Fundado en 1910

San Manuel González

Quién era San Manuel González, el «obispo de los sagrarios abandonados» que ha citado León XIV en su homilía

Cuando fue destinado a uno de sus primeros pueblos, se planteó «volver a tomar el burro» y regresar, tras comprobar el abandono del templo y la frialdad de los feligreses

«Deseo recordar aquí a San Manuel González, el obispo de los sagrarios abandonados. Su vida nos recuerda que la Eucaristía no puede ser honrada solo en las grandes celebraciones o de modo ocasional, sino también en la fidelidad silenciosa de quien acompaña al Señor con una amistad humilde y discreta que se alimenta día a día». León XIV ha concluido su homilía citando a este santo nacido en Sevilla en 1877 y que falleció en Madrid en 1940.

San Manuel González tiene una curiosa historia detrás, que fue la que le valió el sobrenombre de «el obispo del sagrario abandonado». Siendo un joven sacerdote, fue enviado a predicar una misión a un pueblo llamado Palomares del Río, en Sevilla. Esperaba una gran acogida, un pueblo fervoroso y muchas confesiones. Pero lo que encontró fue una iglesia restaurada, aunque descuidada y, además, algo que le produjo una sacudida al corazón, algo que cambió su vida: a Jesús Abandonado en su sagrario, sucio y olvidado.

«¡Qué esfuerzos tuvieron que hacer allí mi fe y mi valor –relataría él mismo– para no volver a tomar el burro que aún estaba amarrado a los aldabones de la puerta de la iglesia y salir corriendo para mi casa! Pero no hui. Allí me quedé un rato largo y allí encontré mi plan de misión y alientos para llevarlo a cabo: pero sobre todo encontré… allí, de rodillas ante aquel montón de harapos y suciedades, a través de aquella puertecilla apolillada a un Jesús tan callado, tan paciente, tan desairado, tan bueno, que me miraba… sí. Me parecía que, después de recorrer con su vista aquel desierto de almas, posaba su mirada entre triste y suplicante, que me decía mucho y me pedía más, que me hacía llorar y guardar al mismo tiempo las lágrimas para no afligirlo más, una mirada en la que se reflejaba una ganas infinitas de querer y una angustia infinita también por no encontrar quien quisiera ser querido. Sí, sí, aquellas tristezas estaban allí en aquel Sagrario oprimiendo, estrujando al Corazón dulce de Jesús y haciendo salir por sus ojos su jugo amargo, ¡lágrimas benditas las de aquellos ojos!… ¿verdad que la mirada de Jesucristo en esos sagrarios es una mirada que se clava en el alma y no se olvida nunca?».

A lo largo de su vida, fundó diversas obras como las Misioneras Eucarísticas de Nazaret y se desempeñó como obispo en Málaga y Palencia, enfrentando duras pruebas, especialmente con el anticlericalismo que se vivió durante la Guerra Civil Española.

Durante su etapa como obispo de Málaga, Manuel González mostró una confianza absoluta en la Providencia y emprendió la construcción de un seminario, concebido como un centro profundamente eucarístico. Su visión integraba la Eucaristía en todos los aspectos de la formación sacerdotal: «En el orden pedagógico, el más eficaz estímulo; en el científico, el primer maestro y la primera asignatura; en el disciplinar el más vigilante inspector; en el ascético el modelo más vivo; en el económico la gran providencia; y en el arquitectónico la piedra angular», como bien señala el portal oficial de las Misioneras Eucarísticas.

Amenazado de muerte

El obispo propuso a sus sacerdotes y a las diversas fundaciones que impulsó el ideal de «llegar a ser hostia en unión de la Hostia consagrada», un compromiso total de entrega a Dios y al prójimo. Su intensa actividad pastoral no pasó desapercibida, y con la llegada de la Segunda República, su situación se volvió vulnerable. El 11 de mayo de 1931, el Palacio Episcopal fue incendiado en un ataque anticlerical, obligando a Manuel a refugiarse en Gibraltar y posteriormente a gobernar su diócesis desde Madrid hasta 1935.

Nombrado obispo de Palencia ese mismo año por el Papa Pío XI, Manuel González dedicó sus últimos años a un ministerio marcado por la entrega, pese al notable deterioro de su salud, que afrontó con una sonrisa constante y una aceptación plena de la voluntad divina.

Falleció el 4 de enero de 1940 y fue sepultado en la catedral palentina, junto al sagrario, tal como él pidió en su epitafio: «Pido ser enterrado junto a un Sagrario, para que mis huesos, después de muerto, como mi lengua y mi pluma en vida, estén siempre diciendo a los que pasen: ¡Ahí está Jesús! ¡Ahí está! ¡No lo dejéis abandonado!».