas –que incluyen algunos párrafos que revelan cómo ni siquiera un cáncer es capaz de hacerle perder el sentido del humor– también reconoce que a él mismo esta situación le está fortaleciéndole en su vocación. Y no sólo porque no haya dejado de celebrar la eucaristía ni siquiera cuando acababa de salir de la intervención, sino porque «ofrecer mi cuerpo frágil y limitado como hostia viva me está descubriendo una profundidad nueva del amor que brota del costado traspasado de Cristo en la Cruz», como le ha dejado escrito al Pontífice en su conmovedora misiva.
Una carta que escribió del tirón, sin previo aviso, sólo tras invocar al Espíritu Santo y cuando estaba ya en el hospital, a horas de ser operado. Una carta que hoy ya está en Roma, en el bolso de mano de la enviada especial de este periódico en el vuelo papal María Rabell. Una carta cuyo contenido esperamos revelar a los lectores de El Debate (porque alude a muchas más personas que a sí mismo), si logramos entregársela en mano al Santo Padre.
Hasta entonces, y acontezca lo que acontezca, Gonzalo Arroyo, sacerdote rescatado una y mil veces en cambios de guion que lo acercan cada vez más a la cruz de Jesús, no cejará en su misión: «Ofrecer toda mi recuperación por la conversión de muchos».