La misa del Papa que yo no habría querido vivir
En lugar de ser testigo y cronista, me ha tocado ser protagonista y receptor de ese auxilio de Dios en el dolor y en la incertidumbre. Ser parte de la legión de arrastrados por las circunstancias de una vida cuyo temporal no han elegido, pero deben capear. Y he aquí lo que he descubierto: que este Papa que nos llama a una nueva humanidad también ha venido por nosotros.
El Dios improbable, Jesús Eucaristía, partido y sostenido por el Papa, visto en la televisión de la casa del autor
Ya le adelanto que este no es el texto que usted espera leer, ni el que yo esperaba escribir.
Me explico: en ocasiones los periodistas empezamos a redactar las crónicas en nuestra cabeza antes de que los acontecimientos sucedan. Por eso, casi desde el sábado por la noche yo tenía esbozado el arranque de esta que tiene usted delante, con eso que en nuestro argot llamamos «crónica de color». O sea, un artículo que pretende trasladar al lector hasta aquel lugar en el que nosotros hemos sido testigos directos, en primera persona, de aquello que relatamos. Dos de los mejores ejemplos que he leído últimamente de este género los firmaron María Fernández y María Curiel tras la vigilia de la Plaza de Lima.
Así que servidor, que desde Juan Pablo II en Cuatro Vientos tiene ya unos cuantos encuentros pontificios como muescas en el bolígrafo –el revolver de los plumillas–, ya intuía por dónde podrían ir los tiros.
Tal vez sería un testimonio emocionante pescado de entre las riadas de peregrinos que han llegado a Madrid. Tal vez una imagen evocadora y vibrante como las que había visto la noche anterior, con sacerdotes como Alejandro, incapaz de contener las lágrimas ante el Sucesor del Apóstol Pedro; familias como la de Edu y Zaza, abrazados ante el Santísimo junto a sus dos hijos, uno de ellos con autismo; voluntarios como el italiano Nicola, maravillado por el orden y el buen ambiente a pesar de las aglomeraciones; jóvenes cuya mirada traslucía una batalla interior al escuchar la invitación del Papa a abrazar la vocación religiosa; niños como Guadalupe y Jacobo, con los ojos más abiertos frente al papamóvil que ante la cabalgata de Reyes; o el propio rictus de León XIV, con esa sonrisa contenida tan suya y los ojos entornados, que descubren una mezcla de alegría, responsabilidad y sobrecogimiento.
Pero como dejó escrito Martín Vigil, la vida sale al encuentro y a las siete de la mañana del domingo, con un pie en el estribo para desembarcar en Atocha, mis previsiones saltaron por los aires.
Convivo desde hace años en mi hogar con la enfermedad. Y permítanme que no dé más detalles, porque la dignidad de las personas enfermas también consiste en preservar su intimidad, aunque este matiz en ocasiones se olvide incluso en los propios hospitales.
A contrarreloj y con una enorme presión tuve que tomar una decisión que estaba fuera de mis planes: ir o no ir a Cibeles, donde esperaba empotrarme entre los fieles para lograr los mejores testimonios. Mi crónica de color.
Entré en pánico. Y no porque fueran a abroncarme en el periódico –en 25 años de oficio no he encontrado otro equipo profesional con la comprensión y humanidad que el que ha levantado El Debate–, ni tampoco por dejar de seguir la celebración, cosa que podía hacer por la tele y la web.
Lo que me atenazaba era mirar de frente a la fragilidad, asumir la renuncia al control, abrazar lo imprevisto –más aún, lo indeseado–, plegarme ante la evidencia del dolor. Confiarme a la Providencia. A ese escandaloso plan divino que antes o después pasa indefectiblemente por la cruz. Y qué complicado es eso cuando deja de ser una frase hecha y el Gólgota se levanta bajo tu techo.
