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Santo Padre, no tenemos miedo al matrimonio ni a formar familias

La vigilia transcurría mientras miles de familias estaban con sus hijos, unos pequeños, otros más mayores y otros ya con hijos que a su vez les hacían abuelos… Llama la atención que en una España que a veces ataca a la vida y a la dignidad del ser humano, tantas personas no se rindan y permanezcan firmes a su fe

Madrid Act. 07 jun. 2026 - 01:03

El papa León XIV hace alguna parada para acercarse a varios bebés en su recorrido por Madrid en el papamóvil para dirigirse a la Plaza de Lima

El papa León XIV hace alguna parada para acercarse a varios bebés en su recorrido por Madrid en el papamóvilEFE

No todos los días se tiene la oportunidad de estar tan cerca del Papa. Desde que llegué a las inmediaciones del Santiago Bernabéu, se respiraba algo especial en el ambiente. El Espíritu Santo estaba entre nosotros. Miles de personas ocupaban cada rincón, algunas hablaban con sus amigos, otras pedían consejos a los sacerdotes, otras, simplemente, miraban aturdidas al escenario. A pesar del cansancio de las horas de espera, nadie parecía perder la ilusión. Todos sabíamos a lo que habíamos venido. El Santo Padre había llegado a España y, para muchos, era la primera vez que lo veían y escuchaban.

Durante las primeras horas -el evento comenzó a las 18:30 y el Pontífice no llegó hasta pasadas las 20:30-, y a grito de «Esta es la juventud del Papa» la multitud que abarrotaba las calles colindantes a la Plaza de Lima, con jóvenes, familias y peregrinos llegados de todos los rincones de España, demostraban una cosa: que la fe sigue latiendo con fuerza en España.

Antes de la llegada del Santo Padre, la Plaza de Lima comenzaba a prepararse. Al unísono, y tras la ofrenda de flores a la Almudena, comenzábamos a rezar el Rosario. Algunos sostenían el rosario entre las manos; otros permanecían en silencio. Nuestra Madre nos acompañaba y nos arropaba con su manto. Nos preparaba para lo que íbamos a vivir. La espera dejaba de ser una espera para convertirse en oración.

La gente reza el rosario mientras espera la llegada del Papa León XIV

La gente reza el rosario mientras espera la llegada del Papa León XIVAFP

Con los balcones llenos de vecinos que no se quisieron perder la vigilia, un sacerdote dio el ultimo testimonio. Nos recordó el sentido de la eucaristía, de tener al Señor presente cada día y dar gracias. Habló de los años en los que había perdido la fe, de cómo pensó que alejarse de Dios no tendría consecuencias en su vida y de cómo terminó sintiéndose vacío, sin rumbo y sin identidad. Sus palabras resonaron con fuerza entre nosotros. «Sin Él no soy nada», afirmó.

Estas palabras resonaron entre los que asistimos, que recordamos el sentido de la oración de permanecer unidos. Comprendimos que aquella vigilia no era solo un encuentro con el Papa, sino también una invitación a reencontrarnos con Cristo.

Cuando finalmente apareció, menos tímido de lo habitual, una ola de emoción recorrió a la multitud. Los gritos eran incesables, las lágrimas de algunos visitantes caían por sus mejillas. Eso solo podía significar una cosa: el sucesor de Pedro había llegado. León XIV estaba entre nosotros, a apenas unos metros. Los aplausos y los rostros iluminados reflejaban la importancia de aquel momento. Nos dimos cuenta de que había venido a calmar la sed de Dios de miles de fieles.

Siete jóvenes de las tres diócesis de Madrid han sido las voces de todos los fieles. Gracias a ellos, los más de 500.000 asistentes sabemos los santos que le ayudaron en su crecimiento como cristiano. Ahora no podremos volver a leer de san Juan Crisóstomo, santo Tomás de Villanueva y santo Toribio de Mogrovejo sin acordarnos del joven Robert Prevost en sus dudas, sus inquietudes y el camino que le llevó hasta ser el sucesor de Pedro.

A pesar de todas las palabras, la que más resonó fue el silencio. Preguntado por la sed de Dios y cómo reconocer su voz -un tema que nos preocupa bastante a los cristianos-, el Santo Padre lo tuvo claro: el silencio. ¿Cómo algo tan sencillo se nos ha resistido tanto tiempo? ¿Cómo algo tan sencillo a veces se vuelve complicado?

Allí entendimos que cada uno de nosotros debemos buscar desarrollar la capacidad para estar en silencio. Para reencontrarnos con Él, para amarlo, para escucharlo. Hemos entendido que la distracción nos anula, las redes sociales nos hacen cegarnos por lo irreal y lo absurdo. Debemos buscar la verdad y Dios es verdad.

Dios conoce nuestra voz. Escucha nuestras inquietudes, nuestros miedos y nuestras preguntas. No debemos tener miedo de abrirle el corazón en la oración. Si las puertas de este se abren, Él siempre permanecerá. Mientras escuchaba estas palabras del Santo Padre, me di cuenta en todas las respuestas que se podrían haber resuelto dejando todo en sus manos porque como humanos, erramos, y debemos aprender a buscar respuestas en los lugares adecuados porque Jesús nunca nos abandona, nos acompaña.

Todo esto ocurría mientras miles de familias estaban con sus hijos, unos pequeños, otros más mayores y otros ya con hijos que a su vez les hacían abuelos… Llama la atención que en una España que a veces ataca a la vida y a la dignidad del ser humano, tantas personas no se rindan y permanezcan firmes a su fe. Y es que, entre la multitud, no se paraba de hablar del matrimonio. Un chico de mi lado, que no llegaría a los 24 años, me ha hablado de que iba a «hincar rodilla pronto». Esta es la esperanza.

Lo mismo expresó el papa al escuchar a un recién casado. No dudó en dar una recomendación a todos los jóvenes: «No tengáis miedo al matrimonio ni a formar familias». Y es que, Santo Padre, cada vez este país abre más los ojos y se compromete con lo que el Gobierno quiere que olvidemos y rechacemos. Porque sí, los jóvenes hemos despertado. Los jóvenes queremos ser la «chispa de la humanidad» y seguiremos la misión que nos ha encomendado León XIV: no dejaremos nunca de ser humanos. No viviremos de apariencias, seremos rostros fiables que buscan justicia porque tenemos hambre y sed de ella. Cambiaremos la historia.

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