Aún estaba en duda cuando la organización confirmó mi destino. En torno a las 9 de la mañana, la policía comenzaba a cerrar accesos por haber completado el aforo: 1.200.000 personas. Y más gente que se apiñaba a los alrededores. El dato, fantástico porque muestra el respaldo del pueblo español al Papa y un vigor en la fe que ni siquiera décadas de secularismo institucional e ideológico han logrado sofocar, para mí suponía lo inimaginable: la primera misa de León XIV en España iba a verla a través de una pantalla, como tantísimos peregrinos ubicados en los confines del paseo de la Castellana, pero en mi casa.
Así arrancaba la misa papal que yo no pensaba vivir: sentado en mi salón, rodeado de mis hijos y con mi mujer recostada en el sofá, a mi lado. «El Señor Jesús nos llama a la conversión. Invoquemos con esperanza la misericordia de Dios», arrancaba el Pontífice en los primeros compases de la liturgia. Amén.
«Recuerda –proclamaba la lectura del Deuteronomio– todo el camino que el Señor, tu Dios, te ha hecho recorrer estos cuarenta años por el desierto, para afligirte, para probarte y conocer lo que hay en tu corazón: si observas sus preceptos o no». Palabra de Dios.
Ante la Cibeles, esculpida en piedra muerta como muerto está el mito de todos los falsos dioses; frente al sombrío edificio del Banco de España y sus reservas de oro; con el soberbio edificio del poder político –el Ayuntamiento– a la espalda, el Dios que se ha revelado en la Iglesia se define a sí mismo de manera escandalosamente frágil, imprevista, incontrolable: «Yo soy el Pan Vivo que ha bajado del cielo». Palabra del Señor.
Comienza la homilía y las frases traspasan la distancia: «La Eucaristía es (…) la presencia del Señor resucitado que está vivo, en medio de nosotros, y visita los rincones de nuestro corazón, también los más oscuros». Porque Jesús «habita nuestras calles y los lugares de nuestra vida cotidiana; es el Señor de la historia, consuelo de los débiles, luz de las familias, esperanza para los enfermos».
Y pide el Pontífice que este Dios imprevisto e imprevisible nos libre de «caer en la tentación de confiar en otros ídolos» (qué sé yo: el control, la salud, el trabajo, el dinero...), y nos haga «pan partido, entregado y ofrecido para que una vida nueva pueda brotar para vosotros, para vuestras familias y para vuestro país».
Veo en las calles atestadas más silencio del que hay en mi salón. Luego vendrá la Custodia, con Jesús en ella escondido, la adoración solemne y la procesión del Corpus más especial que jamás haya vivido Madrid, y que merece pieza aparte.
«Nada te turbe, nada te espante, quien a Dios tiene nada le falta; solo Dios basta», canta el Papa con los versos de santa Teresa de Jesús.
No. Créame que esta no es la crónica que yo pensaba escribir, ni la misa que habría querido vivir. En lugar de ser testigo y cronista, me ha tocado ser protagonista y receptor de ese auxilio de Dios en el dolor y en la incertidumbre. Ser parte de la legión de arrastrados por las circunstancias de una vida cuyo temporal no han elegido, pero deben capear. Enfermos, ancianos, parados, deprimidos, abandonados, excluidos, maltratados, presos, adictos, accidentados, impedidos, fracasados, sin recursos, desbordados, ansiosos, quebrados...
Uno de esos tantos que hoy no han estado calentándose ante el Sol de Justicia que sostenía en Cibeles el Sucesor de Pedro. De esos saben que usted también tiene su propio calvario, porque el dolor es parte de la vida y antes o después se hace inesquivable.
Pero he aquí que he descubierto algo que no habría podido palpar en Cibeles: que este Papa que nos llama a una nueva humanidad también ha venido por nosotros. También nos bendice. También nos da a Jesús. Y nos dice, también a nosotros, y quizás especialmente a nosotros, que nuestra fuerza, nuestro consuelo, nuestra esperanza, nuestra luz y nuestro horizonte está en el Crucificado Resucitado. Está en Cristo, en su Iglesia y en sus sacramentos. Está en Dios.
Gracias, Papa León. Sin saberlo yo, era justo lo que necesitaba